La pasión por la imagen se despierta en él de forma temprana, asà que estudia, con mucha calma, Diseño e Ilustración en la Facultad de Bellas Artes de Teherán, su ciudad natal.
Sus primeras experiencias laborales se entroncan con esa vocación inicial: es diseñador de posters e ilustrador de cuentos infantiles.
El primer contacto con el medio cinematográfico fue durante su adolescencia, como espectador de clásicos americanos antes de la llegada del neorrealismo italiano: con éste, el realizador iranà se da cuenta de que “los personajes de las pelÃculas también podÃan ser reales”. Durante la década de los sesenta se acerca de otro modo al terreno cinematográfico mediante la realización en publicidad y las colaboraciones en la elaboración de créditos de pelÃculas ajenas. En 1969 funda, con un amigo, el Departamento Cinematográfico del Instituto de Desarrollo Intelectual de Niños Adolescentes. En 1970, su primer cortometraje: “Nan va koutche” (”El pan y el callejón”).
Después de todo un siglo de vicisitudes, en Irán, con respecto al cine (una tradición islámica que rehúsa las representaciones iconográficas humanas; la exhibición de films extranjeros considerados “blasfemos” por aparecer mujeres desprovistas de velo y, posteriormente, bailes con acompañamiento musical, etc), el sistema derivado de la Revolución de Jomeini (1979) -que suplantó al régimen del Shah, en principio, más estricto- comenzó a ser consciente del papel de la imagen como instrumento de propaganda -el ayatollah habÃa permanecido exiliado en Francia…-. Asà comienzan los discursos polÃticos sobre la dimensión pedagógica del medio. Y asà comienza a desarrollarse un cine paralelo al régimen que, para eludir la férrea censura, se articula a partir de un lenguaje alegórico y una mirada presuntamente inocente: se nutre de la vida cotidiana y de la poesÃa persa. Y en este contexto, en el que se pone en tela de juicio la sociedad iranÃ, se encuadra Abbas Kiarostami.
Se define como realizador laico y plantea como nuevo profeta a Win Wenders. Erige a los niños como protagonistas de sus pelÃculas: no se trata de una cuestión de “modas” -Irán sigue viviendo una explosión demográfica-, sino que pretende interrogarse sobre el (su) mundo a partir de la mirada infantil, de la mirada inocente. Observa la realidad a través de los “ojos mágicos”: las imposiciones de algunos organismos islámicos dan lugar a estas representaciones, que formulan tesituras causantes de una reflexión que atraviesa los preceptos más estrechos de la moral musulmana.
Esa mirada mágica es, entonces, la que subvierte al exponer una visión aparentemente ingenua, pero que ya ha hecho el camino de ida… y de vuelta… En 1990, Abbas Kiarostami presenta la historia de una mujer casada con su amante, “Nobat e Asheghi” (”Tiempo de amor”), que le costó el puesto al entonces Ministro de Cultura y actualmente presidente del paÃs, Mohamed JatamÃ, asà como abrió las puertas de Occidente al cine iranÃ. Sin embargo, la peculiar coyuntura polÃtica iranÃ, debida, en parte, a las divergencias entre los organismos estatales, provee de un espacio de libertad inusitado a las producciones de la nueva cantera de realizadores, del nuevo cine iranÃ.
Con el reconocimiento internacional de “El sabor de la cereza” (1997), el cine iranà se consolida a nivel mundial. La sencillez en sus planteamientos, los mÃnimos recursos con los que se cuenta, el registro casi documental, acerca este estilo al neorrealismo; pero los distintos niveles de lenguaje -con la finalidad de escapar a la censura-, el lirismo y la compasión por los personajes, otorgan un estilo propio que distancia a Kiarostami, en particular, y al resto de realizadores iranÃes de esta estirpe, en general, de una era postirónica -caracterizada por el cinismo y la desolación- a la vez que permiten un nuevo intento de aproximación al humanismo. Abbas Kiarostami sabe que pretender abordar exhaustivamente la realidad es inviable y desconfÃa de las posibilidades de la ficción, asà que opta por crear falsos documentales. En ellos, lucha por llegar a lo real, entendido como la esencia de la denominada realidad, si nos ponemos clásicos, o como los puntos de fuga de la misma, si preferimos la terminologÃa posmoderna. El hecho de recurrir insistentemente al concepto de “metacine”, supone un esfuerzo por minimizar las distancias entre “el ser ideal y el ser real”, es decir, entre el personaje y el actor que lo representa.
Para Kiarostami, este es el fundamento básico del cine, asà como el método más eficaz para despojar la epidermis de la realidad y alcanzar, de esta forma, lo real.
En sus reconstrucciones de la realidad se combinan la simpleza absoluta con un alto grado de sofisticación, la capacidad “registradora” del medio cinematográfico -un regreso a sus orÃgenes- con la “reflexión metalingüÃstica” -especÃfica de la modernidad tardÃa-. Su cine nace, entonces, de la necesidad de comunicar una experiencia y crece en un proceso en el que se camina buscando el sentido profundo de ésta.
Borrar las lÃneas divisorias entre el documental y la ficción, entre la vida y el cine, conduce indefectiblemente a contar con personas anónimas para protagonizar sus pelÃculas, en las que el rol a desempeñar es muy similar al de su vida cotidiana: se reduce la anécdota a la mÃnima expresión. Es la cámara la que busca “lo real”. Si este aspecto evoca algunas concepciones del cine occidental, una indagación detallista del tiempo y del espacio recuerdan, concretamente, a Tarkovski o Kurosawa, autores promocionados en el paÃs durante los ochenta.
Porque la única manera de acercarse al misterio de lo real serÃa mantener la promiscuidad con sus apariencias.

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Abbas Kiarostami para mi es uno de los cineastas más controvertidos del Irán que ha sabido consagrarse como un gran director.