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Alfred Hitchcock

Una buena manera de acercarse a la figura y personalidad de Alfred Hitchcock es el anteponer la propia contradicción personal del personaje al análisis de su vida y obra.

Contradicción que, por ejemplo, sintetizaba Donald Spoto en su conocida biografía sobre el director “La cara oculta del genio”: “El talante de Hitchcock se alegró algo a principios de 1968(…). La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas iba a concederle(…) el Premio Memorial Irving G. Thalberg (…). Cuando apareció para recibir el premio, se adelantó al micrófono mientras recedían los aplausos y todo el mundo aguardaba uno de los inusuales e ingeniosos discursos de Hitchcock… del tipo que conocían por la televisión y los banquetes. “Gracias”, dijo (Hitchcock) inexpresivamente, y se retiró”. Contradicción de un Hitchcock que era capaz de dar a la gente lo que esperaba de él… o no.

Contradicción entre el personaje exhibicionista al estilo Dalí, y el frustrado, tímido y feo director; entre el denominado “mago del suspense” para las masas y el artista que busca ser reconocido como tal; el cruel director de escenas como la de la ducha en “Psicosis” (1960) o el ataque de los pájaros a una sufrida Tippi Hedren en “Los pájaros” (1963), y el sensible artista que hace morir a personajes como el de Juanita de Córdoba en “Topaz” (1969) con un derroche de belleza visual. El amante de la belleza gélida por fuera y explosiva por dentro de Grace Kelly o la misma Tippi Hedren, y el director que consideraba a los actores y actrices como “ovejas” de un rebaño. El “misterio dentro de otro misterio”. Una contradicción interna que probablemente solo él mismo valoró en su justa medida.

El hombre que, década tras década, sigue subiendo más y más en un imaginario escalafón de los más importantes creadores del siglo XX, nace en Londres el año 1899. Su infancia típicamente cockney, queda marcada por el catolicismo practicante de sus padres y anécdotas como la de la noche en que, como castigo, el padre de Alfred le hace pasar una noche en la cárcel. Aquellas horas entre rejas, según el mismo contaba, le marcaron toda su vida y transpiran en los miedos y acciones criminales de muchos de sus personajes en su filmografía.

Pronto entra a trabajar en los estudios Paramount de Londres como diseñador de los títulos de crédito que servían como diálogos en los films mudos. También trabajará en Alemania, donde dirigirá su primera obra bajo una cierta influencia expresionista que, más que en lo estético, subyace en lo irracional y onírico de las temáticas del movimiento alemán, rastro que puede seguirse en toda su obra posterior.

En el rodaje de “No. 13″, en Londres, donde trabaja como asistente del director, conocerá a su futura esposa Alma Reville, personaje decisivo en muchos de los guiones posteriores de Hitchcock, y mujer que alguien tendría que resituar en su justa medida en la historia del cine. Juntos tendrán una hija, Patricia, que participará como actriz secundaria en algunos films de su padre como “Extraños en un tren” (1951).

Las películas mudas de Hitchcock como “The pleasure Garden” (1925) o “The manxman” (1929) contienen las bases del estilo hitchcockiano, como por ejemplo el suspense, creado a partir de los montajes paralelos que había inventado D. W. Griffith en obras como “El nacimiento de una nación”, pero que Hitchcock aprende de los melodramas de Dickens.

Su etapa inglesa de films sonoros, culminada por “39 escalones” (1935) y “Alarma en el expreso” (1938), no contiene ninguna película despreciable, y la mayoría tienen lo que ha de tener un buen film de Hitchcock, a saber, suspense al servicio de, por un lado, el crimen y la aventura y por otro el romance y la comedia.

Pronto Hollywood reclama los servicios del genio inglés, y Hitchcock viaja a América de la mano del mítico productor David O´Selznick. Su primer éxito en Estados Unidos es “Rebeca” (1940), precioso film gótico lleno de romanticismo y, por cierto, muy poco hitchcockiano. Luego vendrían experimentos creados por la mente de un director deseoso de exhibirse y recibir admiración, a la vez que busca nuevas fronteras en su arte. “Náufragos” (1943) o “La soga” (1948) son eso, experimentos, el primero embutiendo a los personajes en una barca salvavidas después de un naufragio, y el segundo montando un film a base de planos secuencia de diez minutos.

Pero la chicha de su arte la encontraremos en el que era su film favorito, “La sombra de una duda” (1943) o “Encadenados” (1946), una de sus cinco mejores obras y donde, por ejemplo, aparece el Mac Guffin más famoso de su filmografía. Para Hitchcock, el MacGuffin es aquello que hace que la trama y los personajes de toda una película se pongan en marcha y avancen, es un objeto, un pequeño secreto sin resolver, una excusa argumental que en realidad carece de importancia, porque lo que de verdad importa son los personajes y su evolución. En el caso de Encadenados, el MacGuffin son unas botellas que contienen uranio de las cuales nunca nos llegamos a preocupar en demasía, pero que en cambio son las que provocan que los personajes estén donde están y podamos observar su comportamiento.

Los años cincuenta son la etapa más conocida de Hitchcock, donde encontramos sus obras más refinadas, como “La ventana indiscreta” (1954), otro experimento con el espacio escénico pero de mayor entidad que por ejemplo, “La soga”; “Con la muerte en los talones” de 1959 (aventura, ironía, comedia, acción. Una maravilla de progresión narrativa) y, sobre todo y ante todo, la película que se ha convertido en el estandarte de su director, “Vértigo” (de entre los muertos), rodada en 1958 con James Stewart y Kim Novak, un poema de amor y muerte, de inagotables valores que quien suscribe todavía está descubriendo cuando son ya más de veinte los visionados que llevo de esta cinta. En 1955, Hitchcock se embarca en su famoso proyecto televisivo “Alfred Hitchcock presents” (en España “La hora de Alfred Hitchcock”), gracias a cuyas presentaciones, en las que el director se mostraba siempre ocurrente y mordaz, conseguiría un estatus de icono a nivel mundial.

A partir de “Psicosis”, su filmografía se espacia en el tiempo aunque no disminuye en ningún momento su calidad, ni siquiera en films denostados hoy en día como “Cortina rasgada” (1966) o “Topaz”, obras muy marcadas por el transcurso de la guerra fría y, en el caso de la segunda, de gran mérito cinematográfico; “Topaz” es también, a riesgo de que a uno lo cuelguen, otro de los cinco films más importantes de su autor.

“La trama”, de 1976, un divertida comedia, dará por finalizada la carrera de Hitchcock, que muere en Los Ángeles, en 1980.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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4 comentarios en Alfred Hitchcock

  1. Alfred Hitchcock es un maestro indicutible del suspense. Sus películas son memorables y jamás podrán olvidarse.

  2. Un gran director que supo dar a sus películas un estilo único. Ha sido muy interesante leer la biografía de Alfred Hitchcock.

  3. Es todo un director clásico de cine. El estilo de Alfred Hitchcock no se encuentra hoy en día en ningún otro director.

  4. Igualar el cine que hacía Alfre Hitchcock es, prácticamente, imposible hoy en día. La concepción que Hitchcock tenía del cine provocaba que creara auténticas obras de arte. Alfred Hitchcock dominaba el cine de suspense como nadie. Fue el auténtico rey del género.

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