Todo lo que “Alien, el octavo pasajero” cambió e inspiró en la ciencia ficción posterior a 1979 no se corresponde en verdad con la condición sorprendentemente académica del film. En “Alien…” todo parece nuevo, sÃ, pero sólo superficialmente.
Lo nuevo es que, ahora, con el film de Scott, ya no hay glamour espacial, ni héroes pulcramente atractivos como Luke Skywalker, ni las exaltaciones de color y espectáculo de “La Guerra de las Galaxias”, sà acerca en cambio el film de Ridley Scott la limpia, aséptica y sobre todo clásica hasta ahora, ciencia ficción, al mundo actual, convirtiendo a los héroes como Skywalker en camioneros del espacio que maldicen, fuman, comen como cerdos y hacen el menor trabajo posible por el bien de la humanidad.
Al otro lado de la balanza, el academicismo al que nos referimos, con la construcción de las escenas siguiendo al pie de la letra las reglas del suspense cinematográfico y la cámara de Scott al funcional servicio de este. En este último aspecto, un buen ejemplo de suspense y terror en su acepción más tradicional está en la acongojante escena que describiremos a continuación, uno de los momentos memorables de un film que, quizás por estos cimientos clásicos, se mantiene como nuevo después de 30 años.
Cuando la nave de carga Nostromo regresaba a la Tierra con su cargamento, el ordenador central detecta una señal de vida en un planeta aparentemente desierto. Siguiendo la rutina establecida por la CompañÃa (propietaria de la nave), el ordenador despierta a los tripulantes de su estado de hibernación para que cambien el rumbo hacia el planeta y averigüen qué ocurre. Una vez han aterrizado, varios tripulantes salen a inspeccionar el planeta; entre extrañas y viscosas arquitecturas descubren lo que parecen ser huevos alienÃgenas. Súbitamente, un extraño ser sale disparado de uno de los huevos y se acopla violentamente al rostro de uno de los hombres. Es como una larva parásita que absorbe fluidos del cuerpo humano. Una vez la expedición regresa a bordo, descubren que el tripulante alcanzado por la criatura está todavÃa vivo. El médico de la nave, Ash, consigue extraer el parásito y, unas horas después, el enfermo se encuentra comiendo con sus compañeros con una salud perfecta. Sin embargo, en medio de la comida, empieza a sufrir convulsiones, se retuerce y gime, sus compañeros le sujetan, un bulto asoma por su vientre, se hace más y más grande, trata de salir al exterior a la fuerza hasta que revienta y un ser horripilante envuelto en sangre y vÃsceras sale del interior del enfermo y escapa a toda velocidad. Los tripulantes están paralizados por el terror. El enfermo ha muerto.
Ahora, nuestra escena.
Los tripulantes de la Nostromo se han dividido en dos grupos para intentar cazar al bicho que salió del vientre de su compañero. Uno de los grupos lo forman Brett y Parker, dos cazurros que sólo se preocupan de lo que van a cobrar a fin de mes, y Ripley, la segunda oficial a bordo. Llevan una red para pillar al bicho y un detector de movimiento que da una señal cuando algo se mueve en su radio de acción. Empieza la búsqueda.
Los pasillos de la Nostromo son como catacumbas de un castillo medieval, tuberÃas retorcidas, vapor que emana de los rincones, compuertas que se abren pesadamente, oscuridad y goteos permanentes. El detector empieza a dar señal. Algo se mueve detrás de una compuerta. Parker y Brett la abren, el detector emite una señal más fuerte, Ripley está segura, el bicho está ahà dentro, escondido en algún sitio. Llegan a un rincón de la estancia, el alienÃgena está a menos de un metro de distancia, en una de las cajas de carga, seguro, el detector no puede estar equivocado. Preparan la red. Uno, dos, tres. Abren la caja. Gemido de terror. Es el gato Johnsi. Brett retira la red y lo deja escapar. Parker y Ripley se enfurecen, ahora el gato puede volver a despistarles. “Ve a por él, Brett”, le dicen. Le ha tocado. Resignado, se va por donde ha huido el felino. Brett llega a una inmensa sala cuyo techo se eleva varios metros arriba, hacia una luz superior de la que caen hilos de agua y cuelgan cadenas que rechinan unas con otras. Brett detiene la mirada, ha visto al gato. “Minino… Johnsi… ven aquà minino”, el gato pierde el miedo, se acerca a Brett, pero vuelve a asustarse y escapa de nuevo. Mierda. Brett se empieza a poner nervioso, está buscando a un inútil de gato cuando un alienÃgena anda suelto por la nave. Avanza unos pasos, el moja su frente, se quita la gorra y deja refrescarse su sudoroso rostro. Busca de nuevo, allÃ, otra vez el gato. Está delante de Brett, observándole, él intenta que se acerque, llamándolo suavemente. Pero Brett no sabe que el gato no lo mira a él, sino a algo muy extraño, grande que cuelga detrás del tripulante. Johnsi, asustado, se retira lentamente. Brett comprueba que algo no marcha bien. Detrás de él vemos que la forma que colgaba es en verdad un inenarrable monstruo que se da la vuelta silenciosamente. Ojalá pudieramos avisar a Brett, que salga corriendo, que se vaya como sea de allÃ, pero él no lo ha visto todavÃa. Unos instantes después se gira y, sÃ, ve al alienÃgena cuya boca se abre y deja descubrir otra mandÃbula repleta de dientes afilados, la mandÃbula se dispara como una bala y rompe contra el cuello de Brett. Grito de horror. Cambio de plano a Johnsi que observa el final de la escena con ojos de miedo. Solo él sabe a ciencia cierta lo que el alienÃgena acaba de hacerle al pobre Brett.
Esta segunda muerte a manos del alien en la Nostromo es una escena de libro. Suspense y terror en su forma más académica y efectiva. Primero la atmósfera claustrofóbica, el diseño de producción creado por el ilustrador H. R. Giger; en la Nostromo no podemos estar relajados en ningún instante, de cualquier esquina, de uno de los miles de angostos corredores puede surgir el peligro. Luego la mecánica de la secuencia imprimida por Ridley Scott. Primero todo el equipo busca al alienÃgena, pensando que este todavÃa es la pequeña criatura que salió del vientre de su compañero.
Reglas del suspense: guardar la sorpresa, el momento esperado para el final, y aguantar la tensión hasta que se pueda. Scott hace lo propio y sigue la norma a la perfección. En una primera escena de terror, nos ofrece el gato en vez del esperado monstruo. Primer aviso. Ahora, cuando Brett está solo, sabemos que si aguantamos toda la congoja de la escena, recibiremos nuestro premio: el alien. La clave de esta última parte de la escena es el hecho de que el espectador sabe que va a suceder algo terrorÃfico, y sabe a ciencia cierta que nada va a evitarlo, pero en cambio, desea que eso no ocurra.
El terror es la expectativa del peligro, la vigilia antes del dolor y la muerte. Terror es esperar indefenso a que algo escalofriante suceda. Una vez que ha sucedido, el terror ya no tiene sentido. Esta escena está planificada para que la expectativa en el espectador crezca hasta niveles insoportables: primero el detector que señala los posibles movimientos de la criatura (¡qué gran idea para crear tensión!), luego la inesperada aparición del gato como “aperitivo” en lugar del monstruo, más tarde Brett buscando al gato y finalmente el plato principal, al lÃmite de las posibilidades de la secuencia, el esperado y ahora mucho más grande alienÃgena.

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“Alien, el octavo pasajero” es un clásico del cine de terror. La escena narrada la recuerdo perfectamente. La sensación para el espectador es de puro pánico.
Jamás podré olvidar la experiencia de ver “Alien, el octavo pasajero”. El tripulante buscaba el gato y todos sabÃamos que no encontrarÃa sólo al gato y todos sentÃamos miedo desde el inicio de la escena. Algo increÃble.