“Amanecer” es un cuento de dos seres humanos, el tÃtulo en inglés asà lo indica. Una historia de amor y desamor sencilla, un film donde no hay nombres, los personajes se llaman El Hombre, La Mujer o La Mujer de la Ciudad.
No hay grandes alardes narrativos, tramas complejas o finales sorprendentes. Tan sólo un hombre y una mujer tratando de ser felices después de que un suceso terrible haya puesto en peligro su relación.
La escena que he elegido muestra los instantes anteriores a que este suceso se produzca. Visualmente, es un momento para mà clave en la historia del cine mudo. Por cuanto a poesÃa de la imagen, a ritmo y a recursos metafóricos. La emoción rebosa en cada fotograma. La describiré para que os hagáis una idea, subrayando en cada momento los aspectos cinematográficos más destacables. Y recomendar que, si os atrae el cine mudo, si conectáis con la sensibilidad de los Murnau, Lang, Von Stroheim o Robert Wiene, si para vosotros un film silente es transportarse a otro tiempo, otra perspectiva del cine, una forma distinta de poética igual de gratificante que el sonoro, entonces haceros con “Amanecer”, es fácil de encontrar en DVD a buen precio. Y es una obra maestra. No hay excusas.
El Hombre (George O´Brien) sale de la granja en la que vive junto con su mujer (Janet Gaynor), el mismo lugar donde hasta hace bien poco han sido felices con su hijo. La noche cae sobre el bosque y la laguna que rodean la propiedad, y la niebla sobrepasa la altura de los talones. Nada parece alegre ahora, sabemos que ambos viven sus horas más inciertas. En la granja, La Mujer llora por su suerte. Su marido tiene una relación con una mujer de la ciudad, y la granja está arruinada. El Hombre avanza por la orilla de la laguna. Un travelling lo sigue desde atrás. Pausadamente. El hombre tuerce por un camino, pasa por encima de una valla. Intuimos donde se dirige. La cámara continúa con él, en un ritmo hipnótico. Pero en un momento dado, la cámara se separa del hombre y sigue el travelling por entre la frondosa vegetación y la niebla. El movimiento cruza rincones recónditos, follaje y matorrales hasta descubrir un pequeño claro junto a la laguna. AllÃ, espera La Mujer de la Ciudad. Viste de negro y lleva una flor en la mano. A sus espaldas, la luna llena agujerea una noche especialmente negra. Cuando el plano encuadra a la mujer de la ciudad, entra por un lado el hombre. Ambos se miran. Se abrazan.
Murnau, cuando hace que la cámara abandone el seguimiento del hombre, nos está implicando en la acción, está convirtiéndonos a los espectadores en curiosos y clandestinos voyeurs de esta escena adúltera. Somos nosotros quienes encontramos a la mujer de la ciudad en el claro. El Hombre llega después de que la hayamos descubierto. Los dos adúlteros se besan apasionadamente. Nueva imagen de La Mujer llorando junto a su hijo. La Mujer de la Ciudad trata de convencer a El Hombre para que lo deje todo por ella, en los tÃtulos intercalados leemos: “dime, ¿eres sólo mÃo?”, “deja a tu mujer, se podrÃa ahogar”. Con la palabra “ahogar”, las letras se van desvaneciendo tal y como si se ahogasen.
Murnau rechazaba el abuso de los tÃtulos intercalados, pero los pocos que utilizaba tenÃan una concordancia estética con el resto de las imágenes. Unas veces, cuando se dice algo esencial, las letras se hacen más grandes, otras los letreros van acompañados de algún grafismo que ayude a la comprensión de lo que está sucediendo, y como en este caso, las letras se difuminan con la palabra “ahogar”, creando a partir de unas simples letras un momento metafórico espléndido. Murnau declaró: “utilizamos la imagen para expresar la acción y el pensamiento. Sin palabras. Sin rótulos”. A veces, los rótulos de los films de Murnau sobrepasan la condición de meros tÃtulos explicativos, y cobran el valor expresivo de un plano con imagen.
Al oÃr lo que le ha propuesto La Mujer de la Ciudad, nos damos cuenta de lo sucio e impuro de la escena. La laguna se convierte en alcantarilla, la mujer pisa el suelo y notamos el fango que ensucia sus pies. En este rincón clandestino, El Hombre se enfrenta al verdadero terror, se enfrenta a él mismo. A su lado más diabólico. La Mujer de la Ciudad dice: “ven a la ciudad”. En este momento, los dos amantes se recuestan en la hierba, y en la parte superior del cuadro, Murnau elabora un montaje que encadena imágenes de diferentes escenas de diversión y fiesta urbana: una banda tocando, la gente en un parque de atracciones, música, baile. El Hombre siente que la tentación de La Mujer de la Ciudad se hace insoportable. Es capaz de dejarlo todo, de matar a su mujer por irse con ella a la ciudad.
Este montaje supone otro momento de gran belleza. En la oscuridad de la noche, las imágenes ruidosas, bulliciosas de la ciudad se aparecen ante los dos amantes de forma casi obsesiva, en una técnica que se repetirá más adelante en la pelÃcula. La Mujer de la Ciudad acaba proponiéndole cómo acabar con La Mujer sin que puedan acusar al marido. Y finalmente, la escena termina con un plano general digno de un film de terror de la Universal: la luna llena una vez más, atenuado su blanco nuclear con finas nubes que surcan la noche. La escena transcurre a un ritmo lento (para Murnau, el drama es lentitud, la comedia o los momentos de felicidad, rapidez y agilidad), como un réquiem, el funeral moral de un hombre de campo, sencillo y aparentemente feliz, que se rinde a la tentación de la oscura Mujer de la Ciudad.
Una escena como esta demuestra que, a veces, la poesÃa no está en lo tópicamente bello, sino en las catacumbas más sórdidas del alma humana.

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