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Andrei Tarkovski

Sus detractores lo tachan de elitista por no clarificar sus películas y ni hacerlas entendibles al gran público. Lo acusan de excesivamente complejo y cerebral.

Bien, Andrei Tarkovski es el director menos cerebral en quién pueda pensar ahora mismo. Quién salga de la proyección de Stalker (1979) o Sacrificio (1986) meneando las neuronas acerca del significado del film creo que se equivoca, las cosas son mucho más sencillas.

Tarkovski toca en sus obras la nota más alta de la expresión, aquella que no se puede racionalizar, que no se explica con el pensamiento y menos mediante palabras. El momento poético en un film de Tarkovski es aquel plano de arquitectura inexplicable cuya poesía nos hace reconocer de golpe la armonía del mundo, los problemas y las soluciones de la existencia y una visión casi demiúrgica del hombre; recibimos este momento poético en su estado más puro y menos cerebral, con esa sensación que quizás empiece con algo tan básico como la carne de gallina, ¿alguien se atreve a definir estos momentos como un orgasmo? si a eso llamamos el instante inenarrable, que eleva y luego limpia el alma de la mediocridad de la vida, entonces si, un film de Tarkovski sería como un orgasmo.

Tarkovski buscó con su cine durante toda su carrera estos momentos que, como hadas invisibles, revolotean alrededor del ser humano, esos pequeños instantes de emoción donde, efectivamente, entrevemos cuál es el sentido de la vida.

La fe del hombre en un objetivo que mueva su existencia, la crisis de perdida de esta fe y el viaje (o sacrificio) que emprende el individuo para recuperarla o reafirmarla son la base del cine de Tarkovski. La fe para el director es un camino de sufrimiento, algo que hay que poner a prueba y que conecta al ser individual con el resto del mundo.

En sus palabras: “El sufrir con la propia alma ayuda a conocer el verdadero estado de las cosas, provoca la responsabilidad y la conciencia de la propia culpabilidad. Entonces ya no se justificará con cualquier excusa la propia desidia y los descuidos, ya no se dirá que uno no es responsable de lo que suceda en este mundo, porque estaría determinado por la perversa voluntad de otros. La restauración de la armonía del mundo depende, en mi opinión, del restablecimiento de la responsabilidad personal”.

Nacido en Zavraje, en 1932, hijo de un conocido poeta, Arseni Tarkovski, el joven Andrei recibe una cuidada educación artística que le hace interesarse por la pintura, la literatura y la música, aunque se decantará finalmente por los estudios de cinematografía, durante los cuales conocerá a su mentor, el director Mijail Romm.

Su primer film ya llama la atención de la crítica europea. La infancia de Ivan (1962) sorprende por su poética, rara en un director novel de treinta años, y se lleva el León de Oro en Venecia.

Para cuando Tarvovski realiza su segundo film, Andrei Rublev (1966), ya ha recibido varias ofertas para dirigir en Estados Unidos y su nombre es solicitado en los festivales más importantes de Europa. Pero los problemas con las autoridades rusas no tardan en aparecer. Corre todavía el 1961, tiempos de cierta apertura para el régimen soviético, y en un primer momento, se le da plena libertad para concebir la biografía del pintor Andrei Rublev (el film conmemora el quinientos aniversario de su muerte) como el crea conveniente.

Tarkovski diseña un film épico que toma el dato histórico como simple referencia para, más allá también de la vida del propio pintor, expresar ideas y conceptos del hombre en general. Cuando el film está terminado los tiempos han cambiado, y la URSS se repliega de nuevo en una política más dura y menos aperturista. Andrei Rublev es enviada a competición a Cannes, pero las autoridades de la URSS prohíben su difusión, alegando ciertas escenas nada convenientes. El director se verá obligado a cortar un cuarto de hora de película y a esperara hasta 1971 para ver su estreno en occidente.

Los roces entre las autoridades soviéticas con el espíritu tan personal de Tarkovski serán constantes, y desembocarán en su exilio a Italia en 1983.

Solaris (1972) toma como referencia la ciencia ficción del escritor Stanislaw Lem, en un fascinante film del cual se ha realizado recientemente un bienintencionado aunque infinitamente inferior remake con George Clooney y el director Steven Soderberg a la cabeza. En su época, muchos quisieron ver en Solaris la respuesta rusa al 2001: Odisea en el espacio de Kubrick, aunque ambas obras solo tengan en común la ambición de hacer de la ciencia ficción un género profundo y ambicioso. Sobre lo que de ciencia ficción posee Solaris Jordi Costa afirma que Tarkovski asfixia “las más superficiales señas de identidad del género en un premeditado ejercicio de interiorización”.

La autobiográfica El espejo es saludada como la construcción de estilo más ambiciosa de Tarkovski. Desgraciadamente, mucha gente no entendió el film cuando se estrenó en 1974. El sindicato de cineastas soviéticos criticará su falta de claridad, y las autoridades relegan la película a unas pocas salas fuera de los centros urbanos, de manera que el film muere a los pocos días de estar en cartelera.

Lo que en El espejo puede ser un lenguaje de imágenes de gran complejidad, se convierte en Stalker (1979) en un minimalismo formal casi cristalino. Una historia sencilla, tres personajes, largos planos secuencia y linealidad argumental para una narración (basada de nuevo en un relato de ciencia ficción) que detalla el lento viaje de tres personajes (un guía, el stalker del título, junto con un escritor y un científico) hacia una zona prohibida del país donde los deseos se convierten en realidad.
Nostalghia (1983) se rueda en Italia. Al terminar el film, Tarkovski declara que no regresará a su país, y establece su residencia en Florencia. Estaba harto de las presiones del gobierno de Moscú.

En 1986 se le diagnostica un tumor que le obliga a asistir a sesiones de radioterapia mientras filma su obra testamental Sacrificio. Con fotografía del bergmaniano Sven Nykvist y la música de Bach, Sacrificio es la vivencia de un hombre que ofrece como parte de una gran promesa, su casa y todas sus pertenencias para salvar al mundo de un holocausto nuclear. Es este, en mi opinión, su film más cercano y agradecido de visionar; y una muestra de lo que de verdad significa la fe del individuo en sus propias creencias, con la famosa e inolvidable escena de la casa ardiendo que podréis leer desmenuzada en la sección Grandes Momentos de Mundocine. El film conseguirá el Premio Especial del Jurado en Cannes. A finales de año el cáncer acaba cruelmente con la vida de Tarkovski en París.

Siete películas en total, más una referencia ineludible de la literatura cinematográfica, el libro Esculpir en el tiempo, son el principal legado de este creador que, como ocurría ya en los cine clubs de la Europa de los sesenta, sigue concitando apasionados debates entre quienes, como el que suscribe, se dejaron deslumbrar un día por una imágenes (en mi caso las de Stalker primero, luego Sacrificio) que apuntaban directamente al alma.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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1 comentario en Andrei Tarkovski

  1. Andrei Tarkovsky fue un brillante autor del cine soviético.
    Felicidades por el reportaje.

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