“Una foto fija de dos naturalezas muertas cegadas por la vana (e imposible) idea de resucitar”.
Sergi Sánchez (Dossier Festival Sitges’97)
Laura y Alec se conocieron en la misma estación donde ahora se miran sin saber qué decirse. En los últimos días han vivido la historia de amor más emocionante de sus vidas. Ambos residen en ciudades diferentes, están casados con sus respectivas parejas, dos naturalezas muertas con la vida resuelta, él médico, ella esposa de un marido adinerado que la quiere y la respeta.
Se encontraron por primera vez en esta estación por casualidad. Laura cogía el tren para ir de compras a la ciudad, Alec viajaba por trabajo, fue un encuentro fortuito, dos personas que se cruzan y casi por azar empiezan a conversar. Y así, hablaron, pero nada pareció suceder. Poco sabían ellos que aquel era el principio de una historia de amor prohibido, de la que nadie tendría que saber nada. Al cabo de poco tiempo, en un nuevo encuentro, se quisieron. Y los días pasaron, y las citas también, sin que el marido de Laura supiera nada, sin que la familia de Alec se enterase de lo que sucedía. Fueron días felices, momentos de amor en una madurez de la vida que parecía haberse detenido. Pero ahora, en el punto donde podrían decidir dejarlo todo atrás y escaparse para dejar crecer su amor, saben sin embargo que, como naturalezas muertas, no van a poder resucitar, y deberán separarse. Ella volverá a su casa, con su marido, junto a la chimenea, ayudándole a resolver aquellos crucigramas, con música clásica de fondo, y él se marchará a África para ejercer su profesión.
En el café de la estación. Miradas de miedo, sentimientos de quien pisa el borde del precipicio, vértigo por el amor que no va a poder ser. Ahora que por fin han descubierto lo que de verdad significa amar, en pocos instantes, cuando entre en la estación el tren de Alec, dejarán de verse para siempre. Los amores furtivos no pueden existir. Así lo han decidido ellos. Laura le confiesa a Alec que se siente morir, pero él, levantando la vista cansada de la taza de café, le responde sabiamente “si mueres, no podrás recordarme. Y yo quiero que me recuerdes”. Sí, el recuerdo será lo único que quede, la memoria de lo que fue durante un breve encuentro y nunca más volverá a ser. Luego hablan de que probablemente nunca más vuelvan a encontrarse, que otra vida les espera, una en la que ambos se saben perdedores. Y sus hijos crecerán y ellos envejecerán sin haber apostado por lo que de verdad sentían. Uno será el recuerdo del otro, la memoria les traerá a la vida, y la memoria también hurgará sin piedad en la herida hasta que mueran. Alec es fuerte, por eso se comporta con discreción cuando, por sorpresa, aparece en el café de la estación la insoportable amiga de Laura, Dory, que siempre coge el tren a esa hora. Dory se sienta entre los dos, desconocedora de lo que la pareja está viviendo, habla y habla, y Laura piensa en la crueldad de la situación, no va a poder ni despedirse de su amado. Un silbido del tren, llega el expreso de Alec, este se levanta. Laura está inmóvil, congelada, Alec no la besa, no puede, nadie debe saber que ambos han sido amantes, la toca sin embargo en el hombro, ligeramente, lo justo para que ese sea el gesto que quedará marcado a fuego candente en el corazón de Laura para el resto de sus días. Alec sale del café de la estación sin girarse. Nunca más volverán a verse. La mente de Laura es un hervidero donde se agolpan ahora los sentimientos más agónicos del ser humano: la pérdida y la impotencia.
Alec ya se ha ido. Otro tren pasa por la estación. Laura parece despertar. Se levanta, sale corriendo al andén. Va a lanzarse a la vía, nunca pensó que llegaría a este punto, pero sí, lo va a hacer. Al punto que el tren pasa junto a ella, se detiene al borde del cemento. Los vagones del convoy pasan a toda velocidad mientras los flashes de luz de los compartimentos marcan el rostro desencajado de Laura. Y un pensamiento: “No quiero volver a sentir nada nunca más”.
Ya en casa, Laura está junto a su marido, junto al fuego, ambos en sus respectivos sofás, en la placidez a la que Laura no ha querido renunciar. Él, hombre bondadoso, se ha quedado mirándola mientras ella recordaba en silencio todo lo que vivió con Alec. Laura tiene los ojos vidriosos, su marido se acerca a ella, “sea lo que sea lo que soñabas, era muy triste”, y añade ” se que has estado muy lejos… pero gracias por volver a mí”. Laura rompe a llorar y se abraza a su marido. La sociedad nos hace prisioneros de sus normas, unos son reos de sus casas, o sus trabajos, otros de un matrimonio forjado sin verdadero amor. Sin embargo, de vez en cuando, veremos pasar por delante nuestro una luz que nos ilumina un camino distinto a seguir, un destello que nos invita a arriesgarlo todo por lo imposible, y entonces quizás en ese instante de decisión, queramos ser como Laura y Alec, que decidieron no renunciar a su cárcel de comodidad, bienestar y amor a medias con sus familias, o a lo mejor sigamos la luz y hagamos entonces aquello que los personajes de Breve encuentro no osaron hacer.
Cuántas veces habremos de decidir si vegetar como naturalezas muertas o apostarlo todo por resucitar en una nueva vida.

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Marc, has conseguido describir de forma excelente las emociones que esa escena me produjo. Es una de mis películas favoritas y las escenas finales están entre las que más me han impactado. Ese contraste entre la aparente trivialidad de las circunstancias y el drama íntimo, la total desolación interior, es muy eficaz, creo que es un elemento que crea gran tensión en el espectador.
Enhorabuena por tu artículo y por todos los demás, que me parecen fabulosos.