“La pasión de Juana de Arco” (1928), “Vampyr” (1930), “Dies Irae” (1943), “Ordet” (1955) y “Gertrud” (1964), cinco pelÃculas de este director danés, alcanzan la categorÃa de obras maestras.
Dreyer concibió en su carrera un estilo original que nadie ha conseguido imitar. Es un director decisivo, igual que lo pueda ser Bergman o Sjöström, otros directores nórdicos, pero lo que le separa de estos es que su estilo sólo ha sido puesto en práctica por él mismo. Nadie lo ha imitado. Nadie lo ha entendido como él. Antes que nada, resumo lo que significa el estilo de un director como Dreyer. Sus pelÃculas simplifican las formas (mÃnimos decorados, tramas de gran sencillez narrativa), y poseen un ritmo lento, teatral, casi reflexivo, para que puedan fluir libremente los momentos poéticos que nos permitan comprender la amalgama de sentimientos que esconden sus personajes.
Dreyer es abstracción de formas. Huir del artificio para llegar a una verdad desnuda. Si una cocina puede decorarse con un único objeto, no le añadamos más, dejemos que la vista del espectador se concentre en ese objeto sin más distracciones. Desnudemos la pelÃcula de pamplinas inútiles, de lo sencillo emana la verdad absoluta de las cosas. Y los actores. En Dreyer los actores no actúan, recitan, una frase de cualquiera de sus personajes esconde toda su contradicción, toda su esencia y sentimientos. Y la cámara. Una cámara que aparenta ser teatral, con planos recios y frontales, se va desvelando poco a poco como la mirada que recorre (desnuda) a los personajes sutilmente, siguiendo ese ritmo aletargado tan caracterÃstico de sus films. Un plano en Dreyer es de una composición sutil, que recuerda a Vermeer y la pintura holandesa del XVII. La organización de un plano cualquiera en Dreyer es una composición armónica (cámara siempre en sutil movimiento, decorado y luz mÃnimos, actuaciones de los personajes de raÃz teatral) con un punto en común, la depuración del artificio. Es inútil describir un cine tan apartado de todo lo hecho y todo lo que se hará. Porque no hay nadie como Dreyer. No puede haberlo.
Carl Theodor Dreyer nace en 1889 en Copenhage. Sus principales empleos antes de convertirse en cineasta serán el trabajo en una oficina de telégrafos, y sobre todo, a partir de 1909, el de periodista y corresponsal.
En 1919 dirige su primera pelÃcula, “Presidente”, donde quedarán claras sus constantes hasta su último film, a saber, la abstracción de formas, y en cuanto a temáticas, el sentimiento de culpa de la mujer, y los personajes atormentados por sus dudas (sobre el amor y la religión). “Mikáel” (1924), donde Dreyer se adapta al estilo Kammerspielfilm alemán (rodajes en interiores) y “La novia de Gomdal” (1925) son sus siguientes obras destacadas. Luego vendrá la acongojante “El amo de la casa”, también de 1925, una pelÃcula basada en la frustración que acarrea la vida cotidiana moderna.
Ya en 1928, llega la primera obra maestra de Dreyer, la conocida y mil veces estudiada sinfonÃa de primeros planos de “La pasión de Juana de Arco”. El director toma los sumarios originales del juicio al que fue sometida la heroÃna trágica francesa, y plantea un film milimétrico y objetivo en cuanto a fidelidad histórica, a la vez que totalmente interiorizado y subjetivo en la descripción del sufrimiento de Juana. Lo más importante son los primeros planos, cientos de ellos en todo el film, que detallan el papel de cada personaje, sobre todo de esa Juana interpretada por Marie Falconetti, en una performance que, dudo, haya sido superada en cuanto a compromiso con el papel; ¿alguien piensa en la Björk de “Bailando en la oscuridad” (2000)? Vean las lágrimas verdaderas de Falconetti, que tuvo que someterse a interminables sesiones de primeros planos durante horas.
“Vampyr” (1930), es una pelÃcula de terror extremadamente bella. Figura como un islote independiente en la filmografÃa del director.
Los tres últimos films de Dreyer, realizados en sus tres últimas décadas de vida, son sus obras más importantes, y su principal legado para la historia del arte.
El primero es de 1943, personalmente uno de los films que más admiro, se trata de “Dies Irae”, tragedia de una mujer (Lisbeth Movin, memorable interpretación de esta guapÃsima actriz) casada con un religioso en la Dinamarca del XVII y acusada de brujerÃa de forma injusta. El estilo Dreyer ya definido, planos secuencia lentos y larguÃsimos, actores declinando textos como en un limbo permanente, la cámara moviéndose sutilmente… Y una pelÃcula triste, que muestra la incomprensión que los mayores pueden llegar a tener del amor, fresco y rebelde, de la juventud.
“Ordet” (1955), con el tiempo, ha llegado a ser su film más reconocido, sobre todo por ese final en el que una madre muerta en un parto, es resucitada por un milagro divino. Ese momento, tan ridÃculo aparentemente, tan poco creÃble, ensalza la emoción del espectador de una forma brutal. “Ordet” habla de la religión, pero puede ser visto por el ateo más militante, porque para Dreyer, la religión es amor, tolerancia y fe en el mismo hombre.
Ya en su vejez, pocos años antes de morir, Dreyer crea “Gertrud”, su pelÃcula más depurada, su estilo llevado a las máximas consecuencias. Sólo 88 planos, actores alejados de cualquier atisbo de realismo, inmersos en sus dramas. Planos secuencia de casi diez minutos cuya emoción nos deja sin habla. Y otro final para la historia, con la protagonista Gertrud, una mujer ya anciana que ha preferido vivir sola antes que aceptar una vida compartida con un amor a medias, afirmando que no se arrepiente de no terminar sus dÃas con un hombre a su lado, porque ella sólo ha buscado el “amor omnia”, el amor total, un objetivo que no ha conseguido, pero que ha dado sentido a su vida. “Gertrud” es un film casi vanguardista (¡¡88 planos!!), de un director que contaba con 75 años. La magnitud de este testamento cinematográfico y el misterio de su modernidad inalcanzable me siguen pareciendo algo incomprensible.

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Carl Theodor Dreyer no era un director cualquiera, era un director de obras maestras.
“La pasión de Juana de Arco” es una de las mejores pelÃculas del cine mudo, tiene una narración visual impresionante.
¡Carl Theodor Dreyer es un genio!