Hay una raza de actores que dominó la gran pantalla en los años dorados de Hollywood. TenÃan algo que probablemente echemos en falta en la mayorÃa de estrellas actuales. Cary Grant, James Stewart, John Wayne eran sus personajes.
Si en una pelÃcula veÃas en los tÃtulos de crédito el nombre de James Stewart, sabÃas que pasarÃas la próxima hora y media con un buen hombre, responsable y familiar; si al principio de la proyección figuraba el nombre de Humphrey Bogart, enseguida comprendÃas que tu destino estarÃa ligado al de un hombre duro, fuerte y complejo a la vez, un ser con un pasado tortuoso lleno de sufrimiento, cuya alma se te irÃa revelando a medida que avanza la proyección. Y con Cary Grant, ya te podÃas preparar para una sesión de glamour inolvidable. Un dry Martini con Beefeater, tu mejor traje y luces tenues en el salón de tu casa. Con Cary no hay que preocuparse por quién dirige la pelÃcula o quién ha escrito el guión, porque siempre tendrás las más selectas gotas de sentido del humor, la sutileza, el gesto y la palabra en su equilibrio perfecto y, sobre todo, la elegancia y la clase. Como dijo de él la actriz Polly Bergen: “Enseñó a Hollywood y al mundo lo que la palabra “clase” realmente significaba”.
El futuro Cary Grant nace en Bristol, Gran Bretaña en 1904, con el incómodo nombre de Archibald Alexander Leach. De origen humilde, en 1920 gira por Estados Unidos con una compañÃa de comediantes. Antes, en sus actuaciones teatrales por su paÃs con el Bristol Empire Theatre, aprende el arte de la mÃmica que tanto le servirá en sus futuras y memorables screwball comedies de Hollywood.
En 1932 tiene su primera oportunidad cinematográfica con el film Esta es la noche, y poco después, gracias a No soy un ángel, de 1933, empieza a recibir ofertas para papeles protagonistas.
No tardará en especializarse en la comedia, y ya en 1938 protagoniza junto a Katharine Hepburn la explosiva La fiera de mi niña, dirigida por Howard Hawks y ejemplo invariable de lo que debe ser una buena comedia, honor compartido sin duda con otro film que protagonizará la misma pareja en 1941, esta vez junto a James Stewart, se trata de Historias de Filadelfia, film de George Cuckor cuya primera escena con Hepburn, Grant y unos inocentes palos de golf, permanece en la retina de los buenos aficionados al cine clásico.
La fiera de mi niña, marca la época de máximo esplendor de Cary Grant, cuya actividad frenética continuaba con pelÃculas de aventuras (Gunga Din, de 1939, con un trÃo protagonista formado por Cary, Victor McLagen y Douglas Fairbanks Jr.), Solo los ángeles tienen alas, más comedias como la teatral y alocada Arsénico por compasión, de Frank Capra, y los cuatro films que protagonizará bajo las ordenes del director que comparaba a los actores con ovejas, Alfred Hitchcock.
La colaboración permitió a Cary cambiar un poco de registro y trabajar personajes más complejos y siniestros, aunque sin olvidar nunca la elegancia y el sentido de la ironÃa y el humor. Sospecha (1941) fue el primero de estos films, con la famosa escena de nuestro hombre subiendo la escalera portando un vaso de leche supuestamente envenenado para su inocente mujer, interpretada por Joan Fontaine. A Sospecha le siguió Encadenados en 1946, maravillosa obra maestra donde Cary comparte protagonismo con Ingrid Bergman y Claude Rains, en un triángulo que se expande en forma de suspense hitchcockiano y tragedia, con un final donde Cary encarna al héroe definitivo. Atrapa a un ladrón (1955) nos presenta al Cary Grant más classy, divirtiéndose y burlándose de la justicia en las aguas de la Costa Azul junto a Grace Kelly; y finalmente, el que para muchos es el film más decisivo tanto de Grant como de su director Alfred Hitchcock, Con la muerte en los talones (1959), frenética historia precedente de las epopeyas de James Bond, donde Grant interpreta al elegantÃsimo (notar los impolutos trajes, el moreno impecable de la piel) Roger Thornill, teniendo como antagonista a otro gentleman del cine y malo por antonomasia de las pelÃculas de Hitchcock, James Mason.
Después de finalizar sus colaboraciones con el director inglés en Con la muerte en los talones, la carrera de Grant vuelve a despuntar en films como Charada (1963), de Stanley Donen, donde su pareja femenina es nada menos que Audrey Hepburn. Con el mismo Donen ya habÃa protagonizado en 1958 otro clásico, Indiscreta, junto con Ingrid Bergman.Â
Ya en 1966, Cary Grant decide retirarse del mundo del cine, sin tiempo a la decadencia, dejando el mejor sabor de boca a sus seguidores. Como hizo Greta Garbo. Como las verdaderas estrellas.
La vida privada de Cary estuvo condicionada por cinco matrimonios y, sobre todo, por las fundadas sospechas de la comunidad de Hollywood en referencia a su homosexualidad. De surrealista prácticamente habrÃa que calificar la relación que mantuvo con Randolph Scott, el duro vaquero protagonista de los westerns psicológicos de Budd Boetticher. Ambos tenÃan la desvergüenza y la ironÃa de hacerse fotografÃas de tipo casero para algunas revistas del corazón, en la cocina o comiendo en el salón, sin ningún temor al escándalo ni las malas lenguas.
Cary Grant dejó tras de si una filmografÃa incomparable que abarcó más de treinta años, de la que algunos echen en falta westerns o papeles más “negativos”, pero claro, yo prefiero ver a Cary Grant con el traje perfectamente planchado en la subasta de arte de Con la muerte en los talones que revolcándose en el desierto de Arizona en algún western. Él siempre tuvo muy claro que debÃa hacer y que no.

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Cary Grant es la cara viva de la época dorada del Séptimo Arte. Supo darle a sus papeles una personalidad que sólo él era capaz.
Está colosal en “Con la muerte en los talones”. Es mi pelÃcula preferida de Cary Grant.
Sólo es necesario repasar toda su filmografÃa para ver que Cary Grant supo elegir los mejores papeles de la época.