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Ciencia ficción de los años 50

Si existe respuesta, me pregunto: ¿qué ocurrió realmente en los años cincuenta con el género de la ciencia-ficción en Estados Unidos?

¿Por qué en la década más feliz de la corta existencia yanqui colisionaron en las pantallas de cine ejércitos de marcianos, científicos con complejo deífico, exploraciones planetarias, encuentros con razas alienígenas con ganas de brega, o lo contrario, contactos con extraterrestres empeñados en enseñar a la raza humana el buen camino?

Los cincuenta fueron años de posguerra y rapidísima recuperación económica. Todo era posible para todos si uno se subía al tren del sueño americano. La clase media bien situada formó un magma de millones de familias que se asentaban progresivamente por los extrarradios (esas interminables urbanizaciones, casas con garaje y jardín) de las grandes ciudades, aparecieron todos los adelantos que harían la vida del americano más fácil y moderna, las herramientas de bricolaje “do it yourself”, módulos de cocinas ultra-modernas, comidas precocinadas en los primeros malls, tostadoras futuristas… Y para los chavales irrumpía ardiente y rebelde el Rock n’roll, Elvis, Little Richard y Chuck Berry, los jóvenes de América tenían así su pedazo de rebeldía, más allá de los arrumacos furtivos y castos de las parejitas en los drive-in.

América era grande, las casas tenían, “debían tener” jardín bien cuidado, y papá conducía su Chevy con orgullo, después de haberlo lavado y abrillantado mano a mano con su hijo el domingo. La televisión y Disneyworld completaban una vida plácida, avanzada y paradisíaca, ensoñadoras estampas que vemos con cierto agrado en las coloristas películas de Douglas Sirk. Todo iba bien en la tierra prometida del siglo XX.

Pero en toda historia, por bonita que sea, se necesitan antagonistas, y personajes empeñados en estropearlo todo, y la deliciosa way of life de la América de los cincuenta encontró su enemigo público número uno en los peligros que representaba el comunismo y una posible guerra atómica que podría hacer trizas el recién adquirido Chevy de papá y requemar el peinado de mamá al estilo Mrs. Eisenhower. Se trataba de una amenaza dispuesta a destruir el sistema capitalista del que presumía la primera potencia mundial, y el cine no tardó en pillar el guante y reflejar estos miedos del pueblo llano en cientos de películas adscritas la mayoría de ellas al género de la ciencia- ficción.

“En los años 50 el cine de Hollywood, antes cosmopolita o crítico, se ensimisma, se cierra sobre sí mismo. Es un cine en el cual aparece, en todos los géneros, y más aún en la ciencia-ficción, el abismo que separa el ‘nosotros’ de ‘ellos’, que marca la presencia obsesiva del otro, de un enemigo exterior o interior”. Francisco Llinás (Revista Nosferatu nº 14/15).

El enemigo exterior. La ciencia-ficción de aquellos tiempos se prestará a elucubrar sobre la paranoia del “otro” a la que se refiere la afirmación de Francisco Llinás. Fue un género muy popular en la época, entre cuyas coordenadas argumentales era simple distinguir quién era el invasor y quién el invadido, permitiendo que guionistas y directores pudieran reflejar de manera más o menos encubierta el nudo en la garganta que sentía la sociedad americana cuando empezaba a pensar si realmente estaba a salvo de los ataques del enemigo comunista y de la gran bomba nuclear.

La ciencia-ficción de los cincuenta fue el reflejo de una sociedad paranoica, segura de su estatus a la vez que mira nerviosa con el rabillo del ojo a quien pudiera destruir sus logros y milagros. El mensaje social, y es importante señalarlo, era en las más numerosas ocasiones inconsciente, ya que no había intención de hacer cine de denuncia, ni crónicas realistas de una sociedad enferma, todo lo más, los films de ciencia-ficción de esta época son como esos sabrosos helados de feria que te comes rápido para que no se deshagan, y de los que luego te olvidas, entertainment sin pretensiones que, paradójicamente, puso de relieve la tensión subyacente en el inconsciente colectivo de los felicísimos y consumidores años cincuenta.

Cinematográficamente hablando, la ciencia ficción de este periodo se horneó en los parámetros de la serie B y el relleno de programas dobles en los cines de provincias, con contadas excepciones en forma de films más ambiciosos en cuanto a presupuesto (efectos especiales, contratación de estrellas en los papeles principales…)

Como género con su propio modus operandi y constantes estilísticas, nunca tuvo nada que ver con el western o el género negro, sujetos estos a una sólida demarcación genérica y unos códigos bien estipulados. Si los analizáramos uno a uno, pocos films podrían llegar a considerarse propiamente de ciencia-ficción. Como norma habitual eran películas de aventuras trasladadas al espacio exterior o a un marco semi-fantástico (laboratorios, desiertos o selvas exóticas con criaturas gigantescas), o melodramas muy básicos ambientados en la América rural, aliñados con algún monstruo extraterrestre invasor o un ataque de criaturas deformes salidas de un experimento atómico.

Pocos directores consiguieron dar a sus films un empaque cien por cien de ciencia ficción, que sobrepasara la etiqueta de “película de aventuras” o “drama” con toques de ciencia-ficción, y entre los que lo consiguieron, nombres en los que insistiremos próximamente dentro de este repaso a la ciencia-ficción de los cincuenta en Estados Unidos: Jack Arnold, Kurt Newman, Fred McLeod Wilcox o Donald Siegel.

En los siguientes reportajes analizaremos las principales características de este boom alienígena tan popular en su tiempo, hoy rastreado con ciega devoción por miles de fanáticos del cine de culto y serie B. Repasaremos los nombres propios imprescindibles, las películas más importantes y las rarezas más disonantes de este apasionante periodo en el que las pantallas de América daban la bienvenida una semana sí y semana también a las más violentas invasiones extraterrestres, las mutaciones de insectos en gigantescas criaturas de pesadilla, los científicos presuntuosos dispuestos a solucionar (o dominar) el mundo, los militares prestos a mermar cualquier ataque extraterrestre de forma expeditiva, a las voluptuosas hijas de los científicos, siempre enamoradas del héroe de la película y a las exploraciones a los fascinantes mundos de Metaluna, Marte, la Luna y Altaïr 4.

Acompañadnos en nuestro cohete de cartón piedra a esta galaxia irrepetible que va desde la “A” del “Ataque de la mujer de 50 pies” (1958, Nathan Juran) a la “Z” de “Zombies of the stratosphere” (1952, Fred C. Brannon). Más noticias del viaje por la ciencia ficción USA de los cincuenta en próximos reportajes.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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