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Cine negro: El género de los géneros

“Hay solo tres formas de tratar a un chantajista. Puedes pagarle, pagarle y pagarle hasta que estés arruinado. O puedes llamar a la policía y dejar que todo el mundo sepa tu secreto… O puedes matarle”.

Edward G. Robinson a Joan Bennett

Si esta sentencia (llena de conocimiento de la vida ¿verdad?) la escuchásemos en la densa voz original de Edward G. Robinson, observando al actor desde una oscura sala, en una pantalla en blanco y negro, poco más quedaría por añadir, el género del cine negro estaría suficientemente explicado.

El género de los géneros, quizás el más ligado a la tradición literaria y uno de los más genuinamente norteamericanos, no quiere decirnos que vivir es tan bello que merece ser cantado y bailado (musical), o que el amor siempre triunfa, o por lo menos siempre se llora por él (drama), o que hay algo detrás de esa puerta (terror), el cine negro representa la visión más cruel y… ¡negra! del ser humano en el siglo XX. El mundo, en un film de cine negro, es un lugar despiadado y brutal, donde las personas engañan y nadie es lo que parece, donde cada verdad esconde una mentira y donde el ser humano se dirige a un destino trágico del que no puede huir, un destino irónico por merecido, porque “ironía”, en palabras de Robert McKee, es aquella sensación que tienen algunos finales de película, cuando sales del cine pensando que en fin, la vida es así, ni buena ni mala, sino jodidamente así.
La visión trágica y oscura del cine negro es el reflejo de un país, Estados Unidos, en crisis. La penuria económica de finales de los veinte y años treinta, la ley seca que fue el principal caldo de cultivo para el crimen organizado, los conflictos en las grandes ciudades están presentes en el cine de gánsters de la época, empezando por la seminal La ley del hampa, de 1927, que marcaría el punto donde los films del género negro empiezan a radicalizarse, con obras como Hampa dorada de 1931, aunque el código Hays, una censura de los films cuya violencia sobrepasaba lo “decente”, que curiosamente fue impulsado por los mismos estudios, frenará esa tendencia.
Además del mundo de las bandas, del Chicago de los gangs y la ley seca, y los atributos típicos del género como las pistolas, los sombreros y los bares de mala muerte, la noche y la soledad del hombre urbano, los jefes mafiosos y los combates a pie de calle, el cine negro también desarrolla cierto pesimismo, un halo de tragedia que aflora en el retrato psicológico de los personajes, siempre complejos y nada complacientes, y serán estas características las que evolucionarán de forma exponencial en la era clásica del género, los años cuarenta y primeros cincuenta.

La década que inician obras decisivas como El Halcón Maltés (1941) de John Huston, o la obra maestra de Billy Wilder Perdición (1943) es un periodo convulso. El crimen continúa morando en las ciudades, a pesar de la persecución sistemática del aparato de la autoridad policial con Roosvelt, cuando se anuló la Ley Seca justamente para privar a los gánsters de su negocio favorito, el contrabando de alcohol; luego las mafias mudaron su modus vivendi del alcohol a las drogas, la prostitución o los sindicatos. Los cuarenta son una época de inseguridad social, más patente todavía con la crisis que provoca la entrada de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial y el país, definitivamente, se estanca. En medio de esta coyuntura, el género negro da un salto estético importantísimo. La herencia del expresionismo alemán, con su distorsión de las formas y el uso de la luz como método de expresión, y más allá del expresionismo, de los pintores tenebristas del Barroco, se materializa en Hollywood por la presencia de directores y directores de fotografía emigrados, que huyen de la Alemania nazi, como es el caso del director de fotografía Nicholas Musuraca. Hay un trabajo de atmósfera por parte de estos artistas europeos, de creación de un estado de ánimo concreto, con obras como las de Jacques Tourneur (Retorno al pasado), donde luz y sombra son casi un personaje más, y esa revolución estética viene acompañada de un avance en las formas narrativas, ya desde sus inicios herederas de la novela negra americana, con los escritores Dashell Hammett, James M. Cain y Raymond Chandler a la cabeza (de todos ellos se adaptan novelas a la gran pantalla en esta época), y ahora siguiendo formas narrativas más complejas e intrincadas, de estructuras laberínticas, como en el prototipo de “película compleja” de cine negro: El sueño eterno de Howard Hawks. Aunque la estética, las narraciones complejas y los personajes nada complacientes (con los arquetipos del detective bebedor, cínico y problemático, con un pasado inconfesable –Robert Mitchum, Humphrey Bogart- y la femme fatal, suerte de gorgona de extraordinaria belleza pero ningún escrúpulo –Barbra Stanwyck, Jeane Simmons-) son compensados con un aire onírico, poético en muchas de las obras cumbre del periodo, y por atrevimientos técnicos al que el género con sus convenciones se prestaba fantásticamente, como La dama del lago de Robert Montgomery, film narrado desde el punto de vista del detective, exclusivamente a través de largos planos subjetivos, de modo que nosotros somos el protagonista de la historia, o el uso de la voz en OFF, como en Historia de un detective, de Edward Dmytrick.

Un género que habla de la cara oculta del ser humano, redescubierto por la crítica cinéfila en los 60, y que continua vigente hoy en día. El cine negro no ha pasado de moda, y sumergirse en sus infinitos secretos, grandes films o pequeñas películas de las que nadie se acuerda, sigue siendo una tarea de toda una vida. Las obras maestras son incontables, tanto de serie A como de serie B, área esta en la que se filmaron grandes películas sin a penas presupuesto.

Recordemos, aunque llegaríamos a varias docenas, películas inevitables como El abrazo de la muerte (Robert Siodmak, 1948), Los amantes de la noche (Nicholas Ray, 1948), El demonio de las armas (Joseph H. Lewis, 1949), La dama del lago (Robert Montgomery, 1946), Cara de ángel (Otto Preminger, 1953), Extraños en un tren (Alfred Hitchcock, 1951), La mujer del cuadro (Fritz Lang, 1944)… La era dorada del cine como arte, ni más ni menos. El cine negro clásico se cierra a finales de los cincuenta, y Sed de mal, de Orson Welles, cumbre del barroquismo del género, y moderna apuesta con multitud de hallazgos técnicos y el tema de las drogas como centro de la narración, sirve como candado a una puerta que permanecería cerrada muchos años y no volvería a abrirse hasta los setenta, no de forma tan extraordinaria como en los cuarenta, pero con grandes films como La gran estafa (Donald Siegel, 1973), o Chinatown (Roman Polanski, 1974).

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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