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Cine Norteamericano: Años 70


Los setenta en estados Unidos son la década de la crisis económica, el desengaño post Vietnam, el Watergate, el fin del hippismo… Y de una nueva era dorada en el cine, quizás como no había existido ninguna desde el Hollywood clásico.

A los problemas por los que atravesaba el mundo en general y la nación en particular, respondieron una nueva generación de cineastas con una mirada menos complaciente con el sueño americano y los inalterables ideales made in USA con los que habían crecido. El cine de los setenta es una renovación artística todavía no superada desde entonces (de la renovación comercial del cine en esta misma década hablaremos después), un nuevo aire surgido del descontento social. Pero ese cambio no habría sido posible sin que la industria hubiera propiciado la coyuntura necesaria para que los directores y guionistas hicieran bien su trabajo. En primer lugar, los grandes estudios estaban en una crisis sin precedentes, arrastrada ya desde la irrupción de la temible competencia televisiva, y se deshacen de sus activos (propiedades, empleados, hasta venden el vestuario y los objetos que habían pertenecido a las grandes estrellas del pasado) para posteriormente dejar de controlar la producción, aunque si quedándose con la distribución. Aparecen entonces los estudios independientes que son los que se ruedan films en un entorno de mayor libertad creativa.

Con este panorama menos esclavizado por la vieja política de estudios, aparecen cineastas que recogen lo sembrado en lo sesenta por gente como John Cassavettes, Paul Morrisey o Robert Kramer, y films que sintetizaban esa nueva mirada y ese protagonismo de la juventud, como El Graduado, además de verdaderas escuelas de cine como la Internacional Pictures de Roger Corman, en la que darán sus primeros pasos los futuros directores estrella de los setenta. Las nuevas tecnologías, con equipos más ligeros y costes más baratos hace que se pueda rodar más y mejor, y el cineasta sale a la calle. El director puede permitirse contar historias de forma personal y tomar riesgos, implicarse hasta el fondo en sus historias, como también hacen los actores, como Jack Nicholson o Robert de Niro que adaptan sus cualidades a las del personaje que interpretan, metamorfoseándose como camaleones. Muchos de estos actores y directores serán también los productores de sus propios films.
La industria respaldará con dinero a futuros maestros para que filmen, y con Oscars y demás premios para lanzar sus carreras, como es el caso de Woody Allen (que rompe esquemas con Annie Hall en 1977), Martin Scorsese (cuyo Taxi Driver, por ejemplo, fue premiado en los Oscar y en Cannes y certificaba en su temática el fin de una América más feliz, ahora despertando al trauma post Vietnam), Francis Ford Coppola y sus dos partes de El padrino, dos de los films más taquilleros de la época, Bob Fosse y su nueva visión del musical con films como Cabaret, y otros directores como Robert Altman, Peter Bogdanovich o el checo Milos Forman, que triunfará con Alguien voló sobre el nido del cuco. Cine con buenos resultados comerciales, pero sin renunciar a los riesgos artísticos.

Los films de la época no escatiman en contar la guerra como jamás se había hecho antes (es el caso de MASH, o Apocalypse now), o dar una visión oscura –por naturalista- de la política y la sociedad (Todos los hombres del presidente y el escándalo Watergate, y Network, con Peter Finch, y la voracidad del mundo televisivo). Esa misma postura crítica y sin complejos discurría paralelamente al renacimiento del género del terror, que ahora se nos muestra más directo y violento, también sin complejos. Así, en 1973 la taquilla responderá masivamente a films como El Exorcista, de William Friedkin, y en 1978 hará lo propio con Halloween, de John Carpenter, sin olvidar el nacimiento de films de culto, horror movies de sangre y asesinato como La matanza de Texas, de Tobe Hooper. Un cine social y un cine de terror más directo, como el cine de crímenes, y films policíacos descarnados como Bullit y The French Connection, o criaturas más extremas todavía, como La naranja mecánica de Stanley Kubrick. En un espectro de menores presupuestos, nacen también los films de Blaxploitation (con Shaft como cima indiscutida), diseñados y fabricados por y para afroamericanos, que reivindican la cultura negra en plena época del black power. En el otro extremo, los dramas también adquirirán una pátina más honesta y directa, con films como Love Story (un exitazo que ganó cincuenta veces más de lo que había costado) o la misma Alguien voló sobre el nido del cuco.

Esta explosión artística será paralela a una revolución a nivel comercial. Aparece el concepto del blockbuster, films que representan un gran golpe en la taquilla, y son vistos masivamente en muchos países. Pero lo importante del asunto es que películas como Star Wars (1977) firmarán contratos de mercadotecnia como nuevo modo de explotar un film, concediendo franquicias para la fabricación de juguetes y demás productos de merchandising derivados de la película.
El exorcista, Tiburón o Star Wars son clásicos casos de blockbuster, films que hicieron millonarios a sus productores.
Así, los productores de la época también tuvieron el ojo puesto en los beneficios, de ahí por ejemplo el auge del cine de catástrofes (Terremoto, El coloso en llamas, Aeropuerto 75, La aventura del Poseidón y docenas más), género que reciclaba a viejas estrellas del pasado, añadía algún tipo de catástrofe natural o tecnológica y esperaba la casi siempre positiva reacción del público. De esta época, y de esa voracidad por fabricar blockbusters de donde fuera, surgirá la moda de las segundas partes. Si un film arrasaba, por qué no repetir la operación para volver a arrasar. Rocky y sus secuelas, Superman o Star wars son casos típicos. Si un film era un negocio, el mismo film se convertía en una franquicia que se alargaba en cuantas partes fuera necesario.

Aunque de todo esto, lo que más ha quedado es la lista de grandes películas firmadas por grandes cineastas, todavía en activo la mayoría. Una nueva escuela de directores cuyo afán por ofrecer nuevas visiones inconformistas de la vida, además de su propio talento aprendido de los maestros del pasado, fue el revulsivo que necesitó Hollywood para sobrevivir durante esos difíciles tiempos de crisis.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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