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Ciudadano Kane: Planos para la historia (parte I)

Con una persistencia de acero, Ciudadano Kane sigue bien arriba en las listas de las mejores películas de la historia del cine, desde los años sesenta que ha sido así, y no parece que nada vaya a cambiar en un futuro.

El biopic apócrifo del millonario de los medios de comunicación William Randolph Hearst creado por Orson Welles y Herman J. Manciewicz continua siendo el film que el crítico gusta de situar en el punto histórico que recoge tanto la tradición del cine mudo y el primer sonoro como la modernidad de la segunda mitad del siglo XX. Mientras no aparezca una película que sustituya a Ciudadano Kane en esta encrucijada sobre la que se ha asentado hace decenios, el título de “la mejor película de la historia del cine” estará invariablemente en las mismas manos.

Escena a escena, plano a plano, los 119 minutos de Ciudadano Kane desvelan un sinfín de logros técnicos, audacias narrativas y por supuesto anécdotas de todo pelaje. No desmenuzaremos una sola escena del film como manda el título de la sección, y si repasaremos en cambio, en más de un artículo, planos de la película que, por una u otra razón, han sedimentado importantes influencias en el cine posterior a 1941, y han permanecido además en el recuerdo emocional del espectador de cine. Ciudadano Kane más que un conjunto unitario, es recordada como planos individualizados y momentos de insólita brillantez que, además, esconden un mar de anécdotas fuera y dentro del plató. Empecemos en el mismo inicio del metraje…

“Rosebud”.
Empieza la película. Un plano en grúa se eleva por encima de una imponente reja con las letras C y K forjadas caprichosamente en el hierro. Entrevemos entre una bruma gótica un magnífico jardín dominado por un castillo de cuento de hadas, la famosa mansión del millonario Charles Foster Kane, bautizada como Xanadú. Nos acercamos a una ventana iluminada. Corte. Primerísimo primer plano del protagonista de la historia, Kane (Orson Welles), pronunciando una palabra, la última que dirá antes de morir: “Rosebud”. De su mano cae una bola de cristal de las que si se agitan parece que nieve en su interior. La misma nieve llena ahora la pantalla.

Es esta una escena que descoloca al espectador, ¿una atmósfera tan misteriosa? ¿se trata de un film de terror de la Universal? ¿qué significa Rosebud? La grúa que atraviesa la reja es la primera nota visual destacable en un film en el que dollys, travellings, contrapicados, angulaciones extremas en profundidad de campo, techos a la vista y transiciones en encadenado sazonan la gran mayoría de planos. La imaginación y valentía de los planos de Ciudadano Kane inyectarán una buena dosis de riesgo visual al cine del futuro. Una incongruencia: que me expliquen quién demonios lo oyó a Charles Foster Kane pronunciando su última palabra antes de morir, si se supone que estaba solo en su habitación.

“Noticiario sobre Charles Foster Kane”.
De forma directa se corta de la escena de Rosebud, a un noticiario tipo No-do a la americana en el que se repasa la trayectoria del recientemente fallecido millonario. Será este documental (o mockumentary, “falso documental”, ya que lógicamente Kane no existió) el que nos sitúe en el tiempo presente de la acción y nos presente la motivación del personaje que conduce la acción del film, el periodista Jerry Thompsosn, a quién el director del noticiario, insatisfecho con el trabajo realizado, encarga resolver el enigma de la palabra “rosebud”, para así dotar al documental que ellos, como nosotros, han estado viendo, de un toque más humano.

Esta escena es absolutamente revolucionaria, nos presenta al personaje de Kane de una forma veraz, como si se tratase de alguien real, con imágenes de tono documental perfectamente creíbles. Notamos además la influencia del mundo de la radio (los noticiarios, la voz en OFF), a la que Welles nunca renunciará. El joven director de 24 años había triunfado dos años antes en las ondas americanas con una serie de emisiones de ficción que interpretaban él mismo con su compañía teatral Mercury Theatre, en la que ya figuraban nombres a seguir a partir de entonces, como el mismísimo Joseph Cotten, también presente en Ciudadano Kane. Las emisiones culminaron un 30 de octubre de 1938 con la narración de la invasión extraterrestre a los Estados Unidos, La guerra de los mundos, basada en el relato de H.G. Wells, un programa que miles de oyentes en el país se tragaron, creyendo que, efectivamente, habían llegado los marcianos; el caos fue monumental, las líneas telefónicas se colapsaron y, por momentos, todo un país estuvo invadido por los marcianos de la representación de Welles.

A partir de su labor en la radio, la popularidad de Welles aumentaría insospechadamente, y no tardarían en lloverle las ofertas para entrar en el mundo del celuloide. Welles era un genio precoz que había triunfado en el teatro y la radio y llevaba un tren de vida propio de un candidato a presidente en plenas elecciones; cuando empezó a preparar Ciudadano Kane para la RKO todavía alternaba viajes continuos a Nueva York para proseguir con sus emisiones radiofónicas, una actividad tan frenética que hizo que la TWA lo nombrara su mejor cliente, por haber volado 300.000 millas en viajes de costa a costa del país. Welles era un personaje hiperactivo e hiperbólico en todo lo que hacía, y a la misma edad en que muchos de nosotros remoloneamos en el bar de la facultad comiendo donuts en vez de ir a clase, él ya recibía menciones de honor de compañías aéreas y agitaba a todo un país con sus programas de radio.

“Desayunos elípticos”-
El millonario Kane es ya uno de los magnates de la prensa más importantes de Estados Unidos, pero el éxito, el poder y los lujos propios de un pachá no impiden que su matrimonio con Emily Norton (interpretada por Ruth Warrick), sobrina del presidente del país, se vaya empantanando hasta hundirse en el lodo de los celos (de ella, porque él solo piensa en su diario) y la monotonía.

¿Cómo visualizar en pocos segundos la decadencia de un matrimonio? Welles lo resuelve de manera genial, con una serie ininterrumpida de planos generales idénticos que muestran a la pareja a la hora del desayuno en diferentes etapas de su vida en común, observándose una progresiva evolución hacia la distancia y antipatía entre ambos. Este recurso de fraccionar un mismo plano sin que se varíe su tamaño (lo normal y académico es que si cortas un plano general, por ejemplo, pases luego a un plano medio, y no al mismo plano general, como hizo Welles aquí) lo oficializaría mucho después Jean Luc Godard con Al final de la escapada, en plena Nouvelle Vague.

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