Con cerca de tres cuartos de siglo a sus espaldas, Claude Chabrol sigue creando cine todavÃa rebosante de vida y bilis. Sus obsesiones son las mismas. Su estilo, más analÃtico si cabe.
“Gracias por el chocolate” (2000) por ejemplo, es considerada ya por muchos como una de sus mejores obras, y “La flor del mal” (2003) revisa con paciencia, ora optando por el terreno llano y costumbrista, ora por el filo de la navaja, los sesenta años de incesto, homicidio y traición de una familia chabroliana y burguesa al máximo. Vive el veterano maestro de la Nouvelle vague una tercera edad espléndida, comparable a su etapa entre 1968 y 1974, los años en que facturó, a menudo por dos veces al año, films de la talla de “Las ciervas” (1968) o “El carnicero” (1969), cuyo raro encanto rural todavÃa me cautiva como el primer dÃa.
Como Berlanga observaba a la España rural y analfabeta en “¡Bienvenido Mr. Marshall!” con su microscopio de lente sarcástica, Chabrol penetra en los jardines, salones, bibliotecas y alcobas de la burguesÃa provinciana francesa. Después de docenas de pelÃculas, nada ha cambiado para él, su punto de mira sigue apuntando a esta clase social que oculta más que muestra, a sus elegantes rituales que esconden bajo la alfombra una existencia paralela donde la pasión se confunde con el crimen y la decadencia. Como he leÃdo, Chabrol “introduce en esas vidas de pasión el momento del desorden, el crimen, como un bastón en el hormiguero”. Para ello, para agitar las cómodas y mentirosas vidas de las buenas gentes residentes en casas de piedra de dos pisos, en zonas como la Creuse, Francia, Chabrol utiliza la estructura del relato policial, y es aquà donde la herencia de Alfred Hitchcock se hace visible para no desaparecer en la práctica totalidad de su filmografÃa. Chabrol ya habÃa demostrado su inclinación por el autor de “Vértigo” (de entre los muertos) escribiendo junto a Eric Rohmer un ensayo sobre el maestro inglés en su época de crÃtico cinematográfico en Cahiers du Cinema. La diferencia entre los dos, es que a Hitchcock le pierde la misma mecánica del crimen, el deleite visual y sensorial derivado del hecho concreto de matar o sentirse (falso) culpable por ello, mientras que Chabrol utiliza las técnicas del suspense como trampolÃn para observar, desde una posición privilegiada, las consecuencias que el crimen produce en esa burguesÃa, es decir, “provoca la ruptura, y después, con deleite moralista puritano, observa y toma nota de los daños”.
A pesar de que siempre ha parecido cierto el interés de Chabrol por radiografiar la burguesÃa de su paÃs, el propio director reniega actualmente de este tipo de calificativos, confundiendo a crÃticos y ensayistas: “No me reconozco para nada en esa imagen, pero vuelve sin cesar, de modo que decidà no luchar más contra ella. La gente confunde la intriga con el medio en que se desarrolla. Mi centro de interés no se encuentra allÃ. Sitúo mis films en los medios que conozco, con gente de dinero, con poder, y cuyo sueño es comprarse un nuevo coche, eso es todo… Pero no me interesa la sociologÃa”.
Claude Chabrol nació en 1930, y previamente a trabajar como crÃtico en Cahiers du Cinema, estudió farmacia. En el decisivo magazine galo que fecundó a los grandes nombres de la Nouvelle vague, además de escribir sobre Hitchcock, atacó con sus artÃculos a Stanley Kramer.
Con el dinero de una herencia financió su ópera prima, “El bello Sergio” (1958), considerada hoy como primer manifiesto de la Nouvelle vague. Chabrol rompió con este film los moldes del cine francés imperante, rodando con poco dinero, alejado de los núcleos urbanos.
En “Los primos” (1959) rodará con Stephane Audran, su futura esposa y musa de los mejores films de su carrera. El mismo año estrena “Una doble vida”, que se hace con el premio principal en el Festival de BerlÃn.
Hasta 1975, escribirá casi toda su producción junto con el guionista Pal Gégauff. Después de tres años de destacadas pelÃculas adscritas al momento más caliente de la Nouvelle vague, Chabrol se deja llevar por una cierta tendencia a la comercialidad, en films de género policÃaco, hasta que en 1968 rueda “Las ciervas” y la espectacular “Una mujer infiel”.
Al año siguiente continúa con “El carnicero”, la extrañÃsima “La década prodigiosa”, con Orson Welles y Anthony Perkins en el reparto, y en 1974 “Nada” y “Una fiesta de placer”. Seis años esenciales en la historia del cine francés.
De su última etapa, cabe destacar sin duda los films en los que ha intervenido Isabelle Huppert, su última musa, que debutó con el director en 1988 en “Asunto de mujeres” y siguió con la adaptación de Flaubert “Madame Bovary” (1991), la desgarrada “La ceremonia”, de 1995 (obra formada por un 99% de tiempos muertos y costumbrismo provinciano, y un 1%, que representa la última escena, por una de las explosiones de violencia más cruda que yo recuerdo, quizás comparable al efecto de desconcierto que Michael Haneke provoca con “Funny games” o “Código desconocido”), “No va más” (1997), ganadora en el festival de San Sebastián y la citada “Gracias por el chocolate”.

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El New York Times definió el estilo de Claude Chabrol como el de “un dios que mira las flaquezas y locuras de sus criaturas con compasión pero sin ser sentimental”.