Clint Eastwood representa la estirpe de directores pre Cahiers du Cinema, el artesano que huye de la apreciación de “el director es el autor” que acuñaron los redactores de la revista francesa a finales de los cincuenta.
Si el cuentacuentos interpreta una historia popular haciéndola suya, pero no desea que su auditorio preste más atención a su interpretación que al cuento que está narrando, Eastwood, el director, tampoco quiere hacerse notar, su estilo son los pilares bajo tierra que aguantan todo el edificio que es la película en sí, la historia, los actores. Desprecia, pues, el orgullo del autor y rueda sin exhibicionismos, marca pautas básicas en la interpretación más que dirige a los actores, siempre sin agobios, dejando respirar la creatividad de cada uno. Por eso le llaman “el último clásico”. El cuentacuentos no quiere erigirse en protagonista de la velada, lo son los cuentos, Eastwood tampoco, prefiere ser director antes que autor.
Quizás por estar de espaldas a la obsesión de personalizar los films que trae de cabeza a tantos otros directores, Eastwood ha podido enfrentarse a multitud de géneros distintos. Su prestancia y seriedad en la dirección son igualmente notables en westerns, dramas, road movies, ciencia ficción o acción. Indistintamente del género, a Eastwood le va la claridad de visión, la rapidez de ejecución y la transparencia narrativa de los clásicos, especialmente afín en este sentido se muestra el director con Don Siegel, quien le dirige en “Harry el Sucio” o “La fuga de Alcatraz”, y con grandes creadores del western como Ford o Mann.
El primer tanteo de Clint Eastwood (nacido en 1930) en la dirección llega en 1971, cuando ya había triunfado con los spaghetti western de Sergio Leone e interpreta ese mismo año a su personaje más mítico, “Harry el sucio”. La película con la que Eastwood se estrena es “Escalofrío en la noche”, un atrayente relato en el que el director interpreta a un disc jockey nocturno acosado por una oyente. El film se rueda en Carmel, lugar de residencia de Eastwood, en el que una década después llegará a ser alcalde durante dos años (un major de razón conservadora por cierto, Eastwood no le hizo ascos a Reagan en los ochenta o al facha Ross Perot en los años noventa), además de instalar allí un complejo turístico.
Las siguientes obras del Eastwood director en 1973 son “Primavera en otoño”, historia romántica protagonizada por William Holden, e “Infierno de cobardes”, western de tinte sobrenatural.
En estos primeros años Eastwood no quiere encasillarse de la misma manera en que lo estaba su faceta de actor, y prueba suerte con films de montañismo y acción con “Licencia para matar” (1975), que Eastwood protagoniza también, entrenándose durante meses para hacer creíbles las escenas de escalada; o la violencia en los albores de la Guerra Civil americana con “El fuera de la ley” (1976), su film más destacado de esta primera etapa, que empezó a dirigir Phil Kaufman (recordemos su excelente “La invasión de los ultracuerpos”, 1978), aunque el mismo Eastwood acabó tomando las riendas del proyecto al no satisfacerle la labor de Kaufman.
En “Ruta suicida” (1977) dirige a su futura compañera sentimental Sondra Locke. “Bronco Billy” (1980) por su parte es una comedia que guiña el ojo a la imagen clásica del Eastwood de los spaghetti de Leone, y que finalmente no es entendida por el público y fracasa en taquilla. Para “El aventurero de medianoche” (1982), Eastwood toma como referencia los años de la depresión, en un relato que protagoniza un oxidado cantate country en la línea Hank Williams.
Su obra más importante hasta el momento –aunque no faltará quien no esté de acuerdo con esta afirmación- es el western de 1985 “El jinete pálido”. Se trata de una historia seca, fría, fantasmal, de nuevo con apuntes sobrenaturales, en la que un misterioso reverendo acude en ayuda de una comunidad minera acosada por un terrateniente y sus matones. La historia está basada en el clásico “Raíces profundas” (1953, George Stevens). Especialmente memorable es el momento en que uno de los miembros de la comunidad lee una frase extraída de la Biblia (”Y vi más allá, un caballo pálido, y su jinete se llamaba Muerte, y el infierno le seguía los pasos”), mientras vemos las imágenes del fantasma-reverendo acercándose por las montañas.
En 1988, otra obra mayor, el biopic del saxofonista jazz Charlie Parker Bird, protagonizado por Forest Whitaker (ganador en el Cannes de ese año por su interpretación). Eastwood es un fanático del jazz, y afronta la vida de la genial y autodestructiva figura de Parker en un film de gran personalidad y riesgo que produjo rasgaduras de vestiduras en algunas comunidades negras.
Entrados los años noventa, después de proyectos de gran valor como “Corazón blanco, cazador negro” (1990, basada en la historia del rodaje de “La Reina de África”, de John Huston), el Eastwood director necesitaba un reconocimiento crítico sin paliativos, después de dos décadas detrás de la cámara, y así llega “Sin perdón”, tratado de western crepuscular cuya historia es la de Muny (el propio Eastwood), un criminal reformado y viejo, que se ve obligado a volver por última vez a las andadas. El film se ceba en los detalles crepusculares, de vaquero cansado que ya no monta con la facilidad de antaño, de tiempos muertos, de un ritmo narrativo acorde con la oscuridad que se cierne sobre aquel oeste en otro tiempo floreciente y lleno de aventureros, y ahora pasto de viejos cowboys hartos de dormir a la intemperie y con ganas de sentar la cabeza y descansar. Eastwood se toma el rodaje con una seriedad extrema, monta los decorados (como en otros westerns de su cuño) interiores en correspondencia real con los exteriores, e incluso prohíbe la entrada de vehículos modernos en el set, todo para dotar del máximo verismo a su más depurada visión del western.
Después de los cuatro Oscar por “Sin perdón”, Eastwood alcanza el estatus de respeto por parte de crítica y público que no le ha abandonado hasta el día de hoy. Su filmografía acaricia con suma facilidad las orillas de la emoción (esa “Los puentes de Madison County”, 1995, un romance de cuatro días entre Eastwood y Meryl Streep que tanto puede recordar a clásicos del amor con fecha de caducidad como “Breve encuentro”, 1946, David Lean), y pueden oscilar entre originales proyectos como el western pasado a ciencia ficción “Space cowboys”, o el sublime melodrama “Mystic River” (2003), una reflexión sobre lo que la infancia nos deja de herencia para la vida adulta. En su filmografía no debemos olvidar la gran historia contada en “Million dollar baby”, del año 2004.

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“Banderas de nuestros padres” y “Cartas desde Iwo Jima” son una perfecta muestra de lo fantástico que es como director Clint Eastwood al saber retratar el conflicto desde las dos caras de la moneda.
Clint Eastwood con cada película que dirige obtiene siempre muy buenas criticas y se las merece sino mirad “Million Dollar Baby” o “Mystic River”.
“Cartas desde Iwo Jima” ha recibido fantásticas críticas, aquí os dejo algunas:
- “Cartas desde Iwo Jima” no es solamente la película que Eastwood quiso hacer, sino que es la que realmente el productor Steven Spielberg había tratado de hacer dos veces: “El imperio del sol” y “Salvar al soldado Ryan”.
- Es sin precedentes, una elegía dolorosa y ferozmente hermosa que puede permanecer junto a las mayores películas antibélicas.
- La dirección de Eastwood está aquí en una especie de belleza, mezclando la ferocidad de las películas clásicas de Akira Kurosawa con la delicadeza y la mirada fija de Yasujiro Ozu.