Hace prácticamente un año escribía, casi febrilmente, mis impresiones sobre «Crepúsculo» entusiasmado con una película extraordinaria que ofrecía una brillante reflexión sobre la desencantada juventud actual y sus pensamientos y miradas, una emocionante historia de amor barroca y pasional, de un romanticismo excepcional que encontraba su contrapunto perfecto en una narración moderna, heredera de la televisión y la MTV, fragmentada y dinámica que, acompañada por una música disonante y enrarecida, creaba una perfecta atmósfera de pérdida y dolor que servía como telón de fondo para la explosión del amor más intenso y peligroso.
Un año después y tras millones de espectadores, con sus actores en carpetas de jovencitos y jovencitas, sueldos multiplicados, imposiciones de productores, nervios de los distribuidores y toda la parafernalia del cine americano comercial cuando apuesta firme y no arriesga, queda muy poco de lo que nos maravilló de la primera.
«Luna Nueva» es uno de los ejemplos más palmarios de cómo los intereses comerciales tras un éxito de taquilla rotundo pueden destruir una historia con encanto.
Aquella película que llegó con aura de importancia pero que se ganó el respeto artístico de todos por su apuesta, por su singuralidad, por su atrevimiento formal y escrito ha sido terriblemente vulgarizada por un artefacto más del cine bolsillero más desalmado que sólo está pendiente de agradar a jovencitas fanáticas de Robert Pattinson o del musculoso jovencito hombre lobo.
Cine de carpetas de instituto en detrimento de un cine de riesgo que alcanzó su estado de gracia en su primera entrega y que, probablemente, no volveremos a encontrar.
Chris Weitz no se ha limitado a realizar un film anodino y vacío, sino que ha despojado a la saga de lo que impulsó a la primera parte: el resultar veraz en la explicación de las pulsiones juveniles, en tener un estilo personal, en ser convincente en la narración de un amor tan al límite.
Vacía y morosa, lenta y sin sustancia, dilatada y precipitada al mismo tiempo, «Luna Nueva» desdibuja una saga que se inició fascinante y que ha sido ultrajada por tan insigne ejemplo de cine corriente. Sin estilo ni riesgo, sin una apuesta artística firme, la historia se muere y cae en los terrenos que antes sorteaba gracias a su originalidad y valentía: los pantanosos territorios de lo queco y lo rancio.
Poco nos importa ese amor tras ver «Luna Nueva» y eso es lo peor que se puede decir de una historia.
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