DARK WATER de Water Salles.
2005. Terror. P: 7/10.
Director: Water Salles.
Interpretes: Jennifer Connolly (Dahlia), Ariel Gade (Ceci, la hija), Dougray Scott (Kyle), Pete Postlethwaite (Veeck, el portero), Tim Roth (Jeff, el abogado), John C. Reilly (Murray, el casero), Camryn Manheim(Sra Finkel), Debra Monk (maestro), Perla Haney-Jardine (Natasha).
Guion: Rafael Yglesias.
Música: Angel Badalamenti.
Montaje: Daniel Rezende.
Sinopsis: Dahlia empieza una nueva vida con su hija Ceci, separada de su esposo, cambia de residencia y un nuevo trabajo. Su ex se cabrea y empieza una lucha por la custodia de la hija, lo que complica su equilibrio mental y sus migrañas que se hacen frecuentes y muy dolorosas. Al tiempo en su apartamento empiezan a sucederé cosas extrañas, una gotera en la habitación, las guas por los grifos que sale turbia y, a veces, con pelos. Ruidos empiezan en el piso de arriba que encuentra vacio y anegado.
Comentario: Es la versión americana de la novela japonesa de koji Suzuki y de la película del mismo título de Hideo Nakata (muy buen esta, lo reconozco).
Es una sorpresa la acción de este director, el autor de “Diarios de una bicicleta” o “Estación central de Brasil”, su buen hacer y su toque personal y humano lo deja como un sello en la cinta, de lo que hablaremos más adelante.
De entrada uno de los personajes n o nominado, el edificio, cutre, sucio, marginal, con un aire de dejadez y decadencia. Un microcosmos en donde cualquier cosa puede pasar, nada bueno, por cierto. Paredes sucias, desconchadas, sótanos con maquinas de lavado que no funcionan, ruidos por todos lados. Un sitio donde no desearíamos entrar. Al contrario de la escuela de la zona, abierta, luminosa y con gente, las maestras, con dulzura y dedicación (pero entramos en la primera y no podemos en la segunda, es solo para niños). Y en este agobiante y claustrofóbico ambiente la cámara se mueve con la agilidad de un fantasma y nunca mejor dicho, de forma dinámica, a saltos, a solipsismo, a ritmos acelerados con el temor de una sorpresa.
El aire cambia, no es una película de terror al uso, con susto fácil, con escenas gore o repulsivas; esta es una película poética, surrealista, de fantasmas que se acerca más al aire ingles que al japonés. Es un film de personajes y sus dramas, metidos además en una situación que se les va de las manos, todo se confunde y la línea que separa la realidad de los sueños es muy delgada. Y son personajes solitarios, casi perdedores: desde el portero que sospecha, por la mochila, que algo ha pasado a la niña; al abogado con su oficina a cuestas o incluso va al cine solo aunque dice que está con la familia; la mujer que se queda sola con la niña; el alquilador, un Reilly genial y único, un ludópata desconfiado y lame culos…. Todos ellos representantes de una fauna local, humanos, si, pero casos perdidos.
El montaje, un colaborador de siempre del director, hace un trabajo excepcional, ágil, dinámico, perfecto.
La banda sonora de ese maestro de Baladamenti, el de las pelis de Lynch, hace una música redonda, adecuada y justa, armónica y bella, perfecto complemento de las imágenes.
Muy bien realizada, quizás es lo mejor de estos tiempos de las versiones japonesas. Un film muy humano y esa escena final en la que las lagrimas asoman a nuestros ojos y es el amor de la madre que renuncia a su vida por salvar a su hija, la madre como generadora y mantenedora de la vida, de sus retoños.
Disfruté con la proyección, esperaba mucho menos y me encontré con esta pequeña joya. Copiar no es malo, copiar mal, si.
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