Imaginemos la siguiente escena de la pelÃcula Enoch Arden de D. W. Griffith. Primer plano de una mujer esperando a que su marido regrese a casa.
Para representar lo que en ese preciso instante está pensando, se pasa a otro plano en el que se ve a su marido en una isla desierta.
Para muchos de nosotros esta transición no supondrÃa ningún problema pero, cuando su director la presentó en el estudio, recaudó un sinfÃn de crÃticas. En primer lugar, resultaba casi inaceptable que se filmara solamente una cabeza. Y en segundo lugar, creÃan que el espectador no serÃa capaz de comprender dicha transición. Pero se equivocaron y el comienzo de un nuevo lenguaje se estaba consolidando. El arte cinematográfico, como cualquier otro arte, posee su propia forma de expresión, su propio lenguaje. Un lenguaje relativamente nuevo, si lo comparamos por ejemplo con el de la literatura o la música, y cuyos espectadores se vieron obligados a aprender a marchas forzadas. Sin embargo, hablar de lenguaje fÃlmico y no mencionar a Griffith serÃa como eliminar a Cervantes de la literatura española o negar la influencia de Shakespeare en la lengua inglesa.
D. W. Griffith (1875-1948) es considerado, por muchos, como el padre de la gramática del cine. Sus inicios como actor y realizador para la Biograph le permitirÃan acercarse a un nuevo arte que estaba aún por explotar. Al comenzar la I Guerra Mundial, los Estados Unidos se colocaron al frente de esta nueva industria que, hasta entonces, habÃa estado dominada por la producción Francesa. Como consecuencia Griffith, vio la necesidad de experimentar y crear un cine innovador que pudiera competir con el europeo. Para lograrlo, se enfrentó a las patentes que en ese momento monopolizaban la producción norteamericana y que exigÃan que las pelÃculas no fueran de más de una bobina ya que en caso contrario se deberÃan partir a la hora de su visionado.
El director estadounidense fue el primero en insistir en que esta situación debÃa cambiar, pues la partición de la pelÃcula perjudicaba a su continuidad y credibilidad. Efectivamente, realizarÃa pelÃculas de hasta catorce bobinas, como es el caso de “Intolerancia”, primera gran producción del cine. Pero este adelanto no serÃa más que el comienzo de una fructÃfera carrera que asentarÃa las bases de un cine al que todos los directores le deben algo.
D. W. Griffith se dedicarÃa al séptimo arte desde 1908 hasta 1931 produciendo pelÃculas que marcarÃan diferentes etapas evolutivas en su carrera. La primera etapa comprendida entre los años 1908 y 1914 es conocida como la etapa de aprendizaje del autor. Durante esta época dirigió su primera pelÃcula, “La batalla de los sexos”, y su primer largo con cuatro bobinas “Judith de Bethulia”. En esta última encontramos a la actriz norteamericana Lillian Gish, quien será la protagonista de casi todos sus films y que formará parte del nuevo fenómeno conocido como Star System.
La segunda etapa, también conocida como etapa de plenitud, se inicia en 1915 con la realización de una de sus dos obras más relevantes, “Nacimiento de una nación”.
Para crear esta pelÃcula se invirtieron cerca de 100.000 dólares y su recaudación alcanzó los 15 millones. Narra la evolución de dos familias durante la guerra de secesión junto con la creación del Ku-Klux-Klan.
La pelÃcula fue tachada de racista. Sin embargo, dejando a un lado el argumento, lo que más destaca de esta pelÃcula es que por primera vez el concepto de montaje cinematográfico, tal y como lo entendemos hoy en dÃa, se hace patente en el mundo del cine. Para explicar las dos historias, Griffith alterna imágenes de las dos familias, utilizando acciones paralelas. Es este maestro del cine quien inventa el concepto de flash-back. Hasta entonces los espectadores estaban acostumbrados a un tipo de cine en el que la acción sucedÃa cronológicamente, pero con esta pelÃcula deben aprender un nuevo lenguaje. Griffith defendÃa la influencia del novelista Dickens en su obra. Alababa la forma en que el escritor era capaz de saltar de una historia a otra manteniendo la atención del lector e intentó trasladar este concepto literario a la gran pantalla. En este caso lo consiguió, sin embargo en su siguiente pelÃcula no obtendrÃa el mismo resultado.
“Intolerancia” (1916) supuso la culminación en el proceso evolutivo del director. En esta obra Griffith intenta reflejar la intransigencia del ser humano a través de cuatro épocas de la historia. Esta vez la realización fue monumental, con más de 20000 extras, se invirtieron 2 millones de dólares y se recuperó sólo uno. De hecho, fue un fracaso en cuanto a taquilla pero un éxito para la historia del cine.
Con estas dos pelÃculas, este nuevo arte fue encontrando su propio modo de expresión. La cámara por primera vez abandonaba su condición de ojo fijo, como en el cine de Méliès, y se convirtió en un observador que seguÃa la acción. Aparecieron los travellings y las panorámicas. Grababa la misma escena desde diferentes ángulos, para dar unidad y permitir que el espectador tuviera diferentes puntos de vista. Utilizó fundidos, y el objetivo se abrÃa y se cerraba según sus órdenes. El director se convertÃa entonces en el eje central de la pelÃcula, el motor que impulsaba todo el proceso creativo. Los actores dejaron a un lado la gesticulación exagerada ya que comenzó a hacer uso del primer plano, de este modo el espectador podÃa apreciar mejor las expresiones de los protagonistas. En cuanto al montaje, Griffith no sólo alternaba diferentes historias sino que también era capaz de acelerar la acción cortando los planos. De este modo conseguÃa que aumentara la tensión en el espectador. Todos estos elementos, que hoy en dÃa nos pueden parecer cotidianos, deben dicha cotidianidad a este genial director que, con su talento, instauró el lenguaje cinematográfico que aún sigue vigente en el siglo XXI.
Con “Lirios rotos” (1919) y “A través de la tormenta” (1920), Griffith cerrarÃa esta etapa de innovación para dar paso a una tercera etapa de decadencia en la que el cine sonoro harÃa que el director abandonase el séptimo arte. Sin embargo, antes de finalizar su carrera cinematográfica dirigió dos pelÃculas sonoras “Abraham Lincoln” (1930) y “La lucha” (1931), pelÃculas que tuvieron una aceptación mediocre. El fin de su época gloriosa habÃa llegado. Griffith habÃa puesto al servicio del cine todo lo que tenÃa, su talento y su inspiración.
Hoy en dÃa todos reconocen la importancia de una figura que sentó las bases de un arte que acababa de nacer. Sin embargo, en 1948, y como muchos otros genios, murió olvidado en su villa de Hollywood.

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No es de extraña que apodaran Griffith como “el padre del cine”, él puso las bases en el lenguaje cinematográfico, primer plano, fundido-encadenado, flashback, transición de escenas, introducción…
Fue “el padre del cine” en muchos aspectos, Griffith descubrió a muchas estrellas como Dorothy Gish, las hermanas Lillian, Mae Marsh, Blanche Sweet, Mary Pickford y Mack Sennett.
A pesar de su contribución incuestionable en el cine, para David Wark Griffith la llegada del sonido marcó su fin.