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De repente

Cualquier acción humana en la que figure el nombre de Frank Sinatra debe ser recordada sino con veneración, con respeto. La vida del divo es un universo inacabable con millares de anécdotas.

No hablaremos aquí de My way, o de sus conexiones con la mafia, no describiremos la experiencia de un directo de Sinatra en el Radio City Music may neoyorquino y dejaremos de lado sus grandes papeles en obras del fuste de El hombre del brazo de oro (1955, Otto Preminger) o De aquí a la eternidad (1953, Fred Zinnemann); cuando le dediquemos su merecido artículo en la sección Grandes Actores, nos explayaremos a gusto con la carrera de un genio en la música, un actor con carácter y un cabrón de cuidado, alguien capaz de proponerle a Mia Farrow, cuando esta se estaba separando de Woody Allen, si quería que le enviara a unos amiguitos para que le partieran las piernas a su marido. Menudo era Sinatra, un pececillo de colores que gozaba meciéndose entre los peces gordos de la mafia y emborrachándose con Dean Martin, Sammy Davis Jr. y los demás de la banda de las ratas.

Un tipo que, pocos días después del asesinato de Kennedy en Dallas, fue capaz de prohibir la difusión de De repente, una de las películas menos conocidas de su carrera, porque este fue precisamente el film que vio el principal acusado del magnicidio Lee harvey Oswald, poco antes de cometer supuestamente el crimen. A buen seguro que fue en ese momento cuando más se habló de este film dirigido en 1954 por Lewis Allen y protagonizado por el propio Frank Sinatra, que interpreta a un paranoico criminal, John Baron, recién llegado al pueblo de Suddenly (lo llaman así irónicamente, porque allí nunca pasa nada) junto con sus secuaces para, atención, asesinar al presidente de los Estados Unidos.

De repente es una producción que tira más hacia la serie B que a otros productos de holgado presupuesto de la United Artists, el estudio que la realizó. El argumento es sencillo, el presupuesto mínimo, la temática de rancio patriotismo como mandan los cánones de muchas producciones de serie B de la época (recuerdo ahora la excelente T Men de Anthony Mann, producida a mayor gloria de los agentes del Departamento del Tesoro).

De repente respondía a las leyes del mínimo gasto, el rodaje duró unas escasas cuatro semanas, utilizando prácticamente una sola localización, encajando a los personajes en un espacio cerrado y bien acotado (una casa habitada por una agradable familia made in USA tomada a punta de pistola por Sinatra y los suyos, ya que desde allí tienen un ángulo perfecto para propinar un balazo al presidente, que pasará por delante de la casa con su comitiva), espacio en el que por supuesto surgen las tensiones y las peleas, como también sucedía en aquel Cayo Largo claustrofóbico de John Huston.

La única característica que no encontramos en el decálogo de la serie B de los cuarenta y cincuenta es justamente la presencia de Frank Sinatra, justificada por la intención del actor de huir del encasillamiento como crooner y aceptar mayores riesgos profesionales tras el aplauso popular y el Oscar por De aquí a la eternidad.

La buena pasta de serie B de la que esta hecha esta película reluce en la tensión que se palpa en el núcleo central de la trama, la espera sudorosa a que llegue el presidente, los intentos por parte de la familia atrapada en la casa por salvar el pellejo y de paso evitar que el loco de Frank cometa el magnicidio. Los actores cumplen correctamente a la hora de afianzar ese nervio que necesita el film y que no da la convencional dirección de Lewis Allen (que años más tarde se hincharía a realizar episodios para Bonanza y Misión Imposible –la serie, claro).

Sinatra está espléndido, es el único personaje verdaderamente complejo de la función, un asesino sin piedad que, a medida que avanza el metraje, va desvelando sus debilidades: la guerra le enseñó a matar y su padre, borracho, a maltratar sin cargos de conciencia. Es, recordad, el mismo proceso de films contemporáneos como Doce hombres sin piedad (Sydney Lumet, 1957), donde el personaje negativo y déspota de la película acaba siendo a la postre un desgraciado atenazado por traumas del pasado, indefenso ante heridas que no han cicatrizado.

El otro protagonista del film es Sterling Hayden (que conoció mejores trabajos en Johnny Guitar -1954, Nicholas Ray- o en Atraco perfecto -1956, Stanley Kubrick-), muy poco afortunado con esa mueca insulsa y el gesto patoso que dios le ha dado, aunque eso si, lleva la estrella de sheriff mejor que nadie. En tercer lugar destaquemos a James Gleason, encarnando a un viejo in-so-por-ta-ble, padre de la chica de la película, que es novia de Hayden, y curiosamente ex agente al servicio del presidente, por lo que no tarda en sospechar de las intenciones asesinas de Frank Sinatra.

Son 75 minutos de serie B dinámica y enérgica, distraída no más, digna de ser tenida en cuenta si os cruzáis con ella de madrugada en algún canal televisivo. Lamentablemente, films así ya no se hacen ahora por una sencilla razón, el concepto serie B ya no existe (entonces eran productos diseñados para los dobles programas de los cines, cuando se proyectaba la película B como aperitivo al film de clase A, más caro y con las estrellas que todo el mundo quería ver), el equivalente a la vieja serie B lo hayamos actualmente en los telefilms que la mayoría de nosotros ignoramos con muy buen criterio…

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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1 comentario en De repente

  1. Creo que todo el argumento de la película es un poco surrealista. Pero “De repente” vale la pena verla.

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