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Dogma 95

¿El gran timo del cine de autor de los noventa? ¿La salvación del cine de autor de los noventa? ¿Marketing? ¿Snobismo?

Desde el año 1995 muchas de estas preguntas han aparecido en revistas, libros y tertulias entre aficionados al cine cuando se habla del movimiento Dogma. Pero ¿Qué es el Dogma? ¿Por qué tanta polémica alrededor de una simple etiqueta?
En la primavera de 1995, Lars von Trier y un grupo de directores (Thomas Vinterberg, Soren Kragh-Jacobsen y Kristian Levring) firmaron un documento destinado a darle una vuelta de tuerca radical al relato cinematográfico. Una vuelta completa para llegar a lo que ellos consideraban la esencia del cine, aquello que se había perdido después de décadas de cine comercial para satisfacer las ansias de evasión y entretenimiento de las masas y cine de autoría para satisfacer el ego de los directores. El documento era un estricto compendio de normas que un film debía cumplir a rajatabla si quería llevar el sello Dogma 95. En pocas palabras, formar parte del club requería buscar la verdad profunda de las historias y los personajes, y para ello, los creadores cinematográficos debían desarmarse de estilos, manierismos, efectos o cualquier arma del lenguaje audiovisual que contribuyera a alejar al espectador de la esencia misma del film. Las películas se rodarían por ello en escenarios naturales, cámara en mano, de modo visceral e intuitivo, sin efectos, con sonido directo y sin banda sonora externa. El cine en pelotas y con pelotas. Von Trier y su grupo redactaron los llamados “votos de castidad”, que no eran sino estas reglas y unas cuantas más. Dogma 95 era una secta abierta única y exclusivamente a los que pasaran el test del voto de castidad.

El movimiento apuntaba a la mentalidad misma del artista. Desde hacía décadas, el director es un artista que imprime, si puede o si tiene talento para ello, su marca en la película, pero Dogma 95 se cargaba todo eso. Fuera el gusto personal, los directores no son artistas, los directores llegan a las tripas de las historias para mostrarnos la verdad, y si eso significa dejar de lado la corrección o el buen gusto, pues adelante. “Los idiotas”, de Lars von Trier es la mejor muestra de que si había que ser radical hasta la náusea, no había ningún problema. Fuera el glamour, fuera el arte, adelante con la verdad.

Dogma 95 recupera en cierto modo el espíritu de la Nouvelle Vague, aunque de una forma más punk. Truffaut era autor de sus películas, y así se reconocía él mismo, Dogma 95 nos dice que no importa quién dirige, el cine no es cosa de un director de orquesta, el cine no entiende de autorías.
La radicalidad del Dogma 95 llega hasta límites insospechados. En un principio ni siquiera se admitía el doblaje del film, en la banda sonora debía oírse sólo lo que se oía en el momento de rodar cada escena, ni más ni menos, aunque sí es cierto que la mano alargada del voto de castidad no era tan dura en todos los aspectos de la producción de una película, y no incluía la distribución y el marketing posterior a la copia final del film. Se puede ser del Dogma, pero también hay que comer.

Después de la presentación del grupo en el Thèatre de l´Europe de París, el veinte de marzo del 95, se puso en marcha el proyecto. En los primeros tiempos, los cuatro fundadores se reunían para decidir si un film candidato reunía o no condiciones para ser Dogma. Posteriormente eso fue imposible debido al aluvión de películas aspirantes. El movimiento fue una oportunidad para jóvenes directores sin presupuesto, y con el tiempo surgieron más y más candidatos, razón por la cual supongo que se fueron flexibilizando los votos de castidad, empezando por Lars von Trier, cuyo cine abarcó lenguajes que superaban con mucho la rigidez del Dogma que él mismo había creado.
Quizás el film que certificó el éxito de la propuesta fue “La celebración”, de Thomas Vintenberg, un espectacular, crudísimo relato de la podredumbre acumulada en una familia de rancio abolengo, y la mencionada Los idiotas. Saber que los films Dogma podían dar dinero y eran tan baratos de producir, desencadenó una moda en todo el mundo, y films italianos, españoles, húngaros o mejicanos obtuvieron el codiciado certificado.

Herederos de la Nouvelle Vague, del Neorrealismo italiano, de Cassavettes, consiguieron dar que hablar durante una buena época, pero murieron como suelen morir estas cosas. Pensar que el cine tenía que ser de esta forma, sí o sí, era un atentado mismo contra las infinitas posibilidades del lenguaje cinematográfico. El cine es mucho más que eso. Quizás sin quererlo, en su empeño de acercarse a la “vida”, la realidad sin artificios, los cineastas del Dogma robaron al cine su misma razón de ser: la ilusión de que existe otra realidad.

Entre los famosos votos de castidad, destacaban ideas coherentes con el nuevo espíritu del movimiento, como el voto número uno: “El rodaje debe realizarse en exteriores. Accesorios y decorados no pueden ser introducidos (si un accesorio en concreto es necesario para la historia, será preciso elegir uno de los exteriores en los que se encuentre este accesorio”, o el número tres: “La cámara debe sostenerse en la mano. Cualquier movimiento –o inmovilidad- conseguido con la mano están autorizados”, hasta votos que trataban de romper con el cine tradicional de la forma más tonta, el número ocho: “Las películas de género no son válidas”, o un voto que trataba de huir del concepto de autoría y sin embargo lo que escondía justamente era el ego descomunal de los firmantes del Dogma, el voto número diez: “El director no debe aparecer en los créditos”. El documento que firmaron los cuatro cineastas en 1995 incluía también frases altisonantes como “¡Además, juro que como director me abstendré de todo gusto personal!” o “Mi fin supremo será hacer que la verdad salga de mis personajes y del cuadro de la acción”, pero esto último, ¿No es el objetivo de todo arte? Quizás el Dogma 95 no era un nuevo concepto de “contenido”, quizás esa era sólo la excusa para firmar películas con un pretendido “continente” o forma más moderna. La verdad de los personajes es lo que cualquier director busca entre la oscuridad del mundo, desde los Lumière hasta Tarantino, desde el neorrealismo italiano hasta el Dogma 95.

Entre los films más notables del Dogma encontramos creaciones de Lars von Traer (”Los idiotas”, de 1998), Thomas Vintenberg (”La celebración”, también de 1998), “Mifune”, de Soren Kragh-Jacobsen (1999), o “Lovers” (1999), de Jean Marc Barr.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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