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Easy rider

“Easy rider”es el western de la era hippy. Para el baúl de los recuerdos quedaban ya las gestas de John Wayne en el Monument Valley, los clásicos de Howard Hawks y Anthony Mann, las grandes obras de John Ford.

El western, uno de los géneros americanos por excelencia, en sus formas tradicionales ya no era válido para la contracultura de finales de los años sesenta. Pero esta generación del baby boom post-Segunda Guerra Mundial también quería su western épico, sus hombres a caballo, los héroes lanzados a la aventura en el desierto de Arizona o el Mojave. Los hippies deseaban sentirse tan auténticamente americanos como sus padres, que habían crecido con epopeyas del oeste como “Centauros del desierto” o “La diligencia”. Ellos también eran yanquis.

“Easy rider” nació como documento de una cultura, pero más importante es señalar que se gestó como un western, el western de la era hippy. Sus dos protagonistas se llaman Wyatt (Peter Fonda) y Billy (Dennis Hopper, director del film), dos nombres que aluden claramente a los míticos personajes del oeste Wyatt Earp y Billy The Kid, y como estos, son dos outlaws (”fuera de la ley”) vagando por el desierto, cuyos caballos son ahora choppers mugrientas de aceite con la bandera USA pintada en el depósito de la gasolina. Como la mayoría de westerns, “Easy rider” cuenta la historia de un viaje; Wyatt y Billy desean llegar al Mardi Grass de Nueva Orleans, cruzando todo el país cargaditos de billetes verdes que han conseguido al engañar a un traficante de droga con el que habían acordado un negocio. El whisky y los saloons propios del western son ahora el LSD y cualquier rincón o comuna hippy donde colocarse, y los apaches de antaño se han convertido ahora en los rednecks ultra-conservadores del Sur del país, que rechazan violentamente a la nueva generación de hippies vagos y drogadictos que representan los dos protagonistas.

“Get your motor runnin´ / Head out on the highway / Lookin´for adventure / And whatever comes our way / Yeah, darlin´gonna make it happen / Take the world in a love embrace / Fire all the guns at once and explode into space / I like smoke and lightnin´ / Heavy metal thunder / Racin´with the wind / And the feelin´that I´m under / Like a true nature´s child / We were born, born to be wild / We can climb so high / I never wanna die / Born to be wild”

Todavía puedo sentir el cosquilleo de emoción que sentí la primera vez que visionaba “Easy rider” y, en los títulos de crédito iniciales, sonaba este “Born to be wild” de Steppenwolf, mientras Peter Fonda y Dennis Hopper cabalgaban a lomos de sus choppers por las ardientes carreteras de América. Era un viaje sin sentido, iban a quemar dólares, drogarse hasta desfallecer y provocar las iras de los campesinos sureños de algún bar de carretera. Se subtituló la película con la frase “En busca de mi destino”, y quizás Wyatt y Billy lo buscasen, pero es seguro que no lo encontraron, igual que toda una generación que canalizó sus esperanzas y sus ansias de rebeldía a través de las drogas, el rock, la psicodelia, Woodstock y Monterrey, las comunas hippies y el pacifismo. Pero no sirvió de nada, pronto se dieron cuenta que la hipoteca, los pagos del coche y el dentista del niño, el consumismo sin más, era un destino más realista que el que proponían los dos outsiders de la película.

Sin embargo, hay algo de verdad en la soleada y polvorienta textura de “Easy rider”, algo auténtico que podemos apreciar fácilmente hoy en día, una lucha por la libertad sin más, un ánimo de hacer lo tuyo sin joder a nadie. Una generación que cuando encendía el contacto de sus Harleys, tenía todo un país por delante, una tierra de promisión donde depositar sus anhelos de libertad y libertinaje.

El diálogo se espacia y da paso a un devenir contemplativo de las escenas, junto con zooms repentinos, o bruscas transiciones entre plano y plano.

Ese mismo espíritu que transmiten las imágenes del film se vivió también en el rodaje. Bastante se acercaban los miembros del equipo (actores y director incluidos) a los hippys desarraigados que se muestran en la película, y no tardaron en sufrir por ello el rechazo de los habitantes de las poblaciones en las cuales se rodaron las escenas, sobre todo en la parte del Sur del país, donde todavía entonces, meterte en algún bar de mala muerte con el pelo largo equivalía a un problema grande. Hopper, Fonda y Jack Nicholson (que aparece en un papel secundario) eran entonces vagabundos en busca de su destino. Más tarde se convertirían en la realidad del nuevo Hollywood.

“Easy rider” es un tratado de lenguaje cinematográfico psicodélico. Sus imágenes son cortantes, las escenas avanzan a trompicones, y los ritmos varían radicalmente. El diálogo se espacia y da paso a un devenir contemplativo de las escenas, junto con zooms repentinos, o bruscas transiciones entre plano y plano.

La música marca su ritmo. La banda sonora recoge también ese espíritu inconformista de la película. Escucharemos además de “Born to be wild”, la oda a los peligros de tratar con camellos en “The Pusher”, también de Steppenwolf, además de piezas tan adecuadas como “The ballad of Easy rider”, de los Byrds, o el clásico “The Weight”, de The Band.

“Easy rider” fue la ópera prima de Dennis Hopper, que por entonces contaba con 32 años. Los productores eran los mismos que habían impulsado el film de culto “Head” (1968), con The Monkees como protagonistas.

Con un presupuesto que no llegaba a 400000 dólares, “Easy rider” resultó ser un buen tanto en taquilla, mientras que la crítica aceptó la crónica psicodélica de Hopper sin problemas: premio en Cannes al mejor director novel, y dos nominaciones al Oscar, al mejor guión (Hopper, Fonda y Ferry Southern) y al mejor actor secundario (Jack Nicholson).

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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2 comentarios en Easy rider

  1. No se que decir de “Easy Rider”. Había sentido muy buenas criticas y quizá por esto me decepciono un poco cuando la vi, aunque el final lo encontré muy bueno.

  2. “Easy Rider” tiene momentos que han marcado en el cine de finales de los sesenta.

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