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El cine japonés I

La organización del festival de Venecia pidió en 1950 que la productora Daiei enviara al certamen un film japonés.

El estudio envió un film en el que no confiaba demasiado, “Rashomon” de Akira Kurosawa, cediendo así a la opinión de un italiano que la había visto Japón. Contra todo pronóstico, la película triunfó en el festival, y abrió los ojos de la crítica al cine nipón y su historia, prácticamente ignorado hasta entonces.

Durante los años siguientes se descubrió toda una historia cinematográfica que había evolucionado desde finales del XIX de forma paralela como lo hizo en occidente. Un cine de características autóctonas, de autoconsumo, fruto del aislacionismo que secularmente ha caracterizado en Japón, y con unos códigos discursivos y estéticos muy alejados de las normas clásicas occidentales. Con “Rashomon”, occidente descubrió una nueva forma de entender el cine.

Si el cine en occidente fue una evolución lógica a partir de la fotografía, en Japón el nacimiento del cinematógrafo bebe de la escena, el drama No y Kabuki, y de la tradición de grabados encabezada por la obra de Utamaro y Hokusai. Esta herencia junto con la ligera apertura de fronteras y modernización de costumbres que experimentaba el país en los albores del siglo XX, son el abono perfecto para el alumbramiento del cine en Japón. El industrial Shotaro Inahata importará el cinematógrafo Lumière a su país. La primera proyección pública del nuevo invento se produce en 1897. El fenómeno se desarrolla con rapidez, y existe gran receptividad por parte del público. Ante las oportunidades de lucro que ofrece el nuevo mercado, incluso la fiera competencia entre el sistema Vitascope de Edison y el de los Lumière se traslada a tierras niponas.

En 1903 se abre con éxito el primer cine del país. En Japón, las proyecciones funcionarán de forma muy distinta a occidente. De nuevo a causa de la herencia teatral (con su ritmo lento y reflexivo), los programas se convierten en maratones donde el proyeccionista pasa una y otra vez la misma película hasta que el público se da por satisfecho. En los primeros tiempos del cine japonés es imprescindible citar la figura del benshi, o “charlatán”. Como si del coro griego se tratase, el benshi, presente en cada proyección, narra a viva voz lo que el público está viendo en pantalla, y lo hace con su propia personalidad y estilo, ofreciendo una especie de performance en la que introduce la película, va explicando su argumento y opina sobre los personajes. La figura del benshi acerca el cine a las masas populares necesitadas de un poco de show, pero aleja a los intelectuales de las salas de proyección. Koyo Komada fue uno de los benshi más conocidos, además de convertirse en un pionero al pasarse a la dirección de sus propias películas.

En el 1907 se fundan los primeros estudios de rodaje, los Meguro, en Tokio. En 1909 aparecen las primeras compañías de producción y exhibición, y en el 1912 la primera mayor japonesa, la Nikkatsu. Posteriormente, en 1920, aparece la Shochisku, segunda gran mayor del país. En estos primeros tiempos, Japón tuvo su firmamento particular de estrellas, con el actor Matsunosuke Onoe a la cabeza, y sus propios blockbusters de taquilla, destacando la importación de “Intolerancia” (1919), de Griffith, todo un hit en el país. En relación a este capítulo de importaciones, además de películas, Japón compra en el exterior durante estos años el material técnico y la película virgen necesarios para la producción autóctona.

La censura estatal crecerá a medida que aumenta la importancia del cine entre el pueblo. En 1911 se crea un primer código de censura, que exige alejarse de los temas más “pornográficos”, respetar a la familia imperial y además obliga a una previa criba rigurosa de guiones. El exitoso estreno de “Zigomar”, producción francesa de 1911, encenderá los ánimos y traerá como consecuencia este proceso de cerco a la libertad de expresión que culminaría de forma más radical en 1937, tras la invasión japonesa de China. El cine japonés, siempre condicionado por la censura, se ramificará en tres posibles tipos (”géneros”, diríamos en occidente) de películas. Los films tradicionales de samurais (jidaigeki) y los de las costumbres populares y temática contemporánea (gendaigeki, basados en el melodrama, y shomingeki, que se enfocan a la mezcla de comedia y drama).

El terremoto de 1923 en Tokio y Yokohama destruye la mayoría de grandes estudios, a la vez que el pueblo se ve más necesitado de evasión y entretenimiento, vistas las desgracias de la vida real. Así, los temas se occidentalizan y adquieren más ligereza, para agradar a cuanta más gente mejor. En 1927 ya se estrenan en Japón 700 películas anuales, en un frenético ritmo solo comparable a Hollywood. Debutan en esta década de los veinte Kenji Mizoguchi, Yasujiro Ozu o Daisuke Ito, los grandes creadores por los que occidente se dejará deslumbrar a partir de los años cincuenta, tras el citado estreno del Rashomon de Kurosawa.

“Kurutta Ichippeeji” (”Una página de locura”, 1926, Teinosuke Kinugasa), es el film más importante de esta época, con una notable influencia de la estética expresionista procedente de Alemania. Su director Kinugasa, tuvo además contacto directo con los maestros del cine ruso Eisenstein y Pudovkin. La primera película sonora japonesa es “Alma y señora”, de 1931, aunque el mudo todavía resistirá en las salas de proyección hasta el 1937. El siguiente paso importante en la historia del cine japonés se producirá con la aparición de una cierta tendencia de carácter “neorrealista” de izquierdas en la obra de cineastas como Tomu Uchida, y sobre todo con las consecuencias del estado de guerra en que se sume el país tras la invasión de China.

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