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El gatopardo

Las tropas de Garibaldi acaban de entrar Sicilia, en la década de 1860, y el noble príncipe Fabrizio de Salina (Burt Lancaster), ve alterada su tranquilidad en la isla.

Su sobrino Tancredi Falconieri (Alain Delon), se une a los rebeldes para que la familia pueda beneficiarse lo máximo de la nueva situación que se dibuja en la sociedad italiana con el triunfo de Garibaldi. Es verano, y el príncipe y su familia van a pasar su tradicional estancia al palacio de Donnafugata, ciudad tomada ya por los rebeldes. Allí, Fabrizio da una cena a la que acude el alcalde Don Calogero (Paolo Stoppa), representante de la burguesía adinerada y sin clase ni elegancia que empieza a dominar el país, junto con su bella hija Angélica (Claudia Cardinale). Angélica y Tancredi no tardan en gustarse y empiezan una relación no exenta de los intereses de Calogero por añadir “nobleza” a su cargo, y de Tancredi por aumentar su patrimonio. El príncipe, por su parte, aprueba su noviazgo. Se celebra una magnífica cena en el palacio de Pantaleone, a la que asiste toda esa nueva clase social burguesa tan alejada de la nobleza secular del príncipe. Él se siente viejo y cansado en este nuevo ambiente. Acepta un baile con Angélica, y ante la mirada de los asistentes ambos se mecen al ritmo de un vals. Después, al alba, abandona el palacio, pensando que el mundo ha cambiado, y que alguien como él, representante de una sociedad extinta, ya no tiene un lugar en él.

Con “El gatopardo”, Luchino Visconti confirmaba que los tiempos del neorrealismo ya estaban muy lejos (recordemos la durísima “La terra trema” (1948), crónica casi documental de la vida en el mar, rodada con pescadores reales), y llegan de este modo las grandes producciones de ambiente histórico, óperas cinematográficas en las que Visconti repasa la historia de su país (preferentemente el Risorgimiento italiano de finales del XIX), cruzándola con los dramas de sus personajes, en un ambiente ampuloso muy alejado de la sordidez que recogían sus primeras obras neorrealistas. Este proceso de cambio ya empezó con la desgarradora “Senso” (1954), película, por lo menos, a la altura de “El gatopardo”.

Visconti combina aquí de forma magistral la minuciosa descripción histórica (las invasiones de Garibaldi, la victoria final de los monárquicos…), con la influencia de esta en sus personajes. Así, Tancredi y Angélica, con su matrimonio interesado, representan lo más cínico e interesado de la nueva sociedad (”Si queremos que todo quede como está, es preciso que todo cambie”, le dice Tancredi al príncipe para justificar su unión al ejército de Garibaldi), mientras que el príncipe soporta todo el peso del cambio social, y a medida que el film avanza va sintiéndose más apesadumbrado, “náufrago entre dos sociedades, de las que se siente igualmente extraño”, en palabras de Rafael Miret Jorba. 

La culminación de esta fusión entre lo histórico y lo personal es la fiesta final en el palacio de Pantaleone. El príncipe baila con Angélica, representante de la nueva burguesía rica y poderosa, y se sobreponen, en una escena maravillosa, la vieja nobleza, y esa nueva savia burguesa. Lo viejo y lo nuevo. Mientras bailan un vals de Verdi, la cámara acentúa lo magnífico del momento y los demás asistentes dejan de bailar, mientras el viejo príncipe mira a esa bellísima Angélica tan alejada de lo que él representa. Es una escena larga, subyugante, la más recordada de “El gatopardo”.

Después de la cena, otro momento de gran profundidad, cuando el príncipe se aleja del palacio en su carruaje, solo, y se escuchan los disparos del ejército monárquico fusilando a los rebeldes de Garibaldi. Finalmente, todo cambió para que todo siguiera igual.

En palabras de Visconti que podemos aplicar al personaje del príncipe: “La experiencia me ha enseñado que sobre todo el peso del ser humano, su presencia, es la única cosa que llena verdaderamente el fotograma, que el ambiente lo crea él, su presencia viva, y que es por las pasiones que lo agitan que adquiere realidad y relieve, hasta el punto que su ausencia momentánea del rectángulo luminoso reduce todas las cosas a una apariencia de naturaleza muerta”. Viniendo de un director a menudo acusado de dar más peso en sus films a la estética y al detalle histórico (Visconti dibujaba de antemano cada mueble y cada objeto que debía parecer en las localizaciones), esta afirmación es bastante reveladora. No hay más que coger al azar cualquier plano en el que aparezca ese rostro envejecido de Burt Lancaster, y toda la profundidad del discurso sobre el cambio de una sociedad a otra, la desubicación del personaje en el mundo, su carga existencial, todo, sale a la superficie. En cada gesto, en cada mirada.

Lancaster, que volvería a protagonizar otro film de Visconti, “Confidencias” (1974), pasó gracias al director italiano, de interpretar a saltarines héroes en las películas de aventuras de Hollywood, a adquirir un poso en la mirada y una sapiencia en su gesto que posiblemente nadie esperaba. Visconti descubrió a un nuevo Lancaster, al igual que presentó al mundo los talentos del joven Alain Delon, aunque sería con “Rocco y sus hermanos” (1960), donde el actor brillaría con más fuerza. Otro cantar es Claudia Cardinale, de quien es imposible apartar la mirada, sobre todo en esa primera aparición en la cena de Donnafugata.

Visconti contó en “El gatopardo”, con la fotografía de Giuseppe Rotuno, imprescindible para subrayar ese ambiente entre lujoso y decadente (recordemos el travelling que recorre la familia del príncipe en la iglesia de Donnafugata, con esos rostros casi petrificados, caducos, blanquecinos. Cámara y luz descubren, en una sola imagen, a una nobleza que no es más que una reliquia del pasado); luego, el vestuario de Piero Tosi, y los decorados de Mario Garbuglia, cuidando cada detalle de manera casi obsesiva, como le gustaba al propio Visconti. La música, por último, es otra de las obras mayores de Nino Rota.

Considerada en muchos medios como una de las mejores películas de la historia del cine, “El gatopardo” representa una crónica de la historia de un país, y la de un hombre sometido a los dictados de los nuevos tiempos. Porque ni la nobleza era eterna, ni los que la sustituyeron (la burguesía de Don Calogero y Angélica) tampoco duraron siempre. Eso lo sabía el príncipe de Salina cuando, acabada la fiesta al final de la película, se aleja por un callejón solo, con los primeros rayos de luz matinales atravesando la negra noche siciliana.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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