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El gran dictador: Escena: El dictador Hynkel arenga a las masas

Tomania, 1940. Miles de seguidores del partido que ostenta el poder, se reúnen para asistir al parlamento del dictador Adenoid Hynkel.

Cuando el hombre más poderoso del país empieza a hablar, todos callan. Su discurso es enérgico y agresivo, habla de un país, Tomania, destinado a la gloria, de la heroica raza aria, del maldito pueblo judío al que hay que eliminar y de que Tomania dominará el mundo en muy poco tiempo. La masa de fanáticos aplaude. Hynkel abandona el estrado con la misión cumplida.

Este es el argumento de una de las escenas más desternillantes de la carrera de Charles Chaplin. Su dictador es, como ya sabemos, un reflejo del Hitler que en ese momento se disponía a provocar la segunda gran guerra del siglo. Este discurso es una de las críticas más demoledoras al poder y al fanatismo que lo aúpa. Y lo mejor es que Chaplin critica a Hitler riéndose de él. No hay mejor crítica que esa, desnudar toda la pompa y divinidad que rodeaba la figura del dictador alemán, y mostrarle al mundo que detrás de todo eso existía un dictador histérico y fanático, que le hablaba a una masa histérica y fanática en una vorágine de sinrazón que nadie podía parar.

Chaplin recoge la gestualidad y el altisonante tono de Hitler en sus famosos discursos de Nüremberg y los filtra por su inigualable talento cómico. La escena está llena de detalles. El micrófono que se tuerce ante el ímpetu con el que habla Hynkel es solo la imagen más famosa, pero existen otras, siempre en ese simple plano medio, como esos “¡¡¡distrefen, distrefen!!!” y el resto de muletillas pronunciadas en un alemán-inglés inventado, que ridiculiza la agresividad de los discursos de Hitler. Y la referencia sentimental que hace Hynkel a sus dos colegas, Garbitsch y Herring (parodia de los muy reales Goebbels y Goering del partido Nazi), cuando eran jóvenes y pasaron tantas penurias en su lucha por sus ideales; o los aplausos automatizados de la masa, o los gestos de Chaplin, un arsenal de movimientos y tics utilizados en el momento preciso y focalizados a una misma idea, que el espectador se ría del propio Chaplin, para luego, darse cuenta de que también se ríe del verdadero dictador.

“Lo llego a saber, y nunca hubiera hecho la película”, declaró Chaplin después de la guerra, cuando las terribles imágenes de la liberación de los campos de concentración de Auschwitz o Mauthausen daban la vuelta al mundo. Ni Chaplin ni la mayoría de ciudadanos occidentales esperaban eso, nadie conocía el odio de Hitler hacia los judíos en toda su extensión, y es lógico que esas imágenes choquen con toda la fanfarria de El gran dictador. Pero creo que Chaplin se equivocaba, él mismo había dicho que la tragedia, con el paso del tiempo, se torna comedia. Y este axioma, utilizado como lo hizo él, se convierte en el arma crítica que ha convertido a El gran dictador en un film atemporal, cuyo discurso sobre la libertad del hombre y contra los abusos del poder, seguirá emocionando a las generaciones venideras.

Chaplin tuvo serios problemas para poder financiar la película ya desde su gestación a finales de los años treinta. El gobierno inglés por un lado, y por otro Estados Unidos en su intención de mantenerse absolutamente neutrales, y en concreto los productores judíos de Hollywood, le negaron el dinero, pero Chaplin siguió adelante, y empezó la pre producción en 1938, cuando todavía no existían los films antinazi que luego medrarían en las carteleras bien empezada la guerra. La producción corrió a cargo de la United Artists, compañía que fundó en la época de esplendor del cine mudo el propio Chaplin junto con D. W. Griffith, Mary Pickford y Douglas Fairbanks. Chaplin la interpretó, dirigió, escribió el guión y compuso la mitad de la banda sonora.

En 1940, con la película prohibida en América del Sur y la mayor parte de Europa (en España se estrenaría después de la muerte de Franco), la Académia nomina El gran dictador a cinco Oscars, entre ellos el de mejor película, que pierde en favor de Rebeca (1940, Alfred Hitchcock), y el de mejor actor secundario, que gana Jack Oakie, interpretando a esa parodia de Benito Mussolini llamada para la ocasión Benizio Napaloni, tan conseguida como la burla de Chaplin con Hitler. La paradoja de imaginarse al verdadero Hitler presenciar el discurso de Hynkel de la película, se produjo en la vida real. El dictador alemán, que consumía en la intimidad los films de Hollywood que le negaba a su pueblo, vio la película dos veces, y se dice que pasó un buen rato riéndose con la actuación de Chaplin. Resulta extraño imaginar a Hitler viendo por ejemplo el pacifista discurso final pronunciado por Chaplin sin máscaras ni parodia alguna, ¿qué demonios pensó cuando acabó la proyección? ¿no le atizaba la conciencia? Posiblemente, Hitler ha sido el único ser humano que no ha entendido nada de un film tan claro, tan puro y tan necesario como este. “El más grande clown y la personalidad más querida de su tiempo, retó al hombre que había instigado más maldad y miseria humana que cualquier otro en la Historia de la humanidad”, escribió David Robinson (de la Charlie Chaplin Research Fundation). El más querido contra el más odiado. Ambos nacidos en Abril de 1889 con cuatro días de diferencia, ambos mundialmente conocidos por su bigotito, ambos admirados por razones opuestas.
Que la primera película sonora de Chaplin fuera esta es significativo. Quizás El gran dictador no sea su mejor película, pero si su testamento más certero sobre la condición humana y la necesidad de un mundo mejor.

El gran dictador, emitida a menudo por televisión, y reeditada en DVD no hace mucho en completísima versión restaurada, aunó las convicciones políticas de un Chaplin luego fustigado por la vergonzante Caza de Brujas anticomunista de Joseph R. McCarthy, con su inmenso talento para la comedia. Esta vez, comedia al servicio de la crítica y del inconformismo. Espero que, finalmente y contradiciendo sus palabras, Chaplin no se arrepintiera de haber realizado esta película.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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1 comentario en El gran dictador: Escena: El dictador Hynkel arenga a las masas

  1. Soy profesor de religión en un instituto y a mis alumnos les pongo “El gran dictador” ya que pienso que una película con un mensaje de fondo que se debe analizar.

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