El musical es un género americano por definición. En Europa nunca se ha entendido el musical a la manera americana, aunque sà quizás otros géneros como el western. Y hay una razón simple.
Si hay alguna cosa en la que nos aventaja el denostado uncle Sam es en el concepto entertainment, un término que significa diccionario en mano “diversión, espectáculo, fiesta”, pero que en Estados Unidos tiene un valor añadido que, para entendernos, es lo que atesora Frank Sinatra y Sammy Davis Jr. y no tienen Julio Iglesias o Raphael; lo que rodea un partido de baseball de la Major League y no aparece por ningún lado en uno de fútbol de Primera División; el aura que desprende un musical clásico de los cincuenta de la Metro Goldwyn Meyer, que resulta inalcanzable en cualquier producto musical-coplero de factoraje franquista en la misma época. El entertainment es la cualidad inimitable del musical americano.
Con “El cantor de Jazz” irrumpe el sonido en el cine, y por ende el musical, un nuevo género propiciado por este avance técnico. “MelodÃa de Broadway” (1929) de Harry Beaumont y “¡Música maestro!” (1929) de Alan Crosland siguen la lÃnea de pelÃcula parcialmente hablada con algún número musical de “El cantor de jazz”. Las cosas empezarán a cambiar con Ernst Lubitsch, que tantea el terreno con “El desfile del amor”, una descripción en clave de opereta de una Europa hedonista con Maurice Chevalier.
El musical será el género más importante de los años treinta. Pronto Lubitsch dispondrá de más medios y agilidad expresiva en “La viuda alegre” (1934), y el firmamento del género empieza a llenarse de estrellas, como las parejas Fred Astaire y Ginger Rogers (citemos “Sombrero de copa”, de 1935, dirigida por Mark Sandrich), y el mismo Astaire con la nuclear Rita Hayworth, todos en la RKO. El primer creador esencial del musical es Busby Berkeley, quien en esta década de los treinta desarrolla coreografÃas (primero como coreógrafo propiamente dicho, luego también como director) que superan la raigambre teatral del género y se adentran en lo intrÃnsecamente cinematográfico, con la utilización de grúas, falsas perspectivas, imágenes caleidoscópicas de pura fantasÃa y, también importante, un nuevo concepto del erotismo en la mujer. Las imágenes de producciones de Berkeley como “Lullaby of Broadway” o “Gold diggers of 1935″ siguen fascinando hoy en dÃa. Los treinta se despiden con “El mago de Oz” de Victor Fleming (1939), a todo color y con la nueva estrella Judy Garland, y empieza la siguiente década con tiempos de esplendor para el musical.
En 1944, Vincente Minnelli, uno de los directores más importantes del cine musical, da con su primera obra importante del género, mi favorita particular “Cita en San Luis”, con una Garland encantadora. La Metro Goldwyn Meyer, a pesar de que la Columbia se le habÃa adelantado en cuanto a modernidad con “Las modelos” (1944, Charles Vidor), reinará por todo lo alto en el musical de esta época. Sus films convertirán el baile en la expresión del estado de ánimo de los personajes, fusionarán música y lenguaje cinematográfico olvidándose de una vez de la herencia escénica, utilizarán de forma completamente nueva el color, y sobre todo, representarán de forma auténtica el sentimiento de la alegrÃa de vivir del ser humano. El film que conjuga todos estos factores por primera vez es “Un dÃa en Nueva York” (1949), de Stanley Donen.
La edad de oro del musical comprendida entre segunda mitad de los cuarenta y la primera de los cincuenta, serÃa impensable sin la estrategia de los estudios que consistió en crear unidades especializadas de forma exclusiva al género, y sin la consagración de nuevas figuras como Judy Garland, Betty Grable, Cyd Charisse o Gene Kelly.
Gene Kelly fue el rostro de más impacto de esta época, en competencia con Fred Astaire, que ya habÃa reinado en los treinta. En España siempre fue percibido a la sombra de Astaire, que caÃa mejor. Su interpretación del baile, desgarbada, vital y llena de fuerza, junto con sus aportaciones como director lo han convertido, al cabo de los años eso sÃ, en un personaje esencial. Kelly dirigirá en 1952 junto a Stanley Donen el musical más popular de la historia, “Cantando bajo la lluvia”, y un año antes, en 1951, recibe un Oscar especial por su trabajo como escenógrafo y bailarÃn a raÃz de “Un americano en ParÃs”. Astaire sigue triunfando con “MelodÃas de Broadway” 1955, dirigida de nuevo por Minnelli, cuyo tÃtulo original “The band wagon” tenÃa por cierto mucha mejor relación con la historia del film. Un musical moderno, con grandes números de baile que se acoplan a la estructura narrativa de forma sorprendente; ahora el musical no puede prescindir de la historia que se nos cuenta, ni la historia del musical. Quedaban muy lejos los tiempos en que un film del género equivalÃa a unas cuantas escenas de coreografÃa que no tenÃan nada que ver con la evolución narrativa del film.
Otro Minnelli, “Brigadoon”, de 1954, protagonizado por Gene Kelly y la escultural (las piernas más espectaculares de la época) Cyd Charisse, rozaba la perfección con una inolvidable ambientación fantástica, y ese pueblo dormido, esfumado en la espesura de los bosques, que despierta cada cien años. Un film que es Hollywood, porque en su mejor materialización, Hollywood es magia y fantasÃa, y “Brigadoon” va sobrada de ambas desde el primer fotograma. Quien no me entienda, puede emparentar esta obra de Minnelli con “Jenny” (1948, William Dieterle), o “El fantasma y la señora Muir” (1947, Joseph L. Mankiewicz). PelÃculas de sueño, envueltas en la bruma de lo imposible y del romanticismo que subyace en la misma lÃnea que separa la vida de la muerte.
“Brigadoon” fue un fracaso en taquilla. El musical empezaba a perder público, aunque seguÃan estrenándose grandes films como “Siete novias para siete hermanos” (1954, Stanley Donen), o “El rey y yo” (1956, Walter Lang). Se acercaban los años sesenta, y un cúmulo de nuevas influencias marcarÃan la senda por la que avanzarÃa el género, con nuevas obras puntales desde luego, pero cada vez más lejos del esplendor del que lo habÃan dotado la sonrisa de Kelly, la figura de Cyd Charisse o la inocencia de Judy Garland.

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Me encantan los musicales. Es una forma única de mezclar música e imágenes dando como resultado pelÃculas preciosas.