Finiquitada por muerte natural la etapa dorada del musical de los Astaire, Kelly y Charisse, entramos en los años sesenta y en un viraje decisivo para el género.
A partir de este momento, el musical no seguirá una lÃnea estética o conceptual concreta (que antes era fruto del sistema de estudios y sus códigos de patronaje), más bien se vestirá con diferentes atuendos según la época en que se encuentre, convirtiéndose en caldo de cultivo perfecto para las modas y los experimentos de autor. El sistema de estudios ha cambiado, rodar un musical ya no es una opción marcada por la lÃnea de una productora, sino una opción personal de un proyecto en concreto. El musical se diversifica pues en mil y una formas y pierde fuelle como género compacto con sus propias normas estéticas.
En los sesenta llega la cultura pop en todas sus manifestaciones, y pronto las guitarras eléctricas hacen acto de presencia en el género musical. “¡Qué noche la de aquel dÃa!”, de Richard Lester, se rueda en 1964, y sustituye el baile de Fred Astaire por las monadas de los Beatles, cuatro melenudos que se están merendando el mundo con sus canciones y peinados. El film, hÃbrido de aventuras, comedia y musical, abre la puerta a una ramificación del género prácticamente inédita hasta entonces, las pelÃculas protagonizadas por grupos de rock. Más allá de los films-documento de conciertos o eventos musicales (decisivas fueron la pelÃculas sobre el festival de Monterrey, Woodstock y el de la isla de Wight), el musical rock alcanza importantes cotas artÃsticas casando la psicodelia de Pink Floyd con la imaginerÃa visual de Adrian Maben en “Live at Pompeii” (1971), o con los mismos Beatles desfasando surrealismo en “Magical Mistery Tour” (1967); encontraremos muchos ejemplos en el futuro, desde el musical de la ópera rock “Tommy” de los Who, hasta “The Wall” (1982), con música de Pink Floyd y dirección de Alan Parker.
Por un lado el choque contra las bases tradicionales del musical por parte del color, el ácido y el rock n´roll de la cultura pop, y por otro los musicales más clásicos que, recuperando altas recaudaciones en algunos casos, se visten de gala y engordan presupuestos hasta convertirse en grandes producciones de la talla de “My fair lady” (1964, de George Cukor, con Audrey Hepburn pero doblada su voz, una lástima), o “Sonrisas y lágrimas” (1965, Robert Wise) y “Mary Poppins” (1964, Robert Stevenson), ambas encumbrando a la fama a Julie Andrews, para fastidio de no pocos aficionados.
“West side story”, de 1961, dirigida por Robert Wise, se convierte en el musical más famoso de la década. Se embolsa diez Oscar e impacta en todo el planeta con la irresistible alquimia resultante de la tragedia amorosa de una joven pareja en el mundo de los gangs neoyorquinos (basada en Romeo y Julieta) combinada con las coreografÃas de Jerome Robbins, la música de Leonard Bernstein y las letras de Steven Sondheim. Otra obra importante de la década será “Oliver!”, de 1968, dirigida por “el tercer hombre” Carol Reed y ganadora de Oscar a la mejor pelÃcula, con la bonita historia dickensiana acerca del chico que huye del orfanato para recalar en una banda de ladronzuelos que trabaja bajo las órdenes de Oliver Reed.
En los setenta el musical se nutre de obras ya estrenadas con éxito en Broadway. Bob Fosse es la figura esencial de la década, un revolucionario más que se une a los creadores seminales del género como Busby Berkeley, Gene Kelly o Vincente Minnelli. “Cabaret” (1972) es su obra de referencia, en la que el director (antes coreógrafo y director en Broadway) pone en juego novedosas coreografÃas, originales juegos de luces y, lo más importante, el montaje, al cual nunca se le habÃa dado tanta cancha en el musical. La protagonista absoluta es Liza Minnelli, hija de Vincente Minnelli y Judy Garland, conflictiva mujer de indudable talento y cristalina mirada, empeñada en incontables ocasiones en desbaratar su siempre prometedora carrera; el argumento nos sitúa en la Alemania cabaretera, viciada y convulsa de Weimar, previa al ascenso del nazismo al poder. Un total de ocho Oscar recompensaron la audacia de Bob Fosse.
Las producciones exitosas se suceden, aunque muy espaciadas en el tiempo, nada comparable a los años cincuenta. “El violinista sobre el tejado” (1971) de Norman Jewison es un clásico, cuyo público no es el mismo que acudirá a ver en 1974 “El fantasma del paraÃso”, film de culto dirigido por el aguerrido Brian de Palma, y suntuosa combinación de terror y musical con partitura de Paul Williams. Otra obra alejada de lo convencional es la extraordinariamente marciana “The Rocky Horror Picture Show” (1975, Jim Sheridan), opereta de rock, kitsch, sexo, travestismo y más kitsch; un homenaje a la serie B, al terror y la ciencia ficción, a la RKO y al mito de Frankenstein en clave hard rock de la mano del insuperable Tim Curry (inolvidable cantando “I´m just a sweet transvestite from transexual Transilvania!”), una joven Susan Sarandon que no sabÃa dónde se metÃa y Meat Loaf en su faceta más quinqui. Décadas después, el film sigue levantando las pasiones de un innumerable ejército de fans.
A finales de los setenta, la disco music llega al musical con “Fiebre del sábado noche” (1977, John Badham) y el sex symbol llegado de la televisión John Travolta. Detrás de este film y de “Grease” (1978), con la pareja Travolta y Olivia Newton-John, se forma una nueva masa de jóvenes que aceptan el musical –adaptado a su tiempo- con toda naturalidad.
Los años ochenta representan la definitiva decadencia del género. A rebufo de los taquillazos de Travolta apenas despunta “Fama” (1980, Alan Parker). Una de las pocas alegrÃas de la década será “Corazonada” (1982) uno de los proyectos más personales de Francis Ford Coppola, de atrevida factura visual. El video clip, por otro lado, será lo más parecido al musical en estos años. A partir de 1989, “La Sirenita” (John Musker y Ron Clements) y Disney se apoderan del musical, urdiendo bombas de taquilla cada pocos años.
“Evita” (1996, Alan Parker), “Moulin Rouge” (2001, Baz Luhrmann) y “Chicago” (2002, Rob Marshall) confirman la tendencia a utilizar actores no necesariamente especializados en el baile o la canción, y son escasas boyas en un mar cinematográfico ajeno al musical. Cada nueva pelÃcula del género es una esperanza de revitalización, pero ya nada será lo mismo. El musical es ahora una reliquia que se desempolva de vez en cuando y vuelve a guardarse bajo llave al cabo de poco tiempo.

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