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El nombre de la rosa

Jean Jacques Annaud dirigió en 1986 la adaptación de la novela ambientada en el siglo XIV “El nombre de la rosa”, escrita seis años antes por el escritor italiano y especialista en el medievo Umberto Eco.

El proyecto de Annaud se convirtió en uno de los más caros de los últimos tiempos en Europa, y contó en el reparto con la presencia de Sean Connery y de un jovencísimo Christian Slater.

Connery interpreta a Guillermo de Baskerville, un monje franciscano que llega a una recóndita abadía benedictina del norte de Italia acompañado de su novicio Adso de Melk (Christian Slater), para resolver unas extrañas muertes que están aconteciendo entre la congregación, y a las que los frailes no encuentran más causa que la llegada del anticristo.

Este punto de partida argumental va desplegando una claustrofóbica trama detectivesca en la cual Connery ejerce de una suerte de Sherlok Holmes medieval (no es casualidad que Eco lo llamara Guillermo de “Baskerville” en clara referencia a la novela “El perro de los Baskerville”, escrita por Sir Arthur Conan Doyle) cuya confianza en la razón y la capacidad de entendimiento humanos irá aclarando los crímenes, la causa de los cuales no es algo sobrenatural ni demoníaco, sino el misterio que rodea a un libro prohibido que se oculta en la inmensa biblioteca de la abadía a la que nadie sino el bibliotecario puede acceder, y que parece provocar la muerte a quien lo lee. Finalmente la sangrienta intervención de la Santa Inquisición, encabezada por el cruel Bernardo Gui (F. Murray Abraham) pondrá en peligro las pesquisas de Guillermo de Baskerville y su novicio justo en el momento en que van a descubrir quién es el responsable en última instancia de las muertes.

Más allá de la hábil trama de asesinatos e investigaciones que conduce la acción del film, “El nombre de la rosa” es una de las mejores muestras de cine ambientado en la Europa medieval. Es una reconstrucción cuidada hasta el más mínimo detalle, con una dirección artística sin fallo, hasta el punto de que es difícil creer que las cosas en 1327, año en que se supone que ocurren los hechos, fueran distintas. Cada estancia del laberíntico monasterio, cada objeto del refectorio, las cocinas o los dormitorios son de un realismo, o quizás podríamos decir de un naturalismo (como se aplica este término a los cuadros de sucia realidad de Caravaggio) sin ninguna concesión: una Edad Media permanentemente embarrada, fría, inclemente, cruel. Ya al principio del film, cuando Guillermo y Adso llegan a caballo a la abadía, vemos la impactante imagen de las compuertas de la abadía abriéndose y dejando que los restos de comida caigan por un barranco para que los hambrientos campesinos de los alrededores puedan pelearse por ellos.
Luego está la espectacular caracterización de los frailes de la abadía: el abad, Malaquías el bibliotecario, el Salvatore increíblemente caracterizado por Ron Perlman, el venerable Jorge de Burgos y toda una procesión de religiosos siniestros, casi enloquecidos, retorcidas gárgolas vivientes, carne deformada y monstruosa, hombres que no han salido jamás de los helados y gruesos muros de la abadía, dedicados a orar y a enmohecerse hasta la muerte, sin un rayo de sol, una risa, una mirada cómplice, sin un beso.

En este sentido, el personaje de Sean Connery, franciscano estudioso de la razón, ilumina escandalosamente la negrura de la abadía. Su inteligencia y comprensión choca con la visión oscura que de la religión y la vida misma tienen el abad y sus frailes. Aquí yace uno de los discursos mejor esbozados de la película, el mismo que Carl Theodor Dreyer exponía en la inolvidable Ordet, las dos visiones de la religión: Dios como fuente de vida y alegría, o Dios como miedo y privación. En un momento del film, Guillermo de Baskerville discute sobre este tema con el misterioso anciano Jorge de Burgos:

Guillermo: ¿Pero qué tiene de alarmante la risa?
Jorge: La risa mata al miedo, y sin el miedo no hay fe, porque sin miedo al Diablo no puede haber necesidad de Dios.

Dos visiones opuestas sobre el hecho religioso. Otro aspecto destacable sería que el mismo libro prohibido alrededor del cual gira gran parte de la trama del film es el único ejemplar que queda de uno de los volúmenes de la Poética de Aristóteles, concretamente el que está dedicado a la comedia.

En el tramo final de la película, el duelo conceptual del que estamos hablando pasa a enfrentar a Guillermo de Baskerville con la peligrosa Santa Inquisición, encabezada por Bernardo Gui. Descubrimos entonces que el personaje de Sean Connery estuvo condenado en el pasado por Bernardo, pero se salvó apelando al Papa, aunque no se libró de ser encarcelado y torturado, comprendemos en ese momento que Guillermo es un personaje de otra época que no tiene ningún futuro en la etapa oscurantista que le ha tocado vivir (quizás la única esperanza sea su novicio Adso, el único que le escuchará y heredará sus enseñanzas). He leído que Guillermo de Baskerville representa al primer hombre moderno, un religioso que sin embargo no reniega de la capacidad del hombre para conocer, ser feliz, reír y amar. La fuerza y pasión de este personaje, junto con su inteligencia, sobresale en cada uno de los gestos de un Sean Connery que disfruta y se siente bien en las ropas de Guillermo de Baskerville, un trabajo por cierto que ejerció de antesala para su entrada al Hollywood de las estrellas, después de años interpretando primero a James Bond y luego con papeles en films dispares, desde “Robin y Marian” (1976) hasta la surreal “Zardoz” (1974). A partir de “El nombre de la rosa”, no tardarían en llegar su papel en “Los Intocables” (1987), y posteriormente una carrera que mezcla lo comercial con el prestigio la cual todos conocemos ya.

Jean Jacques Annaud, director francés nacido en 1943, trató de fidelizarse como pudo a la novela de Umberto Eco (este sin embargo, después del estreno de “El nombre de la rosa”, decidió no aceptar más adaptaciones cinematográficas de sus novelas), aunque tuvo que reducir mucha de la carga filosófica y política, y alterar el tramo final del libro. Trabajó el aspecto visual de forma exquisita, y el montaje de la película hace que no despeguemos la vista y la mente de la pantalla hasta el final. Un director capaz de afrontar riesgos (”El amante”, de 1993, adaptación de Marguerite Duras, y sobre todo “El Oso”, del 88, y “En busca del fuego”, de 1982) que operó en esta adaptación con la habilidad de conciliar un cine medieval duro y naturalista, con una trama detectivesca atrayente y un discurso sobre el hombre y la religión.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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3 comentarios en El nombre de la rosa

  1. “El nombre de la rosa” es una película cargada de simbolismos, no me canso de verla una y otra vez. La recomiendo a todo el mundo al igual que la lectura del libro.

  2. Conocemos un poco más las intrigas de los monasterios gracias a la gran película “El nombre de la rosa”, basada en la novelo de Umberto Eco.

  3. También comentar que la película “El nombre de la rosa” nos habla de libros prohibidos por la iglesia. Aquellos textos que no debían leerse por nada del mundo ya que, si leías el libro maldito, morías (en este caso por el veneno que tenía en sus páginas).

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