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El Padrino: Escena: “Creo en América”

El Padrino: Escena: “Creo en América”

Empieza la película. Música. Pantalla en negro.”Creo en América”. La cámara va alejándose del rostro del hombre, un profesional funerario, que acaba de pronunciar esta frase. “Creo en América”.

¿Por qué entonces le esta pidiendo al patriarca mafioso más importante de Estados Unidos que mate a los dos hombres que agredieron a su hija?, ¿no cree él en América?, ¿y la justicia americana? ella, siempre equitativa, sabrá castigar a los desgraciados que casi la matan. Pero no. La justicia le ha fallado al pobre funerario, y han soltado a los agresores al cabo de pocos días. “La justicia nos la hará Don Corleone”, le dijo el estupefacto funerario a su mujer el día en que se pronunció la sentencia en los tribunales. Y ahora, delante del Padrino, añade: “Quiero que sufran”.
Creo en América, creo en América, creo en América. Pero la justicia nos la hará Don Corleone.

Es la primera escena de El Padrino, film de 1972 basado en la novela homónima de Mario Puzzo, y dirigido por Francis Ford Coppola. En una sola escena ya vemos condensada, con una dirección magistral, la esencia de toda la serie que se alargó por dos films más dirigidos ambos también por Coppola. El sueño americano se pone al alcance de todos, creemos en América, la tierra de las oportunidades, la luz y el progreso. Pero al final del día, cuando el sueño se desvanece y América y sus oportunidades se te escapan de las manos, al final del día, existe el reverso oscuro de la sociedad, el Padrino… “la justicia nos la hará Don Corleone”.

A partir de este momento, veremos como Corleone mata y tortura sadicamente, pero ¿cómo odiarle? Es el reverso de una misma moneda en la que coexiste con una sociedad americana “libre y prospera” tan despiadada e injusta como él mismo. A medida que pasan los minutos comprobaremos como casi preferimos trabajar como esbirros de Don Corleone, el Padrino, con un buen sueldo y un código moral y de honor casi religioso, que como simples americanos medios sin valores, sin dinero, sujetos al cinismo brutal de gobernadores, congresistas y empresarios. ¿Curioso no? Recordemos que la escena en la que muere Don Corleone nos emociona, como si se tratara del mismísimo funeral de un dulce Mickey Mouse. Queremos al Padrino. Mata y tortura, pero es un buen hombre producto de una sociedad todavía más podrida que él. La poética de esta primera escena es la que debe tener hoy día cualquier film de mafias que se precie.

El hombre que vive en el reverso legal de la vida, le pide al mismisimo Diablo, diabolo en este caso, que salga de su infierno y le ayude con su poder a hacer justicia. El Padrino responderá como lo hace Marlon Brando en la escena que nos ocupa: “Algún día, y puede que este día nunca llegue, acudiré a que me devuelvas el favor”. Ojo por ojo. Favor por favor. Fausto vendiendo su alma al Diablo. Todo rodeado de una mirada de fascinación –adoración, admiración- a la figura de este Padrino, a sus rutinas (el gatito en brazos, sus ayudantes esperando instrucciones en el despacho, su temple, sus palabras sabias y siempre las justas en el momento justo), a su entorno, fotografiado espléndidamente por Gordon Willis en unos tonos que se han convertido en tópico dentro de los films del género, y finalmente, a su propia figura y personalidad, sublimada por Marlon Brando.

Si algo, más allá del fondo temático del que estamos hablando, recordaremos siempre de esta escena, es la presentación de Marlon Brando como Padrino, en una identificación actor / personaje que ha pasado a la historia del cine. Un actor al que nadie de la producción quería como Don Corleone, pués todos temían sus veleidades de estrella, su poca seriedad en el cumplimiento de anteriores contratos, sus posibles ausencias en el rodaje. Pero Brando se presentó a las pruebas de casting para Vito Corleone como uno más, y espero su turno sabiendo que otras opciones como Laurence Olivier eran más plausibles en ese momento. Su caracterización empezó en esa misma prueba, cuando introdujo en la parte inferior de su mandíbula unos kleenex que le daban ese aspecto de bulldog cansado que tanto bien le hizo al personaje. Luego dijo que lo hizo por pereza, porque no le daba la gana de trabajarse como era debido una caracterización. Finalmente, Coppola se empeñó en que Brando fuera Vito Corleone, y los productores durmieron tranquilos cuando consiguieron que la estrella firmara una cláusula en su contrato que le obligaba a acudir todos los días al rodaje.

En esta primera escena, cada movimiento, cada palabra de Brando es una síntesis de su personaje, de las dualidades que conviven en Don Corleone: nos fascina, nos conmueve su código moral, su sentido de la amistad, pero le tememos, odiamos su sangre fría, su violencia. El Padrino es en si mismo un personaje inagotable, porque en su alma reside la esencia misma de la contradicción, y no existe Padrino sin contradicción, sin dualidad. En la segunda parte que se rodaría dos años después, el Padrino será su hijo Michael (Al Pacino), y la dualidad y el equilibrio cederán al lado más desagradable de la personalidad del patriarca, al lado violento, fuera ya de códigos de honor, familia y amistad. Luego, en la tercera y última parte, un viejo y cansado Michael, tratará de volver al equilibrio de su padre, aunque, por lo menos en mi opinión, Michael Corleone siempre será un cerdo que mató a su hermano y se olvidó del sentido ético de su padre. Un violento con ánsias de poder.

Si una primera escena de un film debe presentar las cartas sobre la mesa, ofreciendo ya retratos completos de los personajes y las futuras situaciones que se van a producir, entonces esta de El Padrino es una primera escena de libro, que da luz verde a toda una saga de tres películas de semejante calidad, salvando las preferencias de cada uno. Una tragedia griega, la historia de un padre y la herencia que de él reciben sus hijos. Ahora, cuando el funerario sale satisfecho de su petición de justicia a Don Corleone, éste encarga el trabajo de castigar a los dos agresores a Clemenzza, un hombre de confianza (que cocina unos spaghetti perfectos), luego, feliz, celebrará con todos los demás la boda de su hija, entre sus hijos y amigos, con las alegres tonadas sicilianas de fondo.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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