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El perro de los Baskerville

Luces apagadas. Proyector en marcha. Títulos de crédito. Sobreimpreso en pantalla: “Esta es la leyenda del perro de Baskerville. Dícese que en un tiempo Sir Hugo de Baskerville fue señor del solar de sus antepasados; era un hombre salvaje, blasfemo, impío, un verdadero malvado a quien dominaba su inclinación a lo perverso y cruel. Su nombre fue símbolo de horror en todo el condado”.

En una vieja y opulenta hacienda, Sir Hugo de Baskerville oficia una de sus orgías de comida, bebida, sexo y violencia. Esta noche, los nobles quieren divertirse, la víctima será uno de los criados, un viejo inocente al que, para regocijo de los presentes, Sir Hugo arroja vivo como si de un cochinillo se tratara a las llamas de la chimenea. Sus amigos ríen y gritan. Sir Hugo, cegado por un ansia de libertinaje casi inhumana, sube a la habitación de la hija del criado muerto, ella será el próximo juguete, pero la muchacha se ha escapado por la ventana. Preso de ira, Sir Hugo ordena que los perros de la casa inicien la cacería de la chica, a la que se une él mismo a caballo. Sir Hugo llega a un páramo al límite de sus propiedades donde se levantan las ruinas de una vieja abadía. Allí está la zorra que lo ha humillado delante de sus amigos, lo va a pagar caro, la violará, o quizás la acuchille como a un carnero y arroje sus despojos a los perros. Poco sabe Sir Hugo que entre los muros y las piedras de esta abadía, se esconde la fiera más terrorífica que pueda uno imaginarse. Y poco sabe además, que él mismo será su próxima víctima.

Este es el violentísimo prólogo de “El perro de los Baskerville”, que he tratado de describir lo mejor que he podido, aunque las palabras destiñan ante la fuerza de las imágenes del film, es uno de los momentos de mayor violencia y salvajismo de la historia de la Hammer Films. El director Terence Fisher filma la escena con un pulso tenso, sin concesiones, sin humanidad, dejando que sea ese demoníaco Sir Hugo (David Oxley) el que domine la acción con su ira. El prólogo, por un lado, nos presenta el conflicto del film: un perro monstruoso y legendario se oculta en el páramo de la mansión de los Baskerville y ataca mortalmente a todo aquel que se acerca, y por otro, la escena es el mecanismo de enganche que necesita el espectador para subirse al tren del film, del que no querrá apearse hasta que llegue el rótulo The End.

La secuencia con Sir Hugo es un flashback que precede al grueso de la película, donde se nos cuenta que el último de los descendientes del cruel Sir Hugo, Henry de Baskerville (interpretado por Christopher Lee) tiene la intención de ejercer sus derechos sobre la propiedad en la que vivieron sus antepasados, el mismo lugar en que su padre fue encontrado muerto en extrañas circunstancias, abandonado en el páramo, con el rostro inmovilizado por una mueca de horror. Henry de Baskerville, para asegurar sus objetivos, requerirá los servicios de Sherlock Holmes (Peter Cushing) y el doctor Watson (André Morell) para que averigüen qué hay de cierto en el misterio que rodea la muerte de los miembros de las distintas generaciones de la familia Baskerville, destinados parece ser, a perecer siempre en el mismo lugar, el páramo.

Antes que esta excelente revisión del personaje de Sherlock Holmes por parte de Terence Fisher, se realizaron diversas adaptaciones de la novela “El perro de los Baskerville” de Sir Arthur Conan Doyle. En 1914 “Der hund von Baskerville” (Rudolf Meinert), en 1917 la dirigida por Richard Oswald, en 1921 una versión de Maurice Elvey, de nuevo Richard Oswald en 1929, en 1931 por V. Gareth Gundrey, en 1937 por Carl Lamac y finalmente en 1939 bajo la dirección de Sydney Lanfield y el protagonismo de uno de los tres grandes Sherlock Holmes del cine, Basil Rathbone (los otros dos, Peter Cushing por supuesto, y el maravilloso Jeremy Brett). De todas estas, la versión que nos ocupa tiene el honor de ser la primera adaptación del personaje de Sherlock Holmes realizada en color.

“El perro de los Baskerville”, versión de Terence Fisher, mantiene un delicado equilibrio entre la base sobrenatural del relato de Conan Doyle, más adecuada para lo que se espera de una productora de cine de terror como la Hammer, y por otro, respeta y expone acuradamente la caligrafía detectivesca propia de una novela de Sherlock Holmes, algo que exasperó en la época de su estreno a los fans más cerriles de la Hammer, que odiaban ver a Peter Cushing envuelto en complicadas tramas argumentales.

El Holmes interpretado por Cushing es un carácter fiel al espíritu de Conan Doyle. Astuto desde luego, pero también sarcástico y tremendamente pragmático en la resolución de los conflictos. Fisher y el guionista Peter Bryan saben dosificar el impacto de la presencia de Cushing, y no dudan en utilizar una burda excusa argumental para eliminar a Holmes durante buena parte del metraje central del film, dejando la película en manos de Watson y guardar así a Cushing para una magnífica y calculada aparición (uno de los momentos de mayor anticipación del film) en el mismo páramo donde habita el perro, ya en la última parte de la película, cuando por fin se necesita al detective para atar todos los cabos.

Christopher Lee por su parte, interpreta al apuesto y elegante noble Sir Henry. Después de haberse pasado cientos de horas en la sección de maquillaje de los estudios Bray de la Hammer para interpretar a la criatura de “La maldición de Frankenstein” (1957, Terence Fisher), a buen seguro que Lee agradeció encarnar por fin a un personaje “normal”. Condenarse a interpretar eternamente a monstruos y seres deformes y malvados no debía ser fácil, pero para Lee, no pareció haber otra opción, el mismo actor a raíz de aceptar su participación en “La maldición de Frankenstein”, había declarado: “Decidí que si la gente no me apreciaba por la forma en que soy, me haría tan irreconocible que todos se preguntarían entonces: ¿Cuál es la auténtica apariencia del actor que interpreta este papel? De manera que acepté el personaje”. El Sir Henry de Lee es la interpretación sosegada y pulcra que el actor necesitaba para tomarse un respiro y poder volver a convertirse al año siguiente en otro de sus monstruos clásicos: la momia.

“El perro de los Baskerville” forma parte de la era dorada de la Hammer. Es un producto arriesgado, que no contentó ni a hammerianos de pro ni a los seguidores de Sherlock Holmes, y que contó con la habitual prestancia de actores y director, además de la imprescindible fotografía salpicada en colores vivos y contrastados de Jack Asher, la música de James Bernard y los decorados de Bernard Robinson (reutilizados -como era habitual en la productora- del primer Drácula de 1957 dirigido por Terence Fisher).








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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1 comentario en El perro de los Baskerville

  1. Leí la novela “El perro de los Baskerville” de Sir Arthur Conan Doyle, pero la película no pude verla, ¿¿es recomendable??

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