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El planeta de los simios: Escena: Final con la Estatua de la Libertad

“Cae de rodillas, entierra la cabeza entre sus manos. La cámara, lentamente, retrocede y asciende hasta un ángulo alto desvelando lo que Taylor acaba de encontrar. Semi enterrada en la arena, y peinada por las olas está la Estatua de la Libertad”.

Con esta escena termina el guión de El planeta de los simios. Un momento que se ha convertido en emblema de la película e icono de la ciencia ficción a la altura del plano final de 2001: Odisea en el espacio (1968, Stanley Kubrick), o de el dedo de neón de E.T el extraterrestre (1982, Steven Spielberg). Taylor es el único astronauta superviviente de una nave estrellada en un planeta habitado por simios parlantes, donde los hombres son mudos y viven esclavizados. Después de ser atrapado por los simios, torturado y finalmente ayudado por la doctora Zira y su prometido Cornelius, Taylor ha conseguido escapar de sus perseguidores y atraviesa a caballo con Zira, otra humana rescatada de su esclavitud, una desierta playa. Súbitamente Taylor detiene el caballo, mira hacia el cielo y divisa algo que nosotros no vemos todavía. ¡Dios mío! exclama. Cae de rodillas, grita desesperado, es entonces cuando se nos desvela el misterio. Ante nosotros, la mismísima Estatua de la Libertad en ruinas, enterrada en la arena de la playa. Ahora, estupefactos, entendemos el verdadero alcance del viaje de Taylor. No había recalado en otro planeta, sino que había viajado en el tiempo, hasta la misma Tierra miles de años después. Una gran guerra nuclear había destruido a toda la humanidad y sus ciudades, creándose siglos después, un orden invertido en que los simios habían evolucionado de tal forma que ahora los animales eran los mismos hombres.

Toda esta información nos llega a golpe de plano, es un final de impacto visual, cinematográfico, en una novela no tendría el mismo efecto. Es un giro inesperado, porque en teoría la película ya había terminado momentos antes, cuando el protagonista se quedaba con la chica y huía de sus captores; ahora, con este genial quiebro de guión, la escena, y por extensión todo el film, adquieren una contundencia y gravedad extremas. ¿De qué sirve que se haya salvado Taylor? ¿Importa lo que haga ahora libre ya de sus captores? Todo es inútil, porque el hombre ha demostrado su estupidez, se ha destruido a si mismo. Y el film funde con un Taylor de rodillas, soportando todo el peso de esa humanidad que fué capaz de construir símbolos como la Estatua de la Libertad, para luego destruirlos. Ante una escena como esta, si alguien tuviera que llevarse todas las loas, este sería Rod Serling. Guionista y personaje decisivo en la historia de la televisión (fue el artífice y principal guionista de The twilight zone, traducida en Cataluña como La dimensió desconeguda, una de las mejores series de ciencia ficción de todos los tiempos) adaptó, con la posterior participación de Michael Wilson, la novela homónima de Pierre Boulle, empleando dos años de trabajo y logrando finalmente congeniar el dinamismo de un film de aventuras con la ciencia ficción de carácter moral que él tan bien practicaba en The twilight zone.

La clase del guión de Serling y Wilson diluye el trabajo posterior del director Franklin J. Shaffner, cuya aportación más notable fue la de dotar de buen ritmo a todo el film, aplicar contundencia visual cuando la ocasión lo requería (recordemos el momento en que la nave se estrella en el planeta) y como punto flaco, el pasarse con la utilización del zoom, cosa por la que tampoco podemos culparle, siendo la moda de la época.

La producción de la película fue muy laboriosa y cara. Los actores que interpretaban a los simios tenían que presentarse cinco horas antes en el set, para que el equipo de maquillaje de John Chambers les instalara toda la arquitectura de prótesis, falso pelo y capas de maquillaje que los transformarían en simios. El trabajo resultó impresionante, y fue recompensado con un Oscar, aunque también ayudó la labor de los actores. La entrañable doctora Zira, la única que ayuda y comprende a Taylor, fue interpretada con el debido aplomo y determinación por Kim Hunter (la Stella Kowalski de Un tranvía llamado deseo, de Elia Kazan, 1951); mientras que detrás del complejo y temible doctor Zaius encontramos a Maurice Evans, después de que finalmente Edward G. Robinson no aceptase el papel (existen increibles fotografías de Robinson con máscara de simio en las pruebas de maquillaje). Charlton Heston por su parte, está perfecto como Taylor, paseándose en taparrabos por todo el film y rozando la excelencia en el momento en que pronuncia sus primeras palabras ante los anonadados simios que lo creían mudo, “Get away from me, you dirty ape!”. La escena final fue rodada en Zuma Beach, Califonia, y el resto del film a caballo entre California, Utah y Arizona.

A rebufo del sensacional éxito de El planeta de los simios, se abrió la puerta a un montón de secuelas cuya calidad va descendiendo progresivamente. En 1970 Ted Post dirige Más allá de El planeta de los simios, con un nuevo protagonista que aterriza en el planeta en busca de Taylor, y una breve aparición forzadísima y desastrosa del mismo Charlton Heston como Taylor, a petición de los productores, pendientes de utilizarle como reclamo publicitario. La tercera parte se llamó Huida de El planeta de los simios (1971, Don Taylor), La Conquista de El planeta de los simios (1972, J. Lee Thompson) a la cuarta, y a la última parte se la bautiza como Batalla por El planeta de los simios (1973, también de J. Lee Thompson). La Fox, obsesionada en estirar el filón, produjo una serie de televisión que solo se aguantó dos meses, y otra de dibujos animados que consiguió arañar una temporada en pantalla. A partir de esos primeros años setenta, el film original creció en prestigio, su escena final se convirtió en un momento clásico de la historia del cine, y finalmente ya en el siglo XXI, se urdió en los despachos de las majors una nueva versión, esta vez dirigida por Tim Burton en el 2001. La película del director de Eduardo Manostijeras se veía con gusto, aunque solo fuera por la brutal caracterización de Tim Roth, pero todo quedaba en nada cuando llega la escena final, un vano intento de rememorar el impacto visual de la Estatua de la Libertad en la película original.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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