No es muy común destacar El último vals de entre la filmografÃa de Martin Scorsese, la crónica del concierto de despedida del grupo The Band.
Lo cierto es que es una pelÃcula mayor en su carrera, por lo singular del propio evento del que fue testigo, la audacia a la hora de plantear la filmación de un concierto de rock y la propia importancia que siempre ha tenido la cultura rock en la vida un Scorsese cuyos films destilan un latido y una sensibilidad musical extrema, y cuya formación cinematográfica incluye su participación en el montaje de la pelÃcula sobre el festival de Woodstock.
Todo empezó por la decisión de tirar la toalla de The Band. Llevaban más de quince años en la carretera, habÃan editado magnÃficos discos que combinaban las raÃces country-blues de su paÃs, con emanaciones de rock sucio y vibrante, las mismas que contagiaron al cantautor Dylan a mediados de los setenta y le obligaron a cambiar la guitarra acústica por la eléctrica. El disco Music for the Big Pink (1968), y las giras acompañando a Dylan fueron su testamento más importante. Lo habÃan logrado todo y querÃan probar nuevos caminos por separado.
La importancia de The Band en la música americana, junto con la amistad que unÃa a su lÃder y guitarrista Robbie Robertson con Scorsese, fueron la génesis del film.
Asà que el veinticinco de noviembre del 1976, en el teatro Winterland de San Francisco (el lugar donde el grupo realizó su primera actuación como The Band) se decide ofrecer un gran concierto de despedida. VendrÃan las mayores estrellas del momento, la mayorÃa amiguetes de la banda; desde Eric Clapton y Neil Diamond a Muddy Waters y Ringo Starr, de Neil Young y Emmilou Harris, hasta su compadre Ronnie Hawkins. Scorsese preparó la filmación como si de uno de sus films de ficción se tratase. Cada plano estaba previamente planificado y estudiado. Se instalaron gran número de cámaras y travellings en el mismo escenario para no perder detalle, y para añadir solemnidad al evento, la Ópera de San Francisco cedió sus decorados para que el pequeño escenario del Winterland tuviera el aspecto de gran salón palaciego.Â
El trabajo de Scorsese en el concierto se verÃa complementado en el montaje final con entrevistas a los miembros de la banda. Si la actuación transmite el latido de cada instrumento, las emociones, la camaraderÃa, el rock n´roll, las entrevistas son una disección espontánea de una banda en su lado más Ãntimo. Algunas entrevistas fueron realizadas a miembros completamente ebrios (la cogorza del pianista Richard Manuel es más que notable), improvisan canciones en el sofá, hablan sobre sus duros orÃgenes en la música, de las chicas en la carretera y divagan acerca de la historia de la música de su paÃs. Sin tapujos, tal y como son. Como no podrÃa ser de otra forma, a la honestidad e inconformismo de The Band, Scorsese responde con una planificación simple y sin exhibicionismos. Al concierto y entrevistas, Scorsese también añadió unas actuaciones de The Band en los estudios Metro Gldwyn-Meyer de Cuver City, donde interpretan la pieza instrumental The last waltz, compuesta para la ocasión, además de otros hitos de su carrera, como la bellÃsima The weight, junto con los Staple Singers. En suma, los tres segmentos que conforman el film, sabiamente entrecruzados, ofrecen una panorámica sincera y desnuda de lo que significó The Band.
Al principio de la pelÃcula, un rótulo nos pide que subamos el volumen del receptor a tope. Al cabo de unos instantes, empieza la música. Un concierto que no estuvo falto de problemas. Bob Dylan por ejemplo, no confirmó su asistencia hasta poco antes de empezar, y apareció de bastante mal humor. Luego, cuando salta al escenario al final del concierto todo cobra sentido, y el malcarado Bob, junto con sus ex compañeros, nos pone la piel de gallina con Forever young. En el backstage se habilitó una sala para darse unos mimos de coca antes de salir a escena. Eran los años setenta y todo estaba permitido, y más entre colegas. AsÃ, podemos ver a un Neil Young colocadÃsimo que interpreta su emocionante Helpless ante las cámaras con la nariz moteada de polvo blanco.
Otra eventualidad de carácter técnico fue la vitamÃnica actuación de Muddy Waters, filmada en plano secuencia porque hubo un fallo en el resto de cámaras. Los invitados iban desfilando, y The Band seguÃan tocando sin pausa. Los planos de Scorsese no pierden detalle de cada acorde propinado por Robertson, de su duelo con Eric Clapton, de la borrachera de notas musicales en caótica danza ofrecida por el teclista Garth Hudson antes del tema Chest fever, de la expresividad del bajista Rick Danko, del poderÃo vocal del baterÃa Levon Helm en The night they drove old dixie down. Los planos generales realzan lo excesivo de la performance de un bebido Van Morrison en Caravan. Los coros de Emmilou Harris se complementan con la poesÃa del plano a contraluz con que Scorsese muestra a la bella intérprete country. Todo dirigido a los músicos, sin que apenas veamos planos del público. Es un homenaje, una celebración de la música y del intérprete.
La fotografÃa de Michael Chapman, que más tarde trabajarÃa en la mÃtica luz de una New York tapizada de neones en Taxi driver, se ajusta a la atmósfera de club del concierto. The Band no se despidieron en el Madison Square Garden ni nada por el estilo; después de tantos años de llenar arenas por toda América, prefirieron volver al origen de todo, y dar un último coletazo de valÃa y entereza rockera en el sucio Winterland.
Posteriormente al film, la música no abandonó a Scorsese, como tampoco The Band abandonó del todo los escenarios. Años después, el dinero propició que el grupo se reuniera con asiduidad, convirtiéndose en una mediocre banda de familia dominguera y barbacoa, al estilo de los Beach Boys, traicionando el adiós perfecto que sellaron ese veinticinco de noviembre, DÃa de Acción de Gracias, en San Francisco. El lÃder y escritor de la mayorÃa de sus canciones, Robbie Robertson, no cedió nunca a las presiones y se negó a reunirse con sus compañeros después de El Último Vals.
Richard Manuel, el pianista con incomparable voz de un Randy Newman carcomido por dentro, se ahorcó en 1983, y ya en 1999 muere el carismático Rick Danko, bajista. Supongo que los miembros que quedan ya han tenido suficiente y no volverán a tocar como The Band. Descanse en paz el mito.

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Más que calificar “El último vals” como una pelÃcula, para mi es un documental fantástico sobre The Band.
“El último vals” es una gran combinación de entrevistas con el último concierto de The Band.
Martin Scorsese hace con “El último vals” un trabajo perfecto, el retrato que hace del grupo con todos sus pros y contras.
Yo destacarÃa en “El último vals” las actuaciones de Eric Clapton y Neil Young.