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Con la muerte en los talones: Escena en el desierto

Un hombre solo en un paraje desértico (Roger Thornill, interpretado por Cary Grant) citado con otro que no existe (George Kaplan), y un avión que fumiga en una zona donde no hay cosechas. Lógicamente, Kaplan no acudirá a su cita, aunque si lo hará el avión, que intentará asesinar a Roger.

La escena del avión y el desierto es una más de las situaciones sin sentido, de múltiples apariencias y equívocos, y progresivamente más peligrosas que vivirá este egoísta pero simpático, y definitivamente elegante publicista, Roger Thornill, a quien un mañana, en el hotel Plaza, una banda de criminales confundió con George Kaplan, un supuesto espía de quien se quieren deshacer.
 
“Con la muerte en los talones” -dirigida por Hitchcock al poco de haber terminado “Vértigo” (”De entre los muertos”), a partir de un guión original de Ernest Lehman- está repleta de estas situaciones que van quebrando la trama una y otra vez, haciendo que cada vez que Roger sale de un apuro se meta directamente en otro. Es el cine de persecución hitchcockiano elevado a la máxima potencia.

Se ha destacado en repetidas ocasiones el valor visual de esta escena. Un hombre en el desierto, un avión, la imagen icónica de Cary Grant corriendo delante del avión que está apunto de arrasarle. Son imágenes atractivas y llenas de fuerza, aunque en el fondo, como tantas situaciones en el cine de Hitchcock, carezcan de mucho sentido, ¿pues no sería más fácil para los criminales encontrarse con Roger en cualquier sitio y pegarle un tiro? Sí, para cualquier criminal con oficio sería lo normal, pero no para Hitchcock, quien nos lleva a su propio mundo, un lugar donde estas cosas pueden ocurrir, o como destacaba Enrique Alberich en su ensayo de la carrera del maestro del suspense, se da más valor a lo “imposible verosímil”, porque en este universo del director, con sus propias reglas y condiciones, es verosímil que una situación así se de. Es cine al fin y al cabo, la sublimación de las emociones. Por qué limitarnos a enfrentar a Roger con su asesino en una habitación si podemos irnos al desierto y crear una espectacular escena.

Pero no es la espectacularidad visual lo que más destaca aquí, sino el uso del tiempo. Es una escena de tiempo, de espera, de incertidumbre, de espacio temporal, de segundos que van pasando uno detrás de otro como pesadas losas, mientras la tensión aumenta. Si nos fijamos, no hay planos extremos, angulaciones imposibles  de la cámara o acumulación de imágenes a gran velocidad, tan propias de este tipo de cine de acción y suspense. Sí, en cambio, hay una relajación en la planificación y un ritmo pausado, diríamos que a tiempo real, que paradójicamente exaspera al sufrido espectador.
Roger llega al punto en el que se ha citado con Kaplan, una carretera en medio de ninguna parte, y en esta primera parte de la escena, podríamos decir que no pasa nada, aunque el espectador está pendiente, progresivamente exasperado, como ya he dicho, por lo que tiene que acontecer, esto es, la revelación de quién es realmente George Kaplan. Pero en un punto determinado, un hombre que espera el autobús, y al cual, como ha hecho Roger, hemos mirado y remirado, esperando que él fuera Kaplan, le dice algo a Roger que pondrá en marcha el mecanismo de acción de la escena. Mirando un avión que fumiga en la lejanía, le comenta: “Qué raro, aquella avioneta está fumigando cosechas donde no las hay”. Y será entonces cuando poco a poco seamos conscientes de que Roger ha caído en una trampa. A partir de entonces, el tempo de la escena lo marcarán las idas y venidas de la avioneta tratando de matar a Roger. Cuando el avión le sobrevuela su vida corre peligro, y sus únicas oportunidades se dan cuando el aparato tiene que dar la vuelta para volver a sobrevolarle casi a ras de suelo. Pasan tantas cosas: el maizal a donde debe llegar Roger para ocultarse, aunque cuando lo haga, el avión soltará sus gases insecticidas y Roger se verá obligado a salir para no morir asfixiado, y una última sorpresa que de tan rocambolesca es incluso irónica. Roger trata de parar un camión cisterna que se acerca por la carretera, el camión casi lo atropella, da un frenazo y la avioneta, apunto de alcanzar a Roger, se estrella contra la cisterna, provocando una gran explosión y que otros coches que pasan se detengan para ver qué ha ocurrido, algo que aprovecha Roger, en un giro de nuevo hacia la ironía, para robar un vehículo y salir pitando del lugar.

Como vemos, los llamados “bits”, los pequeños núcleos de acción dentro de la escena, son acumulativos. Desde la nada del principio, hasta el avión, la persecución, la explosión… Partimos de un ritmo lento a la rapidez del final.
Para acentuar esa sensación de tiempo suspendido del principio, nos damos cuenta de que, como sucede en “Los Pájaros”, por ejemplo, Hitchcock ha prescindido de la música, otorgando al ruido de los motores de los coches y sobre todo al del avión, una importancia dramática. La ausencia de música acentúa la extrañeza, a tensión y la espera, es como si al dejar a los espectadores sin su guía musical (una música emocionante nos habría prevenido de lo que iba a ocurrir), estos se quedaran tan solos e indefensos como el mismo Roger Thornill. Será al final de todo, después de la explosión, cuando estallen los acordes musicales emocionantes, como si nos dijeran: fijaros el momento tan peligroso y dramático que acabamos de vivir, ha sido increíble. En ese sentido, la música actúa como un alivio a la tensión acumulada en toda la escena, como su punto final.

Hitchcock fue sin duda un investigador del lenguaje cinematográfico, y descubrió que el espectador tiene asumidas demasiadas reglas del espectáculo, y que eso le resta capacidad de emocionarse, así que, por qué no prescindir de la música para enfrentarlo al verdadero peligro de una escena, o por ejemplo, en el caso de “La Soga”, por qué no prescindir del montaje y rodar a tiempo real.

Pero todas estas virtudes del tempo de la escena no brillarían de la forma que lo hacen si  no estuviera protagonizada por Cary Grant. Me encanta como reacciona con ironía a todo lo que le ocurre, no pierde la compostura, a pesar de que sabe el peligro que corre, y ese distanciamiento le hace más simpático. Y por cierto, al contrario de lo que muchos dicen, sí se mancha el traje, pero ojo, nadie se mancha el traje como él.

Lo que empezó con “39 escalones” o “Enviado especial”, ese cine de persecución tan propio de su autor, culmina en esta escena y en todo el film. “Con la muerte en los talones” es un espectacular carrusel en el que el personaje principal trata de resolver su problema (por qué le confunden con otra persona) mientras huye. Y todo a partir de un equívoco, el azar, que tanto ha utilizado Hitchcock en su cine. Hay que ser un director valiente para jugar tanto con el azar y saber que el público no va a soltar un “no me lo creo, esto es imposible”, o un “si hombre, y ahora qué”. Pero es ese mismo azar el que ha creado imágenes tan bellas en la filmografía de Hitchcock, como, pienso ahora, el encuentro casual de Scottie con Judy en plena calle, que dará lugar al regreso de éste al tortuoso pasado, y a querer ver en ella a su amor perdido, o cuando un moribundo se cruza con James Stewart momentos antes de fallecer, y le desvela un terrible secreto que cambiará su vida y la de su familia en El hombre que sabía demasiado.

El azar como generador de la historia. Partimos de un hecho poco probable en la vida real y construimos alrededor de este un nuevo mundo donde todo será posible.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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