buscar
Espanol flagIngles flag

Tiempo estimado de lectura 5:02 min. rellotge
Escena inicial de “Maridos y mujeres” (”Husbands and Wives”, 1992, Woody Allen)

Woody Allen siempre será un estilista. En cuántas ocasiones ha concebido sus films como historias enfundadas en un traje de musical, de tragedia griega, de expresionismo alemán, de film de suspense, de comedia surrealista…

Las historias de relaciones humanas que le conocemos enmarcadas en uno u otro estilo. Variaciones de una misma temática. Unas veces, ese estilo, la forma, supera al propio contenido de la película (”Sombras y Niebla”, “Todos dicen I love you”), y otras, en lo que podríamos llamar films de primera, forma y contenido se unen para formar una película que toca temas esenciales de forma certera, poliédrica, compleja, superando las propias virtudes de las habituales historias de su autor, llevándolas un paso más lejos. Son las películas mayores de Woody Allen, como “Manhattan”, como “Deconstruyendo a Harry”, o como la que nos ocupa, la implacable “Maridos y mujeres”.

A principios de los noventa, su relación con Mia Farrow se venía abajo, y medio mundo declaró a Woody culpable de la ruptura final. Mientras la crisis estaba en su apogeo, al director no se le ocurrió otra cosa que auto infligirse una película que profundizaba en una crisis matrimonial como la que él mismo estaba viviendo. Quizás por eso el film resulta tan certero, y a la vez tan veraz. Allen lleva años hablándonos de él mismo, pero pocas veces lo ha hecho con esta sinceridad en uno de sus peores momentos personales. “Maridos y mujeres” es una amarga crónica del triste proceso del matrimonio, de qué ocurre si después de tantos años juntos nos planteamos qué demonios hacemos tu y yo juntos. De si vale la pena o no.

“Cuesta mantener un matrimonio a flote, con toda la frustración que conlleva”
“No podéis seguir juntos por miedo”
“Si volvierais al principio ¿Os volveríais a casar?”

Son estas, frases que pronuncian los personajes de “Maridos y mujeres”. Un film impactante, desgarrado que empieza con una impagable escena: El matrimonio Judy y Gabe (Mia Farrow, Woody Allen) reciben en su casa la visita de sus mejores amigos, la pareja Sally y Jack (Judy Davis, Sydney Pollack). Han quedado para cenar, todo normal, una típica situación de película de Woody Allen. Pero al llegar, sus amigos, con toda la tranquilidad del mundo les comunican que tienen una noticia importante qué darles. Pensamos en embarazo, adopción, viaje, casa nueva…  pero la noticia no la esperamos: “Nos separamos”. Pero oye, que no pasa nada, nos vamos a cenar igualmente. Judy y Gabe no pueden creerlo, sus mejores amigos llegan y dicen que se separan, pero que tranquilos, salimos a cenar y nos divertimos. En cinco minutos, ya tenemos el conflicto del film: La noticia de Sally y Jack será la mecha que encienda las dudas tanto de Gabe como de Judy: ¿Son verdaderamente felices? ¿Qué ocurre cuando se sienten atraídos por otra persona? Y empieza así una crisis que no se resolverá hasta el final del film, y de la forma más amarga.

La situación de la escena es de una violencia notable. Un hallazgo dramático. Nadie comunica que va a divorciarse de esta forma, pero lo más importante será el efecto que esta noticia, más allá de la indignación que provoca al principio en Judy y Gabe, tendrá en los personajes. El film se desdoblará en la vida de cada uno de los miembros de estas dos parejas, como Gabe y Judy se distancian, descubren que tienen secretos el uno con el otro,  como quizás es la inercia de los años, o el recuerdo de tiempos mejores lo que les mantiene juntos, y como por el contrario, Sally y Jack dan la vuelta completa hasta reencontrarse de nuevo, aceptando de forma patética pero comprensiva que vale más la pena esconder los problemas bajo la alfombra y tratar de seguir adelante juntos, son demasiados años uno al lado del otro, demasiada vida compartida. Demasiada comodidad.
De vez en cuando, entre las diferentes escenas, cada personaje, a la manera Bergmaniana, se sitúa delante de la cámara y, como si estuviera en la consulta del psicólogo, profundiza sobre lo que ha hecho, lo que opina de su comportamiento o el de su pareja. “Maridos y mujeres” es en este sentido una investigación de las diferentes caras del matrimonio, de la frustración y la mediocridad de las relaciones una vez superado el umbral de la pasión.
Pero en esta escena inicial domina un realismo feroz, es un plano secuencia, como una pequeña obra de teatro en un apartamento de Manhattan. Como “La gata sobre el tejado de Zinc” pero a mil revoluciones por minuto. La cámara de Carlo di Palma se desplaza por el apartamento de forma maníaca, moviéndose entre un personaje y otro, independientemente de que sean enfocados mientras hablan o escuchan. La cámara somos nosotros asistiendo anonadados a lo que está ocurriendo. Tratamos de escuchar lo que se dice, de mirar  a uno u otro personaje, y estamos igual de nerviosos que ellos. Es otro hallazgo más que el director utilizará en posteriores films, en este caso de estilo: el cinema verité versión Woody Allen. La cámara al hombro desplazándose de forma espontánea por la escena. El mismo Allen les decía a los actores que se movieran por el set como quisieran, independientemente de la iluminación, y que si se repetían tomas, pues que cambiasen sus movimientos si así creían que debían hacerlo. Al operador de cámara simplemente le dijo: “¡Coge lo que puedas!”, y a su montadora, pues que se iban a divertir cortando planos por donde les viniera en gana. El resultado es una cámara tan agitada como los propios protagonistas. El resultado es la verdad de la escena.

Esta escena plantea los dos importantes retos conceptuales de “Maridos y mujeres”: ser el chispazo de salida a una historia sobre el sentido del matrimonio, y crear prácticamente un nuevo estilo de realismo, con la libertad de los actores, el movimiento espontáneo de la cámara y los cortes bruscos entre plano y plano, ofreciendo frases entrecortados, silencios repentinos y reacciones inesperadas. La cámara de Allen consigue captar lo que quizás con un estilo más académico y asumido por el espectador, nos pasaría por alto. Es curioso como el estilo académico ayuda a que el espectador decodifique los sentimientos de la película con facilidad: una grúa elevándose sobre un personaje significa soledad, un zoom hacia un primer plano significa que entramos en los sentimientos de alguien etc. Pero ese estilo tan consensuado después de años y años de cine comercial siempre dejará sentimientos al margen, por ello necesitamos nuevas formas de expresión, nuevos métodos para observar la realidad cinematográficamente, fuera del academicismo que, al fin y al cabo, encierra la vida en las cuatro paredes de un puñado de normas visuales aparentemente irrompibles.

Yendo ya muy lejos, “Maridos y mujeres” me parece una de las últimas grandes obras de Woody Allen. Aunque no olvida el tono de comedia, si que posee una carga de sentimientos que no encontramos en muchos de sus films posteriores. Es una buena película para ver antes de decir el “sí” en el altar.

O quizás mejor no.

1 Estrella2 Estrellas3 Estrellas4 Estrellas5 Estrellas (1 votos, promedio: 5 de 5)
Cargando ... Cargando ...



...por Marc Monje ...por Marc Monje


Enlaces Patrocinados:



Otros Reportajes:


Los más comentados:



Publicidad


Publicidad




PortalMundos Factory, S.L. | 2000 - 2008 | Hosting Profesional por isyourhost.com isyourhost.com