El de Fellini es un mundo creativo fuera de lo común, empezando por la elaboración que él mismo quiso hacer de su vida, asegurando que a los doce años se habÃa enrolado en un circo ambulante.
Aunque no se ha podido demostrar que esto fuese cierto, es su cine lo que constituye un enorme circo humano.
Federico Fellini nació en Rimini en 1920, en el seno de una familia acomodada, y ya de pequeño se hizo manifiesta su inventiva y sus grandes dotes para el dibujo. Su andadura profesional empezó en el terreno del cómic -colaboraba en diversas revistas como viñetista- y hacia los años 40 se introdujo en el mundo del guión cinematográfico. Aunque nunca abandonó su afición por el dibujo, y de hecho nunca dejó de ser dibujante: sus pelÃculas son un ejercicio artÃstico, un dibujo cuidado de viñetas de costumbres y de tipos humanos en los que el artista proyecta su yo de un modo muy caracterÃstico. Aunque redundante, el adjetivo “felliniano” es el más apropiado para definir las situaciones y personajes surrealistas con que construye sus filmes.
Su nombre es clave en el cine italiano de la posguerra. Fellini es uno de los primeros cineastas que contribuye a dar proyección hacia el extranjero de un nuevo cine italiano, emergente y de fuerte personalidad, con rasgos de identidad muy caracterÃsticos.
Federico Fellini no deja de ser heredero del neorrealismo. En sus primeros años en el mundo del cine colabora activamente en las primeras pelÃculas de Rossellini (Roma ciudad abierta, Paisà , L’amore) y no se puede negar que el influjo neorrealista deja huella en su forma de filmar, aunque no tarda en distanciarse de sus postulados para evolucionar hacia unas formas más personales. A la manera de acercarse a la realidad propia de la mirada neorrealista le añade su filtro particular, una gran dosis de fantasÃa, haciendo honor a su frase “El único realista de verdad es el visionario”.
La primera obra enteramente dirigida por Fellini es “Los inútiles” en 1953. A ella le seguirá “La Strada”, donde retrata el mundo de los cómicos ambulantes, y donde ya interviene en el papel estelar su mujer Giulietta Massina. Ambas obtienen el León de Plata en la Muestra de Cine de Venecia. 1956 es el año en que dirige “Las noches de Cabiria”, también con el protagonismo de Massina, y en que La Strada obtiene el Óscar de la Academia a la mejor pelÃcula de habla no inglesa.
En 1957 “Las noches de Cabiria” ganará el mismo galardón y será la inspiración de “Sweet Charity”, musical dirigido por el coreógrafo y director escénico Bob Fosse. Éstos son los primeros de una larga serie de premios para los que el Fellini dedicó una estancia entera de su casa.
Ahora bien, fue “La dolce vita” (1959) la pelÃcula que lanzó a Fellini a la fama internacional de un modo definitivo, y que junto con “La aventura de Antonioni” y “Rocco y sus hermanos”, de Visconti, hizo patente que el cine italiano tenÃa mucho que decir. “La dolce vita” causó un escándalo en su estreno: aun asÃ, obtuvo la Palma de Oro en Cannes y es la pelÃcula emblemática de Fellini. En ella aprovecha el periplo de un desencantado periodista tras una actriz extranjera para retratar una aristocracia decadente, y una Roma al mismo tiempo sofisticada y sórdida. Esta caracterización fantasmal de la ciudad aparecerá frecuentemente en su filmografÃa, asà como el actor Marcello Mastroianni aparecerá en más pelÃculas como trasunto del propio Fellini. “La dolce vita” deja huella más allá de su calidad artÃstica; además de la figura del paparazzi y de una imagen heterodoxa de Roma, representa un trayecto de aprendizaje por terrenos onÃricos, que aleja a Fellini un paso más de la representación realista.
El retrato de personajes colocados en decorados artificiosos, rayando a veces en lo postizo, es una constante felliniana. AsÃ, Fellini acostumbra a proyectar sus propios fantasmas en estos escenarios, y el resultado es un retrato carnavalesco donde el espectáculo y la psicologÃa freudiana se entremezclan. Los travellings por paisajes decorados con múltiples figurantes le sirven para pintar sus sueños, recuerdos y pesadillas: sus visiones como artista que no renuncia, sin embargo, a lo real.
Siguiendo en sentido cronológico, Fellini utilizó el color por primera vez en 1965, con “Julieta de los espÃritus”, una obra menor protagonizada por su mujer, enigmática historia sobre la introspección y las visiones de una esposa atormentada por las infidelidades de su marido. Tras sufrir una crisis nerviosa y producir una obra para la RAI (”Los payasos”), Fellini reemprende la dirección y realiza “Roma” en 1971, cuya peculiaridad es su nula aspiración narrativa. Se trata de una crónica documental sobre Roma, presentándola como escenario de un equipo de rodaje. Fragmentos de diversos momentos en el tiempo se alternan, en una estructura de cuadros -nada de hilo argumental- creando un caos narrativo que pone punto y final no sólo a la imagen arquetÃpica de Roma y sus monumentos iluminada por una nÃtida luz diurna, sino también al cacareado “realismo” italiano.
Fellini seguirá en la recuperación de recuerdos con “Amarcord” (1973), también dotada de un Oscar, una crónica nostálgica de su misma infancia y de los personajes surrealistas que poblaban acaso sus fantasÃas. En dichas evocaciones destaca poderosamente la figura femenina, a la vez maternal y erótica, arquetipo que Fellini construyó y popularizó. Sobre la naturaleza de la mujer realizó Fellini en 1980 “La ciudad de las mujeres”, que obtuvo escaso éxito.
En 1983 volvió al mundo de los artistas con “Y la nave va”, pelÃcula sobre las contradicciones del espectáculo y un espectáculo barroco en sà misma, a bordo de un crucero habitado por artistas lÃricos.
En este seguimiento sintético de la obra de Fellini hemos obviado a propósito una obra cumbre, “Ocho y medio” (1962), porque merece un capÃtulo aparte. “Ocho y medio” recoge de alguna manera toda la obra felliniana. Es un ejercicio de meta-cine sobre la pelÃcula que quiere hacer un director en bloqueo creativo (Mastroianni); director que también es Fellini. La pelÃcula, al final, es “Ocho y medio”: el proceso de idear un filme se convierte en el filme real. Y en él aparece de forma más clara que nunca el yo de Fellini diseccionando sus obsesiones -con una presencia especial de los sentimientos ambivalentes hacia las mujeres de su vida-. “Ocho y medio” es importante porque Fellini directamente se desnuda y recoge el circo ambulante de sus fantasÃas, en un complejo autoanálisis propio de un cine reflexivo y personal; en una palabra, moderno.

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“La dolce vita” es para mi la mejor pelÃcula de Fellini, retrata Roma y la clase alta italiana cáusticamente. Su obra maestra.
Yo no me canso de ver “La dolce vita” una y otra vez es la mejor pelÃcula de Roberto Fellini.
Pero Fellini consiguió el prestigio internacional gracias a “La Strada”. Aunque su mayor éxito fue claramente “La dolce vita”.