En los treinta primeros años de cine, la época del mudo, el nuevo arte tuvo que luchar por sustraerse de la base teatral de la que, en parte, procedía.
Fueron sólo algunos visionarios los que empezaron a considerar el aspecto visual de las películas como algo más que una traslación del frontal escenario de teatro. A partir de ese momento, con la inestimable ayuda de la carencia de sonido, aspecto que estimulaba la imaginación visual del creador, el lenguaje visual dio un decisivo salto cualitativo.
El cine pasaba a ser cine, con sus reglas y su lenguaje, y el teatro se dejaba para los escenarios. Entre estos visionarios, poco antes de entrar en la década de los veinte, apareció uno que se consolidó con el paso del tiempo como un verdadero artista total, un autor de sus propias obras, un director de cine cuya personalidad dejaría huella en cada uno de los fotogramas de sus películas, y en la de sus innumerables seguidores e imitadores; nació en la Westphalia alemana en 1888, triunfó a ambas orillas del Atlántico y murió demasiado joven, dejando detrás una leyenda negra y una herencia artística inigualable. Su verdadero nombre era Friedrich Wilhelm Pumple, pero se le conoció mundialmente como Friedrich Wilhelm Murnau.
En Alemania, Murnau estudió historia y de muy joven trabajó para la compañía teatral de Max Reinhardt, cuya influencia perduró en toda la obra del joven artista. Durante la Primera Guerra Mundial, fue piloto del ejército alemán y una vez finalizadas las hostilidades empezó su carrera cinematográfica coincidiendo con la época de la República de Weimar y su esplendor artístico.
Su primera obra importante es la mítica “Nosferatu”, de 1922, preciosa oda de terror, donde se adapta apócrifamente la novela de Bram Stoker “Drácula”, convirtiéndola en una historia donde lo importante son las ausencias, el sentimiento del amante que sabe que su pareja está en grave peligro, a pesar de la distancia geográfica que les separa; Murnau utilizó para crear esas sensaciones de ausencia-presencia el montaje paralelo de escenas que ocurren simultáneamente en lugares distintos. La extraordinaria creación del actor Max Schreck como el vampiro de movimientos frágiles y aspecto de reptil-roedor (que reproduciría John Malkovich en la, por otro lado, desastrosa “La sombra del vampiro”), el uso de película sin positivar para crear efectos irreales o incluso la novedad de ver a un vampiro campando a sus anchas a pleno sol son sólo unas cuantas razones para disfrutar hoy en día de este film.
En 1924, Murnau dirige la que muchos consideran su obra decisiva en cuanto a estilo visual. Adscrita al Kammerspielfilm, “El último” es una obra capital en lo cinematográfico y emocionante en lo humano. Un pedazo de la vida de un ufano portero de un gran hotel caído en desgracia, un pedazo que llega a tocar muchas fibras sensibles de eso que llamamos vida. El camino que lleva al protagonista (el soberbio Emil Jannings, actor decisivo tanto en el mudo como en el sonoro) desde la puerta del hotel donde recibe a los clientes más distinguidos hasta su degradación como trabajador cuando le ordenan que deje su puesto y su uniforme y trabaje en los lavabos del hotel. Un camino aparentemente corto, pero que Murnau convierte en una tragedia sobre el orgullo y la humillación, la pérdida de lo que nos importa en la vida y la crueldad de la sociedad.
Pero no nos desviemos de lo más importante de “El último”, porque es en este film donde se muestran las constantes estilísticas de su autor, básicamente en cuanto a lo visual. Murnau crea pintura en movimiento, investiga la profundidad de campo, orquesta complicadas coreografías con los actores en el decorado, creando una armonía dramática en la imagen, se sirve de falsas perspectivas, con suelos y techos inclinados, acercamientos y alejamientos de los actores, objetos en primer término para crear efectos dramáticos…
Murnau es de esos directores para los que cada plano ha de decir algo, ha de expresar algo importante. Él imagina el encuadre que mejor expresa el momento de la narración, y concibe más tarde el decorado, la actitud y movimiento del actor, y el movimiento de cámara en función de ese encuadre que tiene en mente. Un plano, una idea.
Murnau, a partir de influencias básicamente pictóricas, como son las de Rembrandt y el propio expresionismo del que bebe toda su obra, crea un lenguaje propio siempre sujeto a la idea que se quiere transmitir, nunca gratuito, nunca estético porque sí.
Después de “El último”, Murnau filmaría otras obras maestras ya en Hollywood, donde llegó como artista consagrado y admirado. “Amanecer” (1927) es, junto a “Nosferatu”, su obra más conocida, y de nuevo se trata de otro poema dedicado a las bajezas humanas, en el que participa como guionista Carl Mayer, alguien decisivo en la obra del director alemán. A pesar de que el film gana tres Oscars (mejor película, interpretación femenina –J. Gaymor- y fotografía, de Charles Rosher y Karl Strüs), Hollywood no sentó del todo bien a Murnau. El hijo de Robert Flaherty (importante documentalista y productor de la última obra de Murnau, “Tabú”, de 1931) dijo del director: “Quería librarse de Hollywood. No lo aceptaba, y sabía que le estaban robando su toque”.
En todo caso, Murnau llegó a facturar otra película esencial el mismo año de su muerte. “Tabú” es para el alemán lo que “Une partie de campagne” (1936) o “El Río” (1951) sería para Jean Renoir, una película libre, un canto a la naturaleza y a la inocencia de la vida. Ver “Tabú” es ver luz, la luz de la eterna juventud. El film, como ya hemos dicho, contó con la participación de Robert Flaherty, algo que no es de extrañar, si observamos el corte naturalista que desprenden sus imágenes.
Poco después de terminar “Tabú”, Murnau muere de accidente de coche, contaba tan sólo con 43 años. Lo que fue una desgracia para el mundo del arte, se convirtió también en la comidilla de los saraos de Hollywood, pues era conocida por muchos su condición de homosexual, y parece que el coche en el que viajaba se estrelló cuando él y su acompañante practicaban algún que otro juego sexual. Este tipo de datos, junto con su afición por el ocultismo (recibía a menudo visitas de adivinos en su casa) dan notas de morbo a la vida de un artista-total que murió demasiado joven, aunque sí se preocupó por dejarnos un buen puñado de magníficas y modernas películas.

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Murnau revolucionó el lenguaje cinematográfico, lo convirtió en una obra de arte.
Felicidades por el reportaje, es una fantástica biografía de Murnau.
Considero F.W. Murnau y Fritz Lang como dos de los mejores directores expresionistas.