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George Cukor

En la década de los 30: “Cena a las ocho” (1933), “Mujercitas” (1933), “Margarita Gautier” (1937), “Mujeres” (1938).

En los cuarenta: “Historias de Filadelfia” (1940), “Luz que agoniza” (1944) y “La mujer de las dos caras” (1941).

En los cincuenta: “La costilla de Adán” (1950) y “Ha nacido una estrella” (1954).

En los sesenta: “El multimillonario” (1960) y “My fair lady” (1964).

No son precisamente estas, películas que dirigiría a gusto Robert Rodríguez o Alex de la Iglesia. Se trata de algunos highlights de la carrera de George Cukor, director de cerca de cincuenta films que cubren el vasto periodo desde el inicio del sonoro hasta 1981, en una vida profesional que se extendió tanto como la propia historia del cine.

Cukor encarna todo lo bueno y todo lo malo del sistema de estudios llevado a la práctica en su forma más lujosa y rutilante. Se sitúa en el punto justo en que un director no es autor, sino sabio, culto y profesional intérprete de un guión, analista de una historia dada, de la cual extrae el máximo partido posible. Su filmografía no trabaja sobre la base de una misma idea, repetida y evolucionada película tras película, como sí ocurre en otros directores más acordes a la teoría del autor. Durante todos sus años tras la cámara, Cukor no mantuvo una línea conceptual fija, no profundizó sobre un tema en concreto ni evolucionó a partir de alguna obsesión personal. No era el Hitchcock de la culpa o el Welles con las consecuencias del poder. Cukor trabajaba guiones, maximizando el texto que se le daba, extrayendo el máximo partido de sus actores, estilizando las historias que le ofrecían en el marco del Hollywood más deluxe.

La década de los treinta dejó más que afianzadas las bases de lo que será el cine de George Cukor. Visualmente no era un director con dotes privilegiadas. Él fue uno más de los que empezaron a dirigir talkies (los primeros films sonoros) sin preocuparse de acompañar el nuevo avance técnico del sonido con una evolución visual paralela. Sus películas eran teatrales, y no únicamente por rehusar a utilizar la cámara como lo habían hecho los hábiles maestros del cine mudo, sino por proceder del medio teatral (empezó su carrera artística en Broadway) y asignársele casi exclusivamente adaptaciones teatrales de qualite. El oficio teatral de Cukor le reportará no pocas críticas, su nombre será sinónimo de director comercial, adaptador de obras de éxito probado, y se le tachará de ofrecer teatro enlatado.

Cukor es un adaptador hábil, el problema es que en sus primeros films no hace el más mínimo esfuerzo por demostrar que el cine es algo más que teatro filmado en conserva. Será a partir de 1932, con “A Bill of divorcement”, cuando empezará a pensar en soluciones técnicas específicamente cinematográficas para adaptar las obras teatrales con un mínimo de ritmo y riqueza visual. Utilizará para ello planos largos en los que el actor se mueve con libertad y la fotografía resaltará la profundidad de campo.

El cine de Cukor está habitado por gente guapa, moderna y adinerada. Pero no son películas de hombres estúpidos y mujeres bobas; los diálogos son inteligentes y los personajes no son idiotas. Pero por encima de todo, Cukor es ante todo un director de mujeres, definición de sí mismo que él detestaba. Las mujeres son las reinas de su obra, no son comparsas de los hombres, sino protagonistas por ellas mismas, como mínimo a la misma altura que los personajes masculinos. Las mujeres de Cukor, siempre magníficamente dirigidas, son modernas, chic, listas y apasionadamente románticas, soñadoras e incomprendidas por el resto de la sociedad. La mujer ideal de Cukor es tan atractiva y bella como inteligente y sensible.

El director trabajó con excelentes resultados con Jean Harlow, Sophia Loren o Marilyn Monroe (Cukor es el director del último film inacabado de la actriz, “Something’s got to give”, cuyas secuencias rodadas nos muestran a la Marilyn más atractiva y tierna, una delicia); menos fluidez hubo en las colaboraciones con Joan Crawford o Lana Turner. De todas estas estrellas femeninas, la que mejor se ajustaba al ideal de Cukor era sin duda Katharine Hepburn, la heroína independiente, tan romántica como práctica, la protagonista de los mejores trabajos del director, como “Historias de Filadelfia” (1940).

La carrera de Cukor tiene dos etapas muy diferenciadas, la de los treinta y principios de los cuarenta, y la etapa de los años cincuenta. En medio, la Segunda Guerra Mundial, a la que Cukor no dudó en contribuir, con los films patrióticos “Keeper of the Flame” y “Winged Victory”, ambos de 1944.

Su cine a partir de los años cincuenta será una regeneración necesaria. Contará con la ayuda del matrimonio de guionistas formado por Ruth Gordon y Garson Kanin, sus films se agilizarán, filmando en muchas ocasiones en exteriores (llegará a trasladarse a Pakistan para rodar “Bhowani Junction” en 1956) y probará suerte con el musical, como en “Ha nacido una estrella” y “My fair lady”. En la primera, Cukor sorprenderá con una creativa utilización del color y del formato panorámico, estilizando las a menudo disonantes características del Technicolor.

Una carrera repleta de éxitos de taquilla, trabajos con las mejores actrices de Hollywood y no pocas decepciones, como uno de los hechos que marcó su carrera para siempre, el frustrado rodaje de “Lo que el viento se llevó” (1939), del cual fue despedido por David O´Selznick, que dudaba de la capacidad de Cukor para filmar las monumentales escenas panorámicas con la espectacularidad requerida.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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