Los estudios RKO fueron el pariente pobre en la era dorada de Hollywood. Creados en 1928 por la Radio Corporation of America (RCA), que buscaba introducirse en el mercado de los equipos de sonido para salas, entonces una promesa segura de negocio, estos estudios tuvieron cortas épocas de éxitos, largas travesías por el desierto y en general una vida corta, deteniéndose definitivamente la producción en 1957.
Sin embargo, lo que les convirtió en pariente pobre de la MGM, la Paramount o la Fox, fue su humildad presupuestaria por un lado, contrastando con las grandes producciones de los demás estudios, y su inestabilidad empresarial, sometidos a los dictámenes de sucesivos jefes de producción que hacían y deshacían lo que había conseguido su antecesor. La RKO fue en términos económicos un estudio marginal, más en la línea de la Universal o de la Columbia, aunque su sólido circuito de exhibición permitió que se mantuviera al pie del cañón hasta mediados de los cincuenta.
Hoy día, la RKO tiene proporciones casi míticas. Antes de los créditos de cada film, cuando en pantalla aparece la torre de emisiones y el familiar pitido, ya sabemos que asistiremos a una excelente B movie de cine negro, o uno de los clásicos de terror de Jacques Tourneur o incluso a la mejor-película-de-la-história, Ciudadano Kane. Pero a pesar de tales credenciales artísticas, la producción de la RKO jamás pudo compararse a la de la Metro, por poner un ejemplo. Se trató de un estudio humilde, que también a diferencia de la Metro, no consiguió imprimir un estilo reconocible en todos sus films (algo por otro lado positivo, porque durante mucho tiempo, los ejecutivos de la RKO dieron mucha libertad a los directores para que dotasen a sus films del estilo que creyeran conveniente), y por tanto, dificultaba la empatía con el espectador, que sí sabía en cambio lo que iba a ver con solo ver rugir al león de la Metro. Humildes, impersonales e inestables, con periodos de sequía a nivel de producciones alternados con épocas de derroche, con jefes de producción revolucionarios como David O´Selznick o directamente locos como Howard Hughes, con malas políticas de despacho y constante peligro de ruina. Una historia que circula por un camino pedregoso detrás de tanto buen cine.
En los primeros años de existencia, la RKO apostó por el techicolor y films como Río Rita, su primer éxito, pero en general, fueron tiempos desalentadores y mediocres, una lucha por mantenerse en el albor de los años treinta. Enseguida, David Sarnoff, general manager de la RCA, se dio cuenta de que necesitaba un revulsivo y fichó al joven David O´Selznick como jefe de producción. O´Selznick aplicó una política de mayor control de los costes y una nueva forma de trabajar, denominada “unidades de producción”, con la que se daba autonomía a cada unidad encargada de hacer tal película, sin que todo dependiera de una oficina de producción central. O´Selznick fue además quién se hizo con los servicios de directores como George Cukor, Merian C. Cooper y estrellas a punto de explotar como Katharine Hepburn. Gracias a su trabajo aumentaron la producción y los beneficios, con hitos como King Kong, aunque la primera mala racha de los estudios todavía persistía y no habrían claros indicios de haberse recuperado del todo hasta la década de los 40.
Cuando O´Selznick se marcho del estudio a hacer la guerra por su cuenta, Merian C. Cooper se encargó de la producción. Títulos como Mujercitas, la progresiva especialización en la exitosa srewball comedy , los Oscars por El Delator, aquella película de John Ford con Victor McLagen y los musicales con Fred Astaire y Ginger Rogers en plan pareja estelar, afianzaron a la RKO, que en aquellos tiempos también contaba con grandes profesionales en sus estudios, eran admirados por ejemplo sus equipos de dirección artística y diseño de vestuario.
El siguiente jefe de producción fue Samuel Briskin, que logró un acuerdo muy sustancioso para la RKO, al apuntarse la exclusiva de lanzamiento de los films de Walt Disney (que no tardaría en producir la exitosa Blancanieves y los 7 enanitos). La contrapartida a este tipo de movimientos -los contratos con otros estudios- significó también un descenso en la producción de la casa.
A Briskin le sucede Pandro Berman, que no ocupará mucho tiempo el cargo pero sí dará luz verde a clásicos como Gunga Din, con Cary Grant, hombre de la casa aunque actuaba bajo condición de “autónomo”, siendo uno de los primeros actores en no estar sujeto a un solo estudio, y El jorobado de Notre Dame, con Charles Laughton, quién también intervendría en futuras producciones de estudio. George J. Schaefer será quién ocupará el cargo de jefe de producción a partir de 1938. Siguiendo con la política de coproducciones, se alía con el Mercury Theatre de Orson Welles para producir Ciudadano Kane en 1941, símbolo de la libertad creativa que podía llegar a tener un director con la RKO en aquellos tiempos. A pesar de las buenas críticas y su importancia histórica, el film pierde dinero y le cuesta al estudio una ardua batalla con el personaje real en el que se basó Orson Welles para retratar a su Charles Foster Kane, el magnate de la comunicación William Randolph Hearst. Con la igualmente memorable El cuarto mandamiento y la abortada It´s all trae, Welles le hizo perder a la RKO cerca de 2 millones de dólares. Al poco tiempo, Schaefer renunció a su cargo.
Con la Segunda Guerra Mundial, los estudios recuperan el pulso, y ocupa el puesto de jefe de producción Charles Koerner, quién llevaba la cadena de teatros de la RKO. Koerner se aleja de las consignas de Schaefer y anuncia “Más entretenimiento y menos genio”, en un claro guiño del apoyo que había recibido el joven y arriesgado Orson Welles. Consiguen los servicios de muchas estrellas, las cuales alquilan a otros estudios por una o dos películas, de ese modo, se hacen con Ingrid Bergman, que procedía de los estudios de Selznick, y John Wayne, a sueldo en Republic Pictures. Por esta época, el británico Alfred Hitcock rodará obras maestras para la RKO (Sospecha, Encadenados), y el francés Jean Renoir hará lo propio con Esta tierra es mía, con Charles Laughton. Uno de los pasos importantes en estos años cuarenta será el de dar cancha a la serie B para completar sus programas de exhibición, con este movimiento conseguían limitar los riesgos económicos con films más baratos, aunque por ello también se limitaban los beneficios. La serie B sirvió para dar oportunidad a nuevos talentos como Jacques Tourneur (La mujer pantera, Yo anduve con un Zombie), Robert Wise o Anthony Mann.
El cine negro de la RKO marcará, como el terror de Jacques Tourneur, un punto y aparte en la historia del cine, con la fotografía de Nicholas Musuraca y el diseño de producción de Albert d´Agostino en films como Retorno a pasado, también de Tourneur, o Los amantes de la noche, de Nicholas Ray, y estrellas noir como Robert Mitchum, Robert Ryan o Gloria Grahame.
Durante la segunda mitad de los cuarenta vuelve la crisis. La televisión empieza a representar una seria competencia para el cine, algunos países europeos como Gran Bretaña limitan las importaciones de cine americano y empieza la Caza de Brujas anticomunista del senador Mcarthy, que acabará con las carreras de grandes directores.
En 1948 Howard Hughes se hace con la compañía. Su mandato será una maldición para la RKO, con los estudios sometidos a sus caprichos, la producción detenida medio año e investigaciones del propio Hughes entre sus empleados, buscando comunistas hasta debajo de las piedras. Si bien en general los grandes estudios no estaban en buena forma, con Hughes, la situación de la RKO se hizo especialmente mala, aunque se siguieron estrenando grandes obras como Encuentro en la noche, de Fritz Lang y se dio el paso histórico de distribuir en Estados Unidos cine oriental con Rashomon, la obra maestra de Akira Kurosawa.
En 1953 Howard Hughes vende definitivamente los estudios a la compañía General Tire, que acabará cerrando la producción para siempre en 1957.

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