Westerns, comedias, cine negro y de gánsters, aventuras, ciencia ficción y epics bÃblicos. Nada se le resistió a Howard Hawks.
Trabajó en toda clase de géneros individualmente y también los mezcló con facilidad y sencillez, comedia con aventuras, drama con acción. Y en cada género, por distintos que fueran unos de otros, seguÃa siendo Howard Hawks. Las temáticas fueron invariables a lo largo de su carrera, las relaciones entre un grupo de seres humanos en situación lÃmite, la lucha del individuo por el respeto de los demás, los valores de la amistad y la camaraderÃa, las virtudes del trabajo conseguido. Pero estas constantes, lo que llamarÃamos “estilo”, estaban ocultas, soterradas por la propia acción y los personajes, no eran algo evidente o impuesto a golpes de exhibicionismo.
Hawks, como tantos otros directores clásicos, odiaba ser artista, para él, su obra era puro entretenimiento y no prestaba atención a los crÃticos que destripaban sus films en busca de la tan anhelada autorÃa. Jugaba a favor del film, no abusaba de efectismos visuales, la historia era la batuta que dirigÃa la pelÃcula, los demás elementos, los instrumentos.
Detrás de sus acostumbrados planos frontales, esa horizontalidad en la composición de la imagen que algunos confunden con un lenguaje visual convencional, se esconde la intención de edificar, mediante el gesto del personaje y su diálogo, toda la expresividad y, sÃ, la autorÃa de su director. Gesto, diálogo y ritmo al servicio de la historia y personajes, nada más. Eso es Hawks.
Gesto: Con los mejores actores del Hollywood clásico, con Bogart para el cine negro, Cary Grant para la comedia y John Wayne en los westerns. El actor se expresa con libertad, y Hawks subraya los detalles del gesto que revelan la verdad del personaje.
Diálogo: Con los mejores escritores. Hawks, que trabajó como jefe de departamento de guiones en la Metro antes de dirigir, se las arregló para contar con plumas de la talla de William Faulkner o Ben Hecht. Muchas de las frases más mÃticas del celuloide se encuentran en sus films.
Ritmo: Siempre rapidez. Nunca se cansaba de repetir que sus pelÃculas eran un 20% más rápidas que las de los demás.
Las aventuras que vivió en su juventud (piloto de carreras, aviador, Primera Guerra Mundial…) le dieron un buen poso de experiencia que le permitió luego rodar sin miedo, con una personalidad irrevocable. Firmó ocho pelÃculas para la Fox dentro del periodo mudo, y debutó en el sonoro con “La escuadrilla del amanecer”. Su primera obra maestra fue “Scarface” (1932), clásico y violento film de gánsters, fruto de un mano a mano con el productor Howard Hughes que impulsó el proyecto y, después de su estreno, lo retiró de la circulación hasta su reestreno a finales de los setenta, con Hawks ya fallecido.
Su comedia más conocida es “La fiera de mi niña” (1938), dotada de una construcción del gag y un surrealismo sorprendente. Le siguen films de aventuras y acción muy del agrado del director, como “Sólo los ángeles tienen alas” (1939), y más comedia de diálogo fulminante y ritmo desenfrenado, como “Luna nueva” (1939) o “Bola de fuego” (1941).
Hawks factura clásicos como “Tener y no tener” (1945), adaptación de Hemingway que presenta en sociedad a la pareja más caliente del Hollywood de la época, Humphrey Bogart y Lauren Bacall; cine negro atmosférico a partir de una novela de Raymond Chandler con “El sueño eterno”, de nuevo con Bacall y Bogart, en un guión tumultuoso, donde no faltan las incoherencias y la incomprensión de la historia por parte del espectador. Y westerns, en un ciclo con John Wayne que empieza con “RÃo Rojo” (1948), culmina con “RÃo Bravo” (1959), su respuesta a “Sólo ante el peligro”, y termina con “RÃo Lobo” (1970).
En los cincuenta Hawks es por fin encumbrado por la crÃtica, en especial por los jóvenes rebeldes de Cahiers du Cinema, que descubren en su cine una obra coherente y una preocupación del director por imprimir un estilo a todo el conjunto.
Hawks dirige en los cincuenta pelÃculas de todo tipo, desde la ciencia ficción de “El enigma… ¡de otro mundo!” (1953, firmada finalmente por Christian Nyby), hasta la superproducción tÃpica de la época “Tierra de faraones”. Inmortaliza al Cary Grant más salido de madre en “Me siento rejuvenecer” (1952), y a Marilyn Monroe en “Los caballeros las prefieren rubias” (1953).
En 1962 mezcla en las proporciones justas comedia y aventuras con “¡Hatari!”, de nuevo con su amigo John Wayne, revisa “La fiera de mi niña en su juego favorito” (1963) y expone toda su pericia acumulada en el western con “El dorado” (1967), una obra nunca valorada como merece, quizás por estar en la sombra de “RÃo Bravo”. Finalmente, en 1970 “RÃo Lobo” concluirá su basta filmografÃa.
En 1975 recibe un Oscar honorÃfico, vano premio para una institución a quien Hollywood debÃa demasiado, más después de haberlo relegado durante décadas a la indigna categorÃa de director bueno técnicamente conocedor de lo que funciona en taquilla.
Los jóvenes cineastas se postraban a los pies del maestro, pero él se lo tomaba con mucha calma: “Todo lo que hago es contar una historia. No la analizo ni pienso demasiado en ella. Trabajo sobre la base de que si a mà me gustan unas personas, y me parecen atractivas, puedo hacerlas atractivas. Si creo que una cosa es divertida, entonces la gente se rÃe con ella. Si creo que una cosa es dramática, el público también lo cree. Tengo mucha suerte a ese respecto. No me paro a analizarlo. Sólo hacÃamos escenas que eran divertidas de hacer. Creo que nuestro trabajo es entretener”.

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