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Inicio de “Memorias de África” (”Out of Africa”, 1985, Sydney Pollack)

“Yo tenía una granja en África”. Pienso en otra frase: “Anoche regresé a Manderley”, esta última frase de “Rebeca”, la retorcida película con la que Hitchcock aterrizó en América.

A veces, el poder de seducción del cine se encuentra en la palabra, en una simple frase al inicio de una película. Cuánta gente recuerda a “Rebeca” por esa frase aparentemente intrascendente. Y cuantos recuerdan esta “Yo tenía una granja en África”. Simple también, pero encierra algo más, algo muy importante. Es toda una vida.

“Los primeros instantes de Memorias de África” son una solemne lección de cómo apuntar directamente a las emociones del espectador al poco que este se haya sentado en la butaca. Tantos directores y guionistas son conscientes de que si quieres contar una historia bonita, un drama, hazlo viajando del presente al pasado. Porque la nostalgia de lo vivido (incluso lo que pudimos haber vivido y no lo hicimos) es infalible. Todos recordamos. Y el recuerdo suele ser uno de los engaños más dulces que existen. Un paraje donde habitan las sombras del pasado, confundidas, desgastadas, agigantadas o empequeñecidas por el paso del tiempo. Un nido de emociones.

Vemos a una mujer mayor (Karen Dinesen, interpretada por Meryl Streep) en su cama, en medio de un sueño agitado. Y una imagen: un cazador recortado en el crepúsculo, y la mujer recuerda: “Se llevaba el gramófono hasta cuando iba de safari”. Nos está contando quién fue la persona que cambió su forma de ver la vida, el cazador Denys Finch (Robert Redford). Y cuenta también la esencia de la película que nos disponemos a ver: una historia de amor en África, una historia que terminó. Pero como ella misma dice, a Denys le encantaba un relato bien contado, y eso es lo que viene a continuación, una historia en la que quizás no importa tanto el final, si Denys y Karen acaban juntos o no, como el proceso de conocimiento que llevará a cabo el personaje de Meryl Streep, hasta que al final consigue ver el mundo como lo ve Denys, y entonces, lo entiende. Esa es la película, y todo ello, entre imágenes neblinosas fotografiadas por David Watkin y la música de John Barry, ya está en este corto prólogo.

“Memorias de África” es una historia de amor de dos seres distintos, uno es un hombre libre, un aventurero, y jamás renunciará a su independencia, otro, una mujer que ha viajado a África, paradójicamente, para conseguir su estabilidad, una vida junto a otra persona. Ambos vivirán una historia llena de pasión, pero decidirán dejarlo todo donde está, porque no pueden traicionarse a si mismos, renunciar a su más íntimo ser. A veces no basta con encontrar a la persona que llevas buscando toda tu vida, o por lo menos, encontrarla no quiere decir que vayas a pasar toda tu vida con ella. A veces el amor más absoluto es cosa de unos días, y entonces, cuando ves que estás cediendo demasiado de ti mismo, entonces, es mejor parar. Porque dicen que ceder es un acto de amor, pero ceder también es engañarte a ti mismo y engañar al otro, mentir tratando de ser quien no eres. Quizás el mayor acto de amor sea justamente no dejar de ser tu mismo.

El film está basado en la autobiografía de la escritora danesa Isak Dinesen. Se trata de una adaptación muy libre de Kurt Luedke, que relata como la escritora se casa en su Dinamarca natal con un amigo y viaja con él a Kenia (cuando era colonia británica), para regentar una granja dedicada al cultivo de café. Una historia de dificultades en un país salvaje (la relación con los nativos, la lucha por sacar adelante el negocio, con poca cosecha y un terrible incendio), y las dificultades propias de un matrimonio equivocado que no tarda en hacerse añicos. Pero para entonces, la escritora ha conocido a un cazador de la zona, Denys, con el que vivirá un corto romance.
La visión del film pertenece lógicamente al personaje de Karen. Ella es una clásica heroína de melodrama en una no menos clásica historia de amor. Conocerá a un hombre que le abrirá los ojos y el corazón, aprenderá a luchar y a enfrentarse a las dificultades, y finalmente, regresará a Dinamarca siendo una persona nueva.

En su momento, “Memorias de África” conectó muy estrechamente con un público adulto ávido de este tipo de historias. Grandes dramas en países exóticos. Años después, films como “El paciente inglés” volvieron a recuperar estas historias, que siempre han contado con el beneplácito de la Academia, en el caso de “Memorias de África”, con siete Oscar (mejor película, dirección para Sydney Pollack, guión adaptado, banda sonora, fotografía, dirección de arte y edición de sonido) de un total de once nominaciones.

“Memorias de África”, “El paciente inglés”, “Titánic”… Las narraciones románticas de corte clásico son consustanciales al cine, y en cierto modo, cada vez que un film así destaca en las carteleras, es como una recuperación del cine más esencial, heredero de la novela, las historias, en suma, bien contadas, aquellas que tienen el inequívoco regusto a lo ya conocido y cuya magia en mi opinión, es la de no aportar nada nuevo y aún así proporcionar la emoción de la primera vez. La historia de la narración, en cine, en novela, no avanza únicamente a fuerza de romper moldes, sino que sigue estando ahí, concitando el interés de todos porque cuenta las mismas cosas, las mismas emociones, vestidas en cada ocasión con el talento particular de su creador. En manos de otro equipo y sobretodo con menos presupuesto, “Memorias de África” habría sido tan sólo una buena historia. Pero con dinero, actores comprometidos con sus papeles, un buen director, y buenos técnicos, la película se convierte en mito, un film que hoy día todo el mundo recuerda, más de veinte años después.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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