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Inicio de Spione (1928, Fritz Lang)

Que el cine mudo en la segunda mitad de los veinte, cuando apuraba los últimos tiempos de vigencia, estaba muy evolucionado a nivel visual es algo que se ha repetido con razón en millones de ocasiones.

Murnau, Von Stroheim, Dreyer y tantos directores habían afinado el carácter visual de sus obras hasta límites insospechados. En aquella época sí que valía el tópico de que una imagen vale más que mil palabras. Entre otras cosas porque no habían palabras, y nadie podía apoyarse en el diálogo para explicar una historia, estaba todo en la imagen. La demostración de que el ser humano avanza cuando se le limita.

Pero visionando un film como “Spione” (dirigido en 1928 por Fritz Lang, escrito por su famosa esposa y escritora Thea von Harbou) hay que decir que no sólo la imagen había avanzado a pasos agigantados desde el estatismo teatral de Mélies, veinte años atrás, sino que el montaje como herramienta narrativa y emotiva también había llegado a cotas increíbles de expresividad. Quizás aquella década de los veinte fue la más revolucionara de la historia del cine. Yo lo creo así.

Hablar de montaje en el cine mudo suele pasar por hablar única y exclusivamente de los maestros rusos, pero si bien la teoría en la que se sustentó la narrativa post rodaje para el futuro provenía de Eisenstein, Pudovkin etc. bien es cierto que otros autores pusieron en práctica un montaje moderno y adelantado a su tiempo en sus películas. Los primeros minutos de “Spione” son prueba de ello. En muy poco tiempo entramos por un lado en el ritmo vibrante, sin descanso, del film, mientras también nos informan sobre lo que va a acontecer. Es decir, la fórmula perfecta: emoción e información.
La secuencia relata en un puñado de planos rápidos la impotencia del estamento de la ley y el orden ante una oleada de crímenes. Alguien está robando importantes documentos de diversas instancias oficiales sin que los servicios del orden puedan hacer nada para evitarlo. Empezamos por un plano detalle de un ladrón abriendo una caja fuerte, seguimos con otro del mismo ladrón introduciendo unos documentos en un sobre. Luego salta la noticia del robo, y en un plano magnífico, aunque indudablemente kitch, las torres de las emisoras de radio lanzan ondas con la noticia; sin descanso, un plano más con otro robo, esta vez con el asesinato de un ministro incluido, más documentos robados, y luego, distintos personajes en sus oficinas desesperados al encontrar sus cajas fuertes desvalijadas. El caos se va acumulando hasta el final de este rush inicial, con el jefe del servicio secreto leyendo las críticas a su labor ante la ingente cantidad de robos. Entra entonces a su despacho un agente con una noticia esencial, ha averiguado quién es el causante de los crímenes, pero en el momento en que va a desvelar su nombre, alguien le dispara por la ventana. El jefe del servicio secreto se echa las manos a la cabeza, acaban de matar a un agente en sus propias narices:

“Dios todopoderoso ¿Qué autoridad está metida en este asunto?”

Entonces cortamos del rótulo a un primer plano de ese causante. Un rostro que mira fijamente al espectador, con ojos felinos y expresión diabólica. Un plano sostenido, largo. Y una sola palabra en el siguiente y último rótulo de la secuencia:

“Yo”.

Así, con una rapidez estratosférica nos acaban de meter en la trama del film y en su dinamismo. Algo gordo está sucediendo, los servicios policiales no saben qué hacer, y el causante de todo es el malvado Haghi (Rudolf Klein Ragge), que luego sabremos que mantiene una doble vida como presidente de un banco y líder de una omnipresente organización criminal dedicada al chantaje y el espionaje. Pero por ahora, con este inicio, sabemos lo esencial. Lang establecía la economía a la vez que el efectismo del montaje moderno.
La escena, visualmente, también propone unas formas narrativas muy concretas. El uso de angulaciones extremas (ese impagable contrapicado del motorista) planos detalle, primeros planos y la fascinación por los objetos. Lang emplea mucho tiempo en enseñarnos como el ladrón abre la caja fuerte e introduce el sobre con los documentos y en el resto del film se recreará en planos de cartas, más documentos, armas y demás artefactos. Como se ha dicho, “sensación pura, el desarrollo del personaje no existe”, o lo que es lo mismo: espectáculo.

“Spione” es un film moderno, o que quería ser moderno en la época. Tanto que es fácil ver en sus imágenes un cierto tipo de pintura y fotografía vanguardista. En esta escena primera, sin duda, las antenas de radio, y en posteriores momentos, las mini cámaras, las armas ultra modernas, la tinta invisible… Y modernidad también en la concepción de los decorados, como es el caso de la central desde donde Haghi controla a sus espías, con su despacho desde el que vigila todo lo que sucede en la ciudad y esa zona de escaleras y diversos pisos, cual Bauhaus dedicada al diseño y consecución del crimen del futuro.
Hay en “Spione” un ansia de mostrar hasta donde puede llegar la tecnología, no sólo en los objetos inverosímiles como esa tinta invisible, o en las arquitecturas, sino muy especialmente en las comunicaciones. Los teléfonos, las antenas, las ondas que trasladan información a kilómetros de distancia. Los crímenes se producen en un plano, y en el siguiente ya tenemos al inspector de policía recibiendo una llamada del ministro que se queja de por qué tarda tanto en resolverlo.

Como obra sofisticada, moderna, “Spione” no es sin embargo optimista al respecto de los avances de la humanidad. Está bien que el hombre viva en una nueva sociedad de la información y la tecnología, pero el problema radica en que la otra cara de la sociedad, el crimen, también aprovechará esa tecnología para sus fines. Por ello, “Spione” es un film de enfrentamiento entre la sociedad legal y la del crimen para dominar el futuro (como la lucha en M, el vampiro de Dusseldorf, en ese caso un enfrentamiento entre ley y crimen para salvaguardar sus intereses y modus vivendi ante las acciones criminales de un asesino de niños que ha roto sus respectivos esquemas), y la lucha en ese futuro ya no es un cuerpo a cuerpo, sino que se basa en el espionaje. Haghi utiliza a bellas femme fatales para extraer información privilegiada de personajes importantes, una de ellas, la protagonista femenina del film, Sonja (Gerda Maurus), mientras que las fuerzas del orden ponen a su vez en la calle a más espías que puedan descubrir los movimientos de la organización de Haghi, como el otro protagonista del la función, el Nº 326 (Willy Fritsch). Unos se espían a otros en un círculo irrompible, que fascina a Lang y produce una serie de equívocos, dobles identidades, disfraces y engaños propios de un film de Hitchcock. Los dos espías, por cierto, no tardan en enamorarse.

Recomiendo un visionado atento del film, con luces apagadas y sin nadie que os haga la puñeta (aprovechando además la calidad de la copia restaurada que recientemente se ha puesto a la venta). Es fácil perderse en las docenas de situaciones, y los personajes secundarios, así que mucha atención. Por esa misma razón, una secuencia como la que inicia la película resulta además, útil, porque te encarrila en la historia rápidamente. Empiezas a contener el aliento, y con un poco de suerte, no lo sueltas hasta el final.

“Spione” sorprenderá a quien crea que el Lang de la época muda es únicamente el Lang de Metropolis. Este es un film mucho más complejo y, no lo olvidemos, entretenido, o como lo han definido: Poesía pirotécnica.

Lo dicho, contener el aliento.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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