En el año 1916 el cine llevaba poco más de una década de historia y D. W. Griffith era el director de cine más importante del mundo.
Sin que la sociedad hubiera tenido siquiera el debido tiempo de digerir los avances técnicos y de lenguaje cinematográfico que se plasmaban por primera vez en su capitalísima “El nacimiento de una nación” (1915), Griffith, en un continuo estado de gracia creativo, además de rico y poderoso, ya había formado junto con otros dos linces de aquel cine en pañales Thomas H. Ince y Mack Sennett, la productora Triangle Pictures Corporation, y encaraba su nuevo proyecto que iba a titular “Intolerancia”.
El director tenía a la industria del cine en un puño y podía hacer lo que le viniera en gana, por ello, espoleado además por las molestas acusaciones de racismo a raíz del mimo con el que trataba al Ku Klux Klan en “El nacimiento de una nación” (aunque se dice que la posición política de Griffith en el film era fruto del trauma que le causó el desastre sufrido por su padre en la Guerra de Secesión), decidió dar a conocer su lado más liberal, planteando “Intolerancia” como un ambicioso fresco dividido en cuatro historias que representan otros tantos periodos de la humanidad, en los que se muestra cómo esa intolerancia consustancial al ser humano y presente en las cuatro historias, ha hecho de la vida algo básicamente infeliz. Las cuatro etapas elegidas fueron el ataque sirio a Babilonia bajo el reinado de Baltasar, la Pasión de Cristo en Palestina, la lucha entre católicos y protestantes en la Francia de Catalina de Medicis y un drama social contemporáneo ambientado en un barrio obrero de Nueva York. Las cuatro tramas históricas estarían entrelazadas a lo largo de todo el metraje por la imagen de carácter atemporal de una mujer (Lillian Gish) meciendo una cuna que simboliza la humanidad.
Griffith optó por asumir el proyecto a lo grande, y diseñó “Intolerancia” con forma de espectáculo, el mayor espectáculo cinematográfico visto hasta entonces. El director junto con sus ayudantes, algunos de ellos futuros autores de renombre como Tod Browning, W. S. Van Dyke o Erich von Stroheim, dispuso de dos millones de dólares, presupuesto que, en proporción a la época, puede ser considerado todavía hoy en día como el más caro de la historia del cine.
No habría lugar a privaciones para los episodios más vistosos del film, como la conocida parte babilónica, y Griffith no escatimó en derroches de aparatosidad y ostentosos decorados. Cifras que hoy asustan: 16000 figurantes en escena perfectamente equipados con vestuario de época (anécdotas: Douglas Fairbanks y Noel Coward estaban entre la multitud) y un decorado faraónico de 70 metros de altura por 1600 de profundidad.
Se utilizó una revolucionaria cámara-globo que sobrevolaba el decorado, construido en un vasto descampado a las afueras de Los Ángeles, y que era la única que podía ofrecer un plano general de todo el montaje; la imagen conseguida por esta cámara es quizás uno de los planos más famosos del cine mundial.
Después de todo el desfile de cartón piedra, cortesanas, cientos de soldados, esclavas y bailarinas, y habiendo rodado un total de 76 horas de película (sin contar tomas malas, ¡76 horas que Griffith consideraba buenas!) se procedió a, por un lado, la reducción radical del metraje primero en 8 horas y más tarde en 2 horas 20 minutos, y por otro al derribo de los decorados, aunque vista la cantidad de dinero que costaba todo el proceso de demolición, se ordenó dejarlos tal cual para que, con el paso del tiempo y a merced del viento, se fueran cayendo solos.
“Intolerancia”, ya lo vemos, es uno de los mamotretos más demenciales que se pueda concebir. Un gigante, sí, pero con pies de barro, porque su mensaje se resiente de la aparatosidad del diseño de producción; nos perdemos nosotros entre tanto exhibicionismo arquitectónico, y se pierde también la sencillísima idea que nos quería transmitir el director, ese discurso sobre la intolerancia que otros hubieran contado mucho mejor con una milésima del presupuesto con el que trabajó Griffith.
El mismo director, demostraría poco tiempo después con la emocionante “Lirios rotos” (1919) que era posible contar historias inolvidables sin decorados inacabables ni cámaras-globo.
Buenos momentos los hay, claro, no olvidemos que este es un film de un director que hacía dos años había revolucionado, o mejor, había creado el cine moderno. Convencen sin duda Lillian Gish, musa habitual de Griffith y Mae Marsh, olvidada vestal del cine mudo que desata emociones intensas en cada uno de los numerosos primeros planos que le dedica Griffith. En otro orden de cosas, podemos observar también el perfeccionamiento de los montajes paralelos que había inventado el propio Griffith, y las escenas de salvamento en el último minuto, aquí más extremas todavía que en “El nacimiento de una nación”.
“Intolerancia” es la contribución más importante de Griffith a la historia del cine épico, que venía escribiéndose hasta entonces con films como “Cabiria”, de Pastrone, y demás obras de la épica italiana, y que continuaría su senda de colosales reconstrucciones históricas en los años veinte y cincuenta.
El periodo de realización y estreno del film representó el punto más álgido en cuanto a popularidad de su director, cuya estrella a partir de mediados de la siguiente década decaería en una de las romerías más tristes vividas por un director de cine, y ya con la llegada del sonido, Griffith se perdió definitivamente, y sus nuevas películas (”Abraham Lincoln”, por ejemplo) se rebelaron patosas y estáticas, algo increíble tratándose del dinámico director de los primeros montajes paralelos de la historia del cine. Griffith no congenió nunca con el sonido, sus primeros talkies eran películas mudas con diálogos encima, sin una mínima reflexión de lo que significaba aunar sonido e imagen.
Pronto, el creador de “Intolerancia” fue apeado al margen de la vorágine del cine de los treinta, y como su decorado babilónico en aquel descampado de Los Ángeles, se abandonó al gran Griffith a merced del viento y del paso del tiempo, como un vestigio neolítico del viejo cinematógrafo mudo.

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D.W. Griffith hace una obra mastodóntica con “Intolerancia” son cuatro películas en una. ¡Impresionante!
Con “Intolerancia” Griffith demuestra que estaba adelantado a su tiempo.
Las cuatro historias distintas que se cuentan en “Intolerancia” no son más que una lucha continua de la intolerancia y el odio contra el amor y la caridad.