Jane Fonda es una de las actrices más controvertidas de las décadas de los 60 y los 70. Su vida, más controvertida aún que su carrera profesional, es digna de ser filmada: ha sido modelo, actriz, activista revolucionaria, embajadora del aeróbic y el culto al cuerpo y sacrificada ama de casa.
Si hay algo parecido a la aristocracia en Estados Unidos, además de la familia Kennedy, son las grandes sagas de actores de Hollywood. Jane Fonda nació en una de las más importantes, el 21 de diciembre de 1937. Su padre Henry era un mito vivo gracias a sus papeles de heroico cowboy en las películas de John Ford. Su hermano, Peter, también fue actor (el mítico motero outsider de “Easy rider”), así como su sobrina Bridget.
Durante su infancia y adolescencia Jane fue terriblemente rebelde, no mostrando interés alguno en seguir los pasos de su padre y ganándose la fama de “chica fácil” entre sus compañeras de colegio, un elitista internado femenino al que fue tras la muerte de su madre.
Posteriormente, tras pasar una temporada “estudiando pintura” en París, Jane se inscribió en la prestigiosa Universidad de Harvard, pero después, para sorpresa y alegría de su padre, decidió formarse como actriz en el no menos prestigioso Actor’s Studio. Jane era una habitual de las portadas de las revistas, en algunas, como en Vogue, aparecía posando como modelo y en otras, las del corazón, por sus incontables aventuras amorosas.
Entró en contacto por primera vez con la interpretación en 1954 cuando participó en una obra de teatro protagonizada por su propio padre y dirigida por Joshua Logan. Al principio no estaba muy convencida de dedicarse a la actuación, pero cuando Logan la llamó para protagonizar una nueva obra de teatro “Me casaré contigo” Jane se decidió hacer caso a sus genes y seguir los pasos de su padre. La adaptación cinematográfica de esta misma obra de teatro supuso su primer contacto con el cine, donde compartió protagonismo con Anthony Perkins (en esta ocasión sin peluca ni cuchillo).
A mediados de los 60 se casó con el director Roger Vadim, quien había conocido el éxito con “Y Dios creó a la mujer” protagonizada por su exmujer Brigitte Bardot. Jane conoció a Vadim durante el rodaje de “Juegos de amor a la francesa”, una nueva versión de “La ronde” de Max Ophüls. Juntos hicieron varias películas, pero quizás la más sonada fue “Barbarella”, auténtica obra culto Pop empapada en la psicodelia de la época. “Barbarella” es unánimemente considerada una mala película y Roger Vadim unos de los directores menos hábiles de la historia, sin embargo su erotismo kitch, la excentricidad de su argumento y su valor iconográfico le han hecho tener una legión de fans desde el día de su estreno. Lo más curioso de “Barbarella” es que Jane Fonda rechazó protagonizar películas que hoy son auténticos clásicos como “Bonnie and Clyde” de Arthur Penn o “La semilla del diablo” de Polanski. Su matrimonio con Vadim le pilló en la época de la liberación sexual y no tuvo problemas en compartir a su marido con varias prostitutas en la cama.
En los sesenta protagonizó otras películas donde hacía gala de su físico: “Los felinos”, “La ingenua explosiva”, “Confidencia de mujer”.
Jane tenía una gran amistad con la cantautora Joan Baez, famosa por su discurso político subversivo y anticapitalista. En pocos meses Fonda pasó de protagonizar los sueños húmedos de muchos americanos a aparecer en las pesadillas del establishment estadounidense. Se la pasó a conocer como “Hanoi Jane” por sus posturas feministas, revolucionarias y, sobre todo, por su oposición a la guerra de Vietnam. Esta oposición la llevó al extremo de identificarse con el enemigo, viajar a Vietnam del norte, fotografiarse posando con baterías antiaéreas comunistas y abroncar, siguiendo un guión comunista, a compatriotas suyos prisioneros de guerra.
Los papeles que aceptaba eran cada vez menos “Sexys” y más comprometidos. Protagonizando películas como “Danzad, danzad, malditos”, “El síndrome de China”, “El estanque dorado”, “A la mañana siguiente” o “Julia” consiguió labrarse una carrera como actriz de prestigio y no de mera “Pin Up”, llegando a ganar el Oscar en dos ocasiones, por las películas “Klute”, en cuyo rodaje inició una relación amorosa con Donald Sutherland, su coprotagonista , y “El regreso”, arrebatándole la estatuilla a la veterana Ingrid Bergman por “Sonata de Otoño”.
En los años ochenta se olvidó de sus reivindicaciones políticas (como la mayoría de los otros activistas) para centrarse en la divulgación, vía fascículos de vídeos de aeróbic, del culto al cuerpo. Jane Fonda se hizo aún más rica gracias a estas cintas, lo que la alejó aún más de los postulados revolucionarios que había defendido pocos años atrás. Asimismo su asiduidad en la gran pantalla fue menguando cada vez más, aún así protagonizó películas como “Gringo Viejo” (que también produjo), “El estanque dorado”, “Agnes de Dios” o “Cartas a Iris” su última película estrenada, donde compartía protagonismo con Robert de Niro. Su metamorfosis en mujer conservadora y familiar se confirmó al casarse con el magnate de la televisión estadounidense Ted Turner; Jane dejó de actuar y centró su carrera en los rentables vídeos de fitness y su vida en ser una atenta ama de casa.
Su boda vino marcada por la polémica, Jane obligó a su marido a firmar un acuerdo prematrimonial, mediante el cual ella renunciaba, en caso de divorcio, a cualquier compensación económica, pero a cambio él debía cederle 9 millones de dólares en acciones de su compañía en el instante de la boda.
Tras 15 años de ausencia Jane decició volver a la actuación participando en “Monster in Law”, acompañando a Jennifer López. Se trataba de una comedia romántica centrada en las siempre polémicas relaciones entre suegra y nuera.

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Jane Fonda es una de esas actrices que siempre será recordada.
Una mujer muy controvertida y de gran personalidad que ha marcado estilo en el séptimo arte.