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Jean Renoir

Era como una obligación. Primerizos universitarios y noveles aficionados al cine, yo y mi amigo nos dirigimos a la biblioteca de la Filmoteca de la Generalitat de buena mañana.

Nos habíamos saltado las clases por una muy buena razón: teníamos la importante misión de visionar en una de las pantallas que la biblioteca pone a disposición de ociosos, cinéfilos y estudiantes una película de la que todo el mundo había escrito comentarios galácticos, en muchas publicaciones incluso la situaban detrás de “Ciudadano Kane” como mejor film de la historia. El director era Jean Renoir, y el film, “La regla del juego”.

Auguste Renoir era el padre, de oficio pintor de obras maestras impresionistas, Jean era su hijo, que se crió correteando entre las bellas modelos de su padre en el barrio de la capital francesa Montmatre. El futuro oficio del hijo no coincidiría con el del padre, aunque ambos constituyen figuras relevantes en su campo, Jean se dedicaría al cine, y se convertiría con el paso de los años en el director francés más importante de la primera mitad del siglo XX. Al cabo de un tiempo en París Jean se enamoró de una de las últimas modelos de su padre Auguste, Catherine Hessling, ambos contraen matrimonio, y Jean la dirigirá en sus primeros films.

Jean Renoir trabajó en un estilo dúctil que, sin embargo, podríamos situar en la dialéctica entre la teatralidad y el realismo. Cultivó una filmografía extensísima en tres etapas. La primera en Francia, desde los años veinte hasta 1940.
En films mudos como “Nana” (1926), del que el mismo Renoir dijo: “mi primera película de la que vale la pena hablar”, combinaba un impresionismo de lógica ascendencia familiar con tintes del expresionismo alemán en boga, mientras que a partir de “La golfa” (1931), su primera gran obra maestra, el cine del joven director se mostrará permeable a la crítica política, de la mano de sus filiaciones por el comunismo-socialismo del Frente Popular, tendencia que también sustentan films como “Toni” (1934), polvoriento y sudoroso paseo por la vida de la clase obrera y, de muy distinta forma, con la conocida “La gran ilusión”, de 1937.

“La gran ilusión” es con justicia la película más recordada de Renoir, un drama bélico de gran hondura humana que desgraciadamente nadie sitúa junto a odas pacifistas como “Senderos de gloria”, cuando yo creo que esta obra maestra de Renoir está muy por encima del film de Kubrick. Interpretada magníficamente por Jean Gabin y un Erich Von Stroheim, que aparecía en pantalla con una prótesis en la barbilla para hacer más impactante a su personaje, y a quien Renoir admiraba como director, aunque supo también exprimir su talento como intérprete. El film se basa en un relato verídico de un oficial de guerra francés compañero de Renoir en la guerra, confinado a un campo de prisioneros en varias ocasiones.

En esta primera etapa francesa, una mención aparte para “Una partida de campo”, de 1936, extraordinaria joya naturalista de infinita dulzura y delicadeza, para muchos el verdadero apogeo visual del cine de su autor. En palabras del crítico Carlos Losilla: “En Una partida de campo, lo importante, tanto como la trama, es la aprehensión de la naturaleza, circundante: las hojas mecidas por el viento, los preliminares de la tormenta, las gotas de lluvia cayendo sobre el río… La escena de amor no se basa en la simple alusión, sino en el puro contacto físico, en la carnalidad de los labios que se juntan y en la lágrima furtiva que resbala al final por el rostro de Sylvia Bataille, el símbolo más hermoso que haya dado el cine sobre la fugacidad del placer y la tristeza de la pérdida”.

“Una partida de campo” no llega a la duración de mediometraje, es como una pequeña acuarela rebosante de vida, un manjar para quien sepa apreciar que lo sublime está en la sencillez, y es, además, la película favorita de Fernando Trueba.

Una vez trasladado a América, la obra de Renoir siguió dando importantes frutos, como “Esta tierra es mía” (1943) o “Memorias de una doncella” (1946), aunque el Renoir más puro no se destapa hasta 1950, ya en su etapa de madurez, con “El río”, fábula acerca del abandono de la niñez, los primeros amores adolescentes y la búsqueda de un espacio de reflexión en el otoño de la vida. La película está filmada en la India sirviéndose de un tono documental desprovisto de artificios, acariciando con ternura los conflictos de cada personaje y atendiendo con los cinco sentidos a los colores y sonidos que emanan del país asiático. Renoir nos sumerge en los recovecos de la filosofía hindú mediante escenas documentales como la que ocupa una parte de la primera mitad del film, la celebración de una ceremonia de culto a la diosa Kali, y a través de unos valores que transpiran en cada fotograma, como los de la armonía universal, la presencia de dios en todas las cosas, y la creencia de que, por lo tanto, la naturaleza es dios.

De regreso a Francia, Renoir filma obras destacadas como “La carroza de oro” (1952) adaptación de un sainete de Prosper Mérimée, o la extraña “El testamento del doctor Cordelier” (1959), versión del director francés de la obra “Doctor Jekyll y Mister Hyde” escrita por R. L. Stevenson que, al menos a mí, nunca me ha parecido demasiado relevante.

No me he olvidado de “La regla del juego”. Cuando mi amigo y yo terminamos de visionarla aquella mañana, comprendimos el porqué de todo el revuelo que esta obra sigue causando. Es la cima del cine de Renoir, su tono cómico es finalmente un compendio de desesperanzas y melancolía, y retuvimos además, escenas tan magníficas como la de la cacería de conejos.

El tiempo no ha hecho sino confirmar la importancia de este film, modélico en su tono y audaz en lo visual. El mejor testamento de su director.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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