Ella también se subió a la nueva ola y se alimentó del mismo espíritu inconformista del que bebían Godard y los demás.
Fue la musa de la Nouvelle vague, y de la misma forma que directores como Truffaut o Godard definieron el movimiento lanzándose a rodar en la calle casi con lo puesto y rechazando la ampulosidad y falsedad del Hollywood más lujosamente ramplón, Jeanne Moreau hizo lo propio negándose a artificios como el maquillaje y haciendo oídos sordos a las tentadoras ofertas que durante años le iba lanzando Hollywood. En una ocasión, Jeanne recordaba cuando en 1944, siendo una adolescente, asistió a una representación de la Antígona de Anoulih, “ese día supe que quería estar allí, bajo los proyectores. Ser la intransigente, la rebelde que se enfrenta a los dioses, que habla por aquellos que no se atreven, que no pueden hacerlo. Esa iba a ser yo”. De talento y encanto natural para el cine, Jeanne Moreau ha guiado su carrera escuchando sólo lo que el alma le pedía, como Antígona, y eso es, hoy en día, vivir a contracorriente.
Jeanne Moreau nace en París en 1928. Su infancia transcurre en una capital ocupada por los alemanes y marcada por el divorcio de sus padres cuando ella cuenta con once años. Sus intereses pronto se dirigen hacia el teatro y consigue entrar en el Conservatorio de París (en la prueba de acceso recitó un texto de Racine). Su debut teatral se produce en la edición del Festival de Avignon de 1947, poco tiempo después pasará a formar parte de la Comedie Française, convirtiéndose en el miembro más joven en haber ingresado nunca en la compañía. Después de actuar en multitud de obras, en 1951 se une al más vanguardista Théatre Nationale Populaire.
Sus primeros pasos en el cine son producciones de serie B, thrillers y melodramas, y algún film destacado como “Touchez pas au grisbi” (1953, Jacques Beker). Sin embargo, no será hasta 1958 cuando su talento explota definitivamente gracias al descubrimiento que hace de ella otro tótem de la Nouvelle vague, Louis Malle, quien dijo de ella que “podía ser despreciable y diez segundos después, de un sólo gesto, increíblemente atractiva. Pero siempre siendo ella misma”. Malle presenta a Moreau en sociedad con dos clásicos de la nouvelle, “Ascensor para el cadalso” (1958), y “Los amantes” (1959), esta última todo un escándalo en Estados Unidos.
Al momento, Jeanne Moreau se consagra como una actriz de talento, perfecta para papeles más bien gélidos, dentro del nuevo movimiento del cine francés. Esta posición recién ganada le permite apostar por un Truffaut que todavía no había rodado “Los 400 golpes”, aceptando el papel protagonista en un film que se rodaría en 1961, “Jules y Jim”. La película cambia el registro de Jeanne Moreau, ahora en un personaje más libre y extrovertido, que debate su amor entre dos hombres. Siempre me fascinó el momento en el film en que se presenta a la Catherine que interpreta Moreau, con su rostro tomado desde diferentes ángulos, congelando la imagen en su sonrisa llena de vida mientras suena la música de Georges Deleure. Según Truffaut, en “Jules y Jim”, Jeanne “dio realismo a algo que era bastante simbólico”, y que por tanto, gracias a actrices como ella “uno no se arrepiente de haber partido de una idea abstracta”.
En 1961, Antonioni deja que Jeanne Moreau entre en su mundo de silencios y tiempos muertos, con “La noche”, junto a Marcello Mastroianni. En esta época, Jeanne no deja de trabajar con directores de primera línea. En 1964 Buñuel firma “Diario de una camarera”, y la convierte en Célestine, víctima de las obsesiones fetichistas del señor Monteil (Michel Piccoli), con líneas de diálogo del tipo: “Así qué, ¿quiere que haga de puta para usted?”. Un año más tarde rodará en España la maravillosa algarabía “Campanadas a medianoche”, con un Welles admirador confeso de esa voz ronca que la actriz ha dejado acrecentar con los años a fuerza de montones de tabaco.
En 1967 vuelve con Truffaut en “La novia vestía de negro”. A mediados de esta década participa también en un par o tres de films de corte más comercial, como “Mata Hari” o “Viva María!”. El alcance de su carrera se multiplicaría con su debut en la dirección en el film “Lumière”, de 1976, que también escribió y protagonizó junto a Lucía Bosé.
Su siguiente trabajo como directora será “L’adolescente” (1979). La atracción de la actriz por el reto nunca decreció, y en 1982 participa en “Querelle”, el último film de Fassbinder.
En años posteriores, seguirá confiando en nuevos talentos como Luc Besson (”Nikita”, 1990), o cineastas minoritarios como Wim Wenders (”Hasta el fin del mundo”, 1991). En 1992 recibe un León de Oro en Venecia como homenaje a toda su carrera. El director del festival habló de la esencia de su arte, su “inconfundible juego con la intelectualidad y la pasión”. En 1995 preside por segunda vez el jurado del Festival de Cannes (la primera había sido en 1975) y vuelve a trabajar bajo las órdenes de un anciano Antonioni en “Más allá de las nubes”.
Actualmente, no para de trabajar en los films que realmente le llenan, y continúa situándose al lado de nuevos talentos organizando, por ejemplo, talleres de cine para jóvenes cineastas. En su discurso de entrada a la Academia de Bellas Artes de Francia dijo: “No me arrepiento de nada. La idea de que la vida sea como una montaña que se sube hasta los 40 años para luego empezar el descenso se me antoja una estupidez. La vida es la escalera de los ángeles, la del sueño de Jacob, ¡hay que subir, subir, subir siempre”.
La forma que ha tenido Jeanne Moreau de encarar su existencia (dentro y fuera del cine) es una lección para los que de vez en cuando pensamos que la vida se parece más a un dragón khan que desciende más que sube. Naturalmente, Jeanne tiene razón, hay que subir, subir, subir.

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