La perspectiva del tiempo ha permitido comprobar que Joan Crawford fue, por un lado, un perfecto producto del Hollywood de los treinta, rica, glamourosa y admirada, y por otro una de las personas más abominables y crueles de la que alguien pueda tener noticia.
Su extensa carrera que abarcó unos 80 films, más series de televisión, publicidad y programas de radio empieza en los años veinte, cuando debuta en “Lady of the night”. Procedía de San Antonio, y su triunfo en un concurso de charlestón la había conducido a la Metro Goldwyn Mayer, donde antes de debutar como actriz fue corista y bailarina. De esta primera época destacan su reconocido papel en “Vírgenes modernas” (Harry Beaumont) y oscuras, primitivas y en algunos casos dudosas, participaciones en films pornográficos underground, algo que choca con la férrea y conservadora imagen que Joan se labraría pocas décadas después.
“Fui una creación de la Metro. Me dieron un nombre, una carrera y un estilo de vida” afirmó Crawford en una ocasión, concretamente en los años treinta Joan fue uno de los buques insignia de la Metro Goldwyn Mayer, formando pareja en ocho ocasiones con Clark Gable, y participando en títulos de lujo como “Gran hotel” (1932, Edmund Goulding) o “Así ama la mujer” (Clarence Brown). Para cuando en 1943 se muda a la Warner ya contabilizaba cuatro matrimonios (entre los que destaca su enlace con Douglas Fairbanks, Jr.) y vivía el estilo que se le supone a una estrella, le gustaba estar más arriba que los demás mortales, derrochar dinero, lentejuela y maquillaje, siguiendo un credo que ella misma resumía: “Nunca salgo de casa a menos que no tenga el aspecto de la Joan Crawford estrella de cine. Si quieres ver a la vecinita de la puerta de al lado, vete a la puerta de al lado”.
Con la Warner trabajará a las órdenes de Richard Thorpe (”Bajo sospecha”), Michael Curtiz (”Alma en suplicio”, por la que recibirá un Oscar a la mejor actriz) o Curtis Bernhardt (”El amor que mata”).
En 1951 abandona la Warner y se enfrenta a una etapa incierta, buscándose la vida en papeles memorables en algunos casos, como en “Johnny Guitar”, maravilla dirigida por Nicholas Ray o la legendaria, y último gran título de la actriz, “¿Qué fue de Baby Jane?”, en la que increíblemente comparte protagonismo con su enemiga Bette Davis, en un rodaje en el que ambas se hicieron la vida imposible. Davis, con su prepotencia habitual, se quitaba de encima las rabietas de Crawford a fuerza de cinismo: “Se acostó con todas las estrellas masculinas de la Metro, excepto con Lassie”.
La televisión y diversos papeles en films de serie B (con directores como William Castle o Freddie Francis) dieron por agotada su carrera.
En lo privado ya he dicho que Crawford se reveló como un ser sin moral ni ética. En cuanto a matrimonios, en los cincuenta se casa por quinta vez, esta vez con Alfred Nu Steele, el millonario presidente de la Pepsi Cola. Su vida con Steele le proporciona más dinero y poder, y cuando este fallece en 1959, ella asumirá cargos de responsabilidad en la multinacional de refrescos. De carácter obsesivo, es sabida la anécdota de que en el rodaje de “¿Qué fue de Baby Jane?” obligó a que en el set sólo se consumiera Pepsi Cola.
En los setenta se integró a la Iglesia de la Cienciología, mientras arrastraba ya de muchos años atrás serios problemas con el alcohol (preferentemente vodka), que habían machacado y endurecido su rostro en los años cincuenta y sesenta.
Lo más bajo sin embargo de Joan Crawford fue la tremenda relación que mantuvo con sus hijos adoptivos, a quienes maltrató psicológicamente, provocando incluso la muerte de uno de ellos.
Joan siempre quiso adoptar críos, a poder ser que no molestasen demasiado y siguieran sus estrictas reglas al pie de la letra, mientras ella los exhibiría y presumiría de ellos cuando fuera necesario.
Las adopciones que realizó fueron ilegales, y facilitadas por ciertas mafias que operaban con niños huérfanos. Sus planes como madre incluían los gemelos, pero al parecer las mafias no podían proporcionárselos, así que Joan escogió dos bebés parecidos que pudieran colar como gemelos, del mismo color de pelo y facciones semejantes. Ella los paseaba orgullosa por Hollywood y los vestía con modelitos iguales y zapatos del mismo color. El (surrealista) problema fue que al pasar los años, uno de los niños se fue haciendo mucho más alto que el otro, y el rostro de ambos adquirió las normales diferencias entre niños de diferente madre cosa que, suponemos, puso histérica a Crawford, que veía como su plan de cría de gemelos se estropeaba sin arreglo posible.
Joan pegaba y castigaba a sus hijos y les prohibía todo tipo de actividades normales en otros chicos de su edad. Una noche la actriz oficiaba una fiesta en su casa y mientras ofrecía unos bombones a sus invitados se dio cuenta de que alguien había empezado la caja y que faltaba un bombón. Ciega de rabia, despertó a su hijo Cristopher y, delante de los invitados, le hizo comer la caja entera, hasta que el pobre niño vomitó. A partir de los cuatro años, los hijos eran obligados a fregar la vajilla una y otra vez hasta que su madre estuviera satisfecha con el brillo de los platos. Insultos, bofetadas e ingresos injustificados en correccionales eran lo que Joan entendía como ser una buena madre.
No caía bien a casi nadie. Sterling Hayden, que rodó con ella “Johnny Guitar”, juró no volver a cruzarse con ella ni que le pagasen un dineral, y su hija Christina se vengó de ella con un libro sagrado para los buscadores de tragedias morbosas de Hollywood, la autobiografía “Mommy dearest” (convertida en película a principios de los ochenta), en la que despacha toda la verdad sobre su despiadada madre.
En 1977 un cáncer de páncreas mata a la actriz a los 73 años. Ahora recompongámonos, olvidemos sus pecados de la vida privada y limitémonos a recordar a la Joan Crawford de “Johnny Guitar”, o a la chica de baja alcurnia en busca del dinero y la fama de la gran ciudad en los primeros films para la Metro Goldwyn Mayer. A pesar de haber vivido como una mala pécora, Joan siempre será una estrella.

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