Los fans de Joan Fontaine (nombre de nacimiento: Joan de Beauvoir de Havilland), deben ser de un fuste especial.
Si hablamos de estrellas de los años cuarenta, aparecen nombres como Ingrid Bergman, Lauren Bacall, Katharine Hepburn, Ava Gardner, Jennifer Jones, Rita Hayworth… mujeres de extraordinaria belleza o fuerte personalidad, actrices de trazo fuerte, cuya huella sensual se imprime profundamente en la memoria del aficionado. Nada de eso define a Joan Fontaine. Por la calle, nos habremos cruzado con miles de chicas como ella, mientras que es difícil coincidir con toda una Rita Hayworth en el metro. Joan Fontaine es una estrella de brillo discreto, una chica sencilla, voluble, guapa pero no espectacular. Es difícil entender a sus fans, ¿qué habrán visto en ella?
Pero, en un plano más cercano, observemos a la Lina McLaidlaw Aysgarth interpretada por Fontaine, la inocentísima aficionada a los libros de psicología infantil que cae en las redes del vividor caradura Cary Grant en “Sospecha” (1941, Alfred Hitchcock). Su rostro modosito, virginal (como en “Rebeca”, o “Carta de una desconocida”, Joan Fontaine representa la virginidad más pura. Una santa), las gafas de leer, el sombrero, la ropa sosa, oscura, sin un mínimo escote que aporte una pizca de gracia, todas estas humildes cualidades, sí que tienen el atractivo de esa belleza sin complicaciones, aquella de la que el hombre se enamora sabiendo que para poseerla deberá abrir muchas, muchas puertas, y mucha, mucha frustración. Joan Fontaine no era la exuberante Marilyn, sus cualidades ya vemos que eran opuestas, por eso supo elegir sus papeles en consecuencia. No intentó ser lo que definitivamente no era.
Joan nació en Tokio en 1917. Era la hermana pequeña de Olivia de Havilland. Ambas mantuvieron siempre una estrecha rivalidad. En una ocasión, Fontaine declaró que, aunque fuera la hermana menor, ella se había casado antes, había ganado un Oscar antes y, seguro, moriría antes. Actualmente, llevan 60 años sin dirigirse la palabra. Joan era hija de la actriz Lillian Fontaine, y fue por el empeño de su madre, cuya carrera se había visto truncada por las obligaciones del matrimonio, que triunfara en los escenarios, ya que ella no pudo hacerlo.
Trasladada a California, se unió a un grupo teatral de la localidad de San José, y ya en Los Ángeles empezó a probar suerte en el cine. No tardó en hacerse cambiar su nombre de nacimiento para que no la confundieran con su hermana Olivia, que por entonces ya despuntaba en la industria.
Hasta 1940, la actriz se beneficia de diversos papeles secundarios, como en “Señoritas en desgracia”, “Olivia” y “Gunga Din”, las tres de George Stevens, rodadas entre 1937 y 1939. La última de estas, un clásico del cine de aventuras.
En 1940, David O´Selznick y Alfred Hitchcock la escogen para interpretar el papel principal en el primer film americano del director inglés, “Rebeca”, basado en la novela de Daphne Du Maurier. A parte de patentar el vocablo “rebeca” para denominar las chaquetillas finas que todas nuestras hermanas, madres y abuelas han llevado alguna vez, Joan estableció la clase de papel que se le daba mejor, la mujer débil, buena como el turrón, asolada por el miedo y las dudas, y enfrentada a personajes que la quieren destruir, en el caso de “Rebeca”, la malvada Mrs. Danvers, ama de llaves de la mansión de Manderley, personaje interpretado por Judith Anderson. Joan logrará su primera nominación al Oscar por su sensible trabajo.
Al año siguiente, “Sospecha” le reporta el único Oscar de su carrera y el único que ha conseguido una actriz en una película de Hitchcock. Aunque el film no acaba de funcionar en taquilla, la labor de Joan, esa histeria contenida, las dudas como rocas que la aplastan durante toda la película, no pasaron desapercibidas. La actriz estaba en su mejor momento.
“Sé fiel a ti mismo” (1942, Anatole Litvak) es su siguiente proyecto, seguido por su película favorita, “La ninfa constante” (1943), por la que recibe de nuevo nominación a los Premios de la Academia, y comparte protagonismo con Charles Boyer.
En 1944 actúa en “Alma rebelde” junto a Orson Welles, y vuelve a brillar en la excelente “Carta de una desconocida” (1948), dirigida por el director de “La ronda”, Max Ophüls.
“Ivanhoe” (1951) o el “Otelo” de Orson Welles (1952) marcan un cambio en su carrera, con apariciones más espaciadas, y papeles más fuertes. La veremos también en extrañas producciones, como “Viaje al fondo del mar” (1961, Irwin Allen) o el film de la Hammer “The devil´s own”, rodada en 1966, su último trabajo en el cine.
En su madurez, Joan se ha dedicado al teatro, la televisión, a las lecturas poéticas y a la escritura. Ha disfrutado con multitud de hobbies dispares (según ella, gracias a casarse tantas veces, ha aprendido todo tipo de aficiones), como pilotar aviones, la hípica, la pesca de atunes, el golf y la cocina y el interiorismo.
En su última etapa, Joan reside en el pueblo de Carmel, del que Clint Eastwood fue alcalde unos cuantos años, y donde también vive Doris Day. Apareció en 1994 en una adaptación televisiva de un cuento para niños. Mujer enérgica, procura no perder el tiempo y seguir haciendo aquello que le divierte, desde aparecer puntualmente en programas televisivos hasta montar en globo y navegar.

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¿Así que los fans de Joan Fontaine debemos tener un “fuste” especial? Perdona, pero he leído tu reportaje y no parece que hables de la misma Joan Fontaine que yo conozco por el cine. Creo que tú no sabes valorar la auténtica belleza, pues esta mujer nada tenía que envidiarle a Marilyn Monroe (que tantos cambios hizo en su imagen, y si no lo sabías, mira las fotos de Norma Jean antes de ser una estrella…). La belleza de Joan era total y natural. Cuando dices eso de que “no intentó ser lo que definitivamente no era”,espero que no te refieras a que no era (según tú) tan atractiva y bella como otras, que iban de divas. Joan Fontaine, hermana de Olivia de Havilland, era verdaderamente bella, con unos rasgos ideales. En cambio de Marilyn se ha dicho que “su rostro era un plato llano pulimentado”. Joan era tan bella que nunca necesitó ser histriónica ni disfrazarse de nada para destacar por su belleza, inteligencia y talento. Para mí, y para otros “fans” suyos que conozco, Joan Fontaine es, sencillamente, un prodigio de la naturaleza. Es perfecta. Pero es previsible que la gente vulgar no la admire tanto, precisamente por su autenticidad y hermosura tan por encima de los estereotipos y amaneramientos de otras actrices de Hollywood. Una pena que haya tanta gente ciega en materia de gustos. Además, tanto su físico como sus interpretaciones tienen PERSONALIDAD. Algo muy difícil de encontrar.