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Joel Coen

Hablar de Joel Coen no tiene sentido si no se cita también a su hermano Ethan, y viceversa. Joel dirige, Ethan produce, y ambos escriben el guión de todos sus films.

Dentro de la maraña de cineastas independientes, semi independientes y directores comerciales pero con autoría que poblaron los años noventa, los hermanos Coen son uno de los pocos puntos de referencia ineludibles.

Amantes del cine clásico de género, sobre todo el cine negro, devienen implacables exprimidores de la sociedad de Estados Unidos, de la que obtienen un jugo que, añadiéndole su particular ironía, empapa toda su filmografía. Cine negro, crítica irónica y lo que más solemos retener de su cine, la originalidad visual. Los Coen manejan en cada película temáticas dispares, pero a cada una le otorgan un sentido estético único; notamos la fascinación que sienten por el personaje de Billy Bob Thornton en “El hombre que nunca estuvo allí” (2001), con esos planos al ralentí en su barbería, el pelo de los clientes cayendo, deslizándose hasta el suelo; o las paredes húmedas cuyo tapizado se despega lentamente, los roñosos muebles y la moqueta del hotel en el que se aloja el protagonista de “Barton Fink” (1991), un personaje más, ese hotel, por el que los Coen se dejan seducir, y al que filman con la fascinación de quien tuviera en las manos una cámara, y delante el Gran Cañón del Colorado.

Joel nace en 1954 y Ethan en 1957, y durante toda su carrera han trabajado casi siempre juntos. Estudiaron en New York, y Joel llegó a ser asistente del director Sam Raimi en el clásico de culto “Evil dead”, de 1982; diez años después, el propio Raimi, rodaría la secuencia más ingeniosa visualmente del film de los Coen “El gran salto” (1994), teniendo como protagonista un hula-hoop. A partir de su primer film, “Sangre fácil” (1984), que montan y escriben los dos, distribuirían las tareas de dirección y producción tal como ya hemos explicado antes. Con “Arizona baby”, de 1987, los Coen empiezan a conocer cierto éxito, y lo hacen de la mano de este verdadero cartoon, cercano a los cortos de Tom y Jerry y a la más alocada screwball comedy. En este film protagonizado por un primerizo Nicolas Cage, apuestan por el gag visual, dejando la narrativa y los diálogos de lado y construyendo las situaciones a base de golpes visuales de gran originalidad.

En 1990, les llegaría el prestigio internacional de la mano de la fascinante “Muerte entre las flores”, panorámica del crimen organizado en los Estados Unidos de la Ley seca, de la que destacamos ya no su intrincado argumento, ni las interpretaciones tantas veces loadas de John Turturro y Gabriel Byrne (con esa mirada cansada, llena de pasado, de presente pesimista y nada de futuro, que lo emparenta directamente con Bogart), sino que hay que citar el trabajo de fotografía del futuro director de “Men in black” Barry Sonennenfeld, con los tonos de rigor en una película de mafiosos post-”El padrino” y con la escena recurrente en toda la película del sombrero dejándose mecer por el viento en ese bosque otoñal que pocos hemos olvidado.

Ya hemos citado la fascinación visual de “Barton Fink”, el siguiente film de los Coen y posiblemente el primero que nombrarán la mayoría de sus seguidores. Todo en “Barton Fink” es perfecto, y responde a un misterio del que se nos dan y quitan claves continuamente. Los Coen combinan perfectamente la burla desmedida y a veces surrealista de las convenciones del Hollywood clásico y su microsociedad, con esos productores prepotentes de piscina y cocktail y los decadentes escritores borrachos, con el entorno onírico (el hotel en primer término), que se cierne sobre Fink, el dramaturgo de la Costa Este recién llegado a Hollywood para probar suerte como guionista. “Barton Fink” fue la confirmación de los hermanos Coen a nivel internacional; en Cannes, Joel gana la Palma de Oro al mejor director y John Turturro al mejor actor.

Ya he citado “El gran salto”, de 1994, una actualización de las temáticas del cine de Frank Capra (un inocente –en fin, bastante tonto- Tim Robbins inventa el hula-hoop, una simple circunferencia que se hace famosa mundialmente, pero se enfrentará a la voracidad y egoísmo de los tiburones de la empresa donde trabaja, prestos a aprovecharse de él), con evidentes influencias de films clásicos del director como Juan Nadie. Aunque el factor principal en “El gran salto”, es una vez más, el imaginario visual (esta vez respaldado por un gran presupuesto y por otro mago de la cámara, Sam Raimi), un tanto excesivo en esta ocasión.

En 1996, los Coen vuelven a dar en la diana con “Fargo”, con la que ganan el Oscar al mejor guión original, y una impagable Frances McDormand a la mejor actriz, por su interpretación de la cazurra policía embarazada de Fargo, población de clima extremo, de la América profunda. Es esta una comedia negra que muchos emparientan con “Sangre fácil”, llena de personajes desquiciados en un marco invernal, de nieve y carretera, de nuevo onírico en manos de los Coen.

“El Gran Lebowski” (1998), y “O brother!” (2000) reportan un considerable éxito de taquilla, la primera con acogida crítica dispar, y el clima más surrealista que hayan creado los Coen, partiendo más que nunca de la herencia del cine negro de Hollywood, y la segunda con un George Clooney que tiene toda la pinta de llegar a convertirse en un “actor Coen” habitual en la futura filmografía de los hermanos, aunque “O brother!” pueda ser recordada, entre otras muchas cosas más, por la fabulosa –Oscar y éxito de ventas- banda sonora country.

“El hombre que nunca estuvo allí” (2001), es un flashback directo a los tiempos del cine negro de los años cuarenta, del Lang de “Encuentro en la noche”, o el Billy Wilder de “Perdición”. Un prodigio de estética negra, el rostro perfectamente cinematográfico de Billy Bob Thorton y la historia de la tragedia de un hombre común.

Ya en el 2003, se estrena “Crueldad intolerable”, de nuevo con Clooney, película criticada por partir de un guión ajeno y someterse, aparentemente, a los standards de comercialidad actuales, se convierte vista con atención en un film “coeniano” al máximo, con sarcasmo, personajes surreales (ese viejo abogado que amenaza los felices sueños del exitoso letrado George Clooney), y grandes ideas visuales (la blanquísima dentadura de Clooney –verdadera obsesión del personaje- reflejándose exageradamente en los cristales de su coche mientras este conduce).

En al año 2004 llegaría “The Ladykillers” una película recomendada para todos los que deseen pasar un buen rato.

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