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Katharine Hepburn

Lo que ha hecho Katharine Hepburn por todo el movimiento feminista debería ser analizado con premura.

Años treinta, la América puritana en uno de sus apogeos, y ella, el “saco de huesos” de Hollywood, se pasea por la fama en pantalones y sin maquillaje, practicando deporte a todas horas, con su rostro anguloso y duro.

Es artífice de un atractivo que muchos no entienden, demasiado enérgica, se pasa con su imagen de chica independiente, una bocazas que no sabe que las mujeres no deberían comportarse de ese modo, y menos si son actrices, pensaban muchos. A Katharine Hepburn todo esto le daba igual. Sus padres le habían enseñado a ser la mujer activa y personal que era, y no había de qué preocuparse, los equivocados eran los demás.

En medio de estos debates sobre si la Hepburn era o no demasiado “masculina”, la única realidad a finales de los treinta era que su nombre cotizaba a la baja, la foto de mujer de armas tomar que le sale de la forma más natural, es ahora antipática para muchos, y clásicos de esta época como “La fiera de mi niña” (1938, Howard Hawks), con Katharine y Cary Grant de pareja estelar, no son consideradas entonces como éxitos por culpa de su presencia. Cínicos y resabiados la empezarán a llamar veneno para la taquilla.

Ocurre con quien tiene carácter, le amas o le odias (a este respecto, de Hepburn, había escrito C.A. Lejeune: “Al igual que los Hermanos Marx, Bing Crosby o James Cagney, Miss Hepburn es una intérprete que no despierta en el público sentimientos a medias. O gusta o no. O buscas ansiosamente sus películas, o exclamas, ¡otra vez ella! Y te alejas corriendo”), y en esta ocasión le tocaba ser odiada. Ante el panorama, decidió volver a Broadway para formar parte del reparto del montaje “Historias de Filadelfia”. La obra arrasa, y Katharine vuelve a Hollywood con las pilas cargadas y los derechos del libreto de “Historias de Filadelfia” bajo el brazo, pagados por ella misma.

A partir del rodaje de esta adaptación en 1940 bajo la dirección de George Cukor, donde brillará ella misma, Cary Grant y un James Stewart que empezaba a despuntar enormemente, ya nadie volverá a poner en duda su valía como actriz, y su escaño en Hollywood no volverá a correr peligro. Katharine era una luchadora, siempre se salía con la suya.

La actriz había empezado seriamente sus pasos en la interpretación precisamente en Broadway, de donde saltó al cine en 1932, entre multitud de ofertas por parte de los grandes estudios. Debutó con la RKO en “Doble Sacrificio”, junto a John Barrymore, y empezó a coleccionar Oscars a partir de 1933, con “Gloria de un día”. Hepburn ostenta el récord de Oscars a la mejor actriz, cuatro, y es segunda en nominaciones, once, después de Meryl Streep, que posee trece. Dos nominaciones a los premios Tony son lo más destacado de su palmarés teatral.

A partir de “Historias de Filadelfia”, y después de haber estado a punto de entrar en la leyenda si hubiera interpretado finalmente a Scarlett O´Hara en “Lo que el viento se llevó”, aparece el faro luminoso que necesitaba Katharine Hepburn en su vida, su futura pareja hasta 1967, Spencer Tracy.

Tracy y Hepburn se conocieron en el rodaje de “La mujer del año” (1942), e intervinieron juntos en ocho películas más, algunas memorables locuras de surrealismo conyugal, como la incomparable “La costilla de Adán” (1949), y la última de ellas, “Adivina quién viene esta noche” (1967), despedida de Spencer Tracy del cine, ya que pocas semanas después fallecería. Hepburn siempre cuidó de Spencer, lo acompañó con respeto en sus problemas con la bebida, e incluso dejó el cine durante cinco años para poder atenderlo debidamente en su enfermedad. Es emocionante oír hablar a la propia Katharine acerca de sus años junto a Spencer Tracy en el magnífico documental de televisión de Katharine Hepburn; “Todo sobre mi” (1993), producido poco después de que la actriz escribiera su autobiografía “Me”.

Los años cincuenta amanecieron para Hepburn en medio de la tormenta que significó el rodaje en la selva africana de “La Reina de África” (1951). Imaginaos el panorama: Humphrey Bogart y John Huston como cubas, éste último exclusivamente preocupado de que no se agoten las provisiones de alcohol y por cazar un elefante, y la misma Katharine más borde que nunca, despotricando contra todo y contra todos, aunque hay que decir que años después confesó que su carácter se agrió en aquellos días debido a una dolorosa menstruación que tuvo que sufrir a mitad de rodaje.

Los papeles de Hepburn en esta década son ya los de una mujer madura, fuerte y decidida como siempre, pero con las arrugas asomando claramente y los pómulos más hundidos que nunca, sin perder por ello una pizca del particular atractivo que siempre ha desprendido su rostro. “Locuras de verano” (1955) es un magnífico ejemplo de cómo la actriz cambió de muda sin que ello afectase sus cualidades de intérprete. Ahora era una mujer que superaba los cuarenta en un solitario paseo por una Venecia luminosa, de postal, acechada súbitamente por una aventura amorosa inesperada.

“De repente, el último verano” (1959) cierra los cincuenta, y da paso a una década donde, como ya he dicho, la actriz tuvo que estar más cerca de su marido que de los platós.

“El león de invierno” (1968) y “La loca Chaillot” (1969) abren paso a los setenta. Hepburn se centrará ahora en los telefilms, con honrosas excepciones como “Las troyanas” (1970, dirigida por Michael Cacoyannis) y la otoñal “En el estanque dorado” (1981), que firma Mark Rydell, por la que la actriz obtiene su cuarto y último Oscar.

Pasó los noventa, hasta el 2003, año en que fallece, semiretirada en su casa de Connecticut, jugando a cartas con sus amigos y mirando a la muerte de reojo y con media sonrisa: “Yo doy la bienvenida a la muerte. En la muerte no hay entrevistas”.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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