“La bestia miró a la bella y aquel día no mató. Pero desde entonces fue como si hubiese muerto”.
Este era el mensaje que figuraba en los primeros fotogramas de King Kong, producción de la RKO estrenada en 1933. Y eso es lo que encontramos en el fondo de esta gran aventura fantástico-terrorífica, el mito de la Bella y la Bestia, o la monstruosidad trágicamente enamorada de la belleza, trasladado primero a una desconocida selva tropical donde un equipo cinematográfico descubre a King Kong, la criatura más grande y salvaje que haya visto jamás el ser humano, y luego a la civilización más moderna, representada por la ciudad de Nueva York, con King Kong preso por sus captores y convertido en criatura de feria enamorada de Ann Darrow (Fay Wray), su Bella, actriz perteneciente a la expedición que lo sacó de la selva y por quien el monstruo siente una primitiva fascinación.
Pero el tema de la bella y la bestia era el vehículo utilizado por los guionistas para armar una historia de horror que reflejaba algo más profundo e inconsciente. King Kong fue estrenada poco después del crack bursátil del 1929, y respondía a las sensaciones de miedo y pesimismo que asolaban la precaria sociedad americana, con miles de parados y problemas económicos. King Kong es uno de los primeros referentes de un tópico bien cierto: el cine es el reflejo más o menos directo de la realidad.
King Kong fue uno de los proyectos prioritarios de David O. Selznick. El productor responsable de “Lo que el viento se llevó” (1939) había accedido a la dirección de los estudios RKO en 1931, y enseguida entrevió las posibilidades de un film que mezclara aventura, exotismo y horror.
Antes que pensar en guiones o casting, se hicieron múltiples pruebas para asegurar que técnicamente fuera viable una historia donde convivían en pantalla fauna prehistórica, un gorila gigante meciendo a su amada o un batallón de aviones intentándolo derribar en la azotea del Empire State Building. Willis O´Brien, especialista en efectos especiales, se encargó de la tarea de hacer realidad la ambición de Selznick sin pasarse del presupuesto. O´Brien (que había trabajado en las animaciones de los dinosaurios de “El mundo perdido”, de 1927, el precedente más conocido del “Jurassic Park” de Steven Spielberg) construyó para los planos generales una maqueta del gorila de 45 centímetros de alto, con el esqueleto de aluminio y recubierto de piel de conejo; para los planos cortos diseñó partes a gran escala del cuerpo de King Kong: la cabeza, en el interior de la cual unos operadores se encargaban de articular el movimiento de la boca, o la mano gigantesca que atrapa a Ann Darrow. Los distintos monstruos que aparecen en el film se movían utilizando la técnica de animación fotograma a fotograma, un sistema lento y laborioso, con lo que el rodaje se alargó muchas semanas. Para la escena de la lucha entre King Kong y un pterodáctilo que tiene atrapada a Ann, se necesitaron siete semanas de trabajo. Anecdóticamente, los miembros del equipo de atrezzo se encontraron con el problema de que después de horas de rodar fotograma a fotograma, las plantas tropicales que servían de ambientación para la selva, se marchitaban debido al sofocante calor de los potentes focos del plató. Unos decorados selváticos, por cierto, que se inspiraron directamente en las brumosas y exóticas vegetaciones de los grabados de Gustave Doré.
El primer argumento de la película corrió a cargo del escritor de misterio Edgar Wallace, que terminó su trabajo poco antes de morir. En los créditos del guión definitivo figuran James Ashmore Creelman y Ruth Rose, esposa del codirector de la película James Schoedsack.
La dirección del film fue un trabajo muy coordinado entre Merian C. Cooper, especialista en documentales exóticos y films de aventuras, hombre de confianza de Selznick en la RKO y encargado en King Kong de dirigir las escenas más complicadas, las que requerían una atención especial a los trucajes; y el citado Shoedsack, que se responsabilizó de la dirección de los actores. Cooper quería en un principio rodar gran parte del film en la misma selva africana, pero su idea era inviable debido a la fuerte crisis económica que atravesaba el país, y tuvieron que filmar toda la producción en los estudios RKO, reciclando además decorados de películas ya terminadas.
Del casting siempre ha destacado la sacrificada interpretación de Fay Wray en su papel de Ann Darrow. Ella se ha convertido en el ideal de mujer interpretando un papel en un film de terror: bella y seductora, grita y sufre ante su víctima como nadie. Poco sabía la actriz en qué clase de proyecto se metía cuando leyó las primeras líneas publicitarias antes de empezar el rodaje, que decían que ella compartiría el protagonismo con “el más alto y oscuro hombre de Hollywood”; a Wray, el nombre más lógico que le vino a la cabeza fue el del apuesto Cary Grant, pero pronto supo que más alto y oscuro todavía que el galán Grant era su nueva pareja cinematográfica, la bestia King Kong. Fay Wray jamás pudo superar su propio mito, el de “novia de la bestia”, e incluso sus memorias empiezan con una carta imaginaria al mismísimo King Kong, en la que la actriz le dice que, además de ser su novia, ha hecho otras muchas cosas en la vida.
El presupuesto final del film fue de 650000 dólares, repartidos en dos años de preproducción y casi uno de rodaje. Después del estreno en Nueva York nadie tuvo dudas de que la inversión había valido la pena. Miles de espectadores hicieron cola en los cines para dejarse aterrorizar por el monstruo King Kong.
El Código Hays, por supuesto, se encargó de recortar aquí y allá determinadas escenas demasiado violentas para sus reaccionarios parámetros (por ejemplo unos planos de la bestia aplastando a unos nativos), o demasiado sensuales (el modosito striptease impuesto por Kong a Fay Wray, con el gorila despojando a la dama de algunas de sus prendas, fue cuidadosamente filmado, y aun así, en muchos países se censuró totalmente).
King Kong fue en su momento una historia de amor incomprendido que aterrorizó al mundo. Hoy se me hace imposible no encariñarme con el bueno de Kong, esa penita de su mirada en los primeros planos, y la masacre a la que le someten en la tremenda secuencia final en el Empire State. Allí, en la cima del mundo, la bestia recibe el injusto castigo de la sociedad civilizada que lo ha raptado, separándolo de su hábitat salvaje para someterlo a sus cadenas y sus normas. La bestia se enamora y se rebela, pero nadie entenderá su drama, y terminará su vida cayendo del edificio más alto del mundo, sin entender ni cómo ni por qué.

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En el fondo se trata de una bellísima historia de amor-aprecio entre la bella y la bestia.
“King Kong” es una de las mejores historias de amor jamás contadas.
Siempre nos quedará de “King Kong” esa escena de la bestia en lo más alto de la torre luchando contra los aviones que lo atacan. Realmente magnífica.