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La balada de Narayama: Escena del camino al monte Narayama

El final de todo lo que conocemos está escrito. Moriremos. Evitarlo es imposible, lo único que podemos hacer es intentar alargar de la mejor forma posible nuestra estancia en esa sala de espera que es la vida.

Pero no hablemos de la vida, volvamos a la muerte ¿nos preocupa el modo en el que vamos a morir?¿de verdad nos basta con haber vivido el máximo tiempo posible sin preocuparnos de completar un buen tránsito al otro lado?

El ser occidental se preocupa por cumplir el máximo de años, muchos no queremos ni oír hablar de la palabra “muerte”, y cruzamos los dedos por llegar a viejos, muy viejos. Los personajes de La balada de Narayama no piensan igual, ellos prefieren sacrificar sus años de vejez, cuando dejan de ser útiles a los demás, para poder morir en paz y comunión con la naturaleza; son dueños de su propia muerte, ellos deciden. Qué mejor prueba del libre albedrío, del poder que uno tiene sobre su vida, que adelantarse a su propia muerte.

Explico superficialmente la situación en el pueblo donde transcurre la acción de este film de 1982. Retrocedamos 100 años. El Japón más rural, primitivo e incomunicado del resto del mundo. Un angosto valle y un pueblucho enfangado y maloliente donde se pasa hambre y penuria, las venganzas entre familias, los comportamientos desviados (en el film vemos como un hombre del pueblo copula con un perro), el asesinato y el robo son habituales.

A pesar de la violencia subyacente, se cuenta con unas tradiciones muy arraigadas, de obligado cumplimiento para todas las familias, la principal de ellas es que, al cumplir 70 años, los ancianos emprenden un largo camino hasta el Monte Narayama, y una vez allí, se dejan morir, sin comida ni bebida, a merced de los buitres, como hicieron sus antepasados. Si no cumplen con este protocolo, deshonran a su familia para siempre. Es una herencia secular de unos hombres que, por un lado, saben de la importancia de dejar el mundo dignamente, y por otro, solucionan de esta forma el tremendo problema de falta de comida que sufre el valle, con cosechas de arroz escasísimas y muchas bocas jóvenes que alimentar.

La escena de la que quiero hablar resume dramáticamente lo que significa una tradición tan absolutamente brutal a nuestros ojos. Orin es la madre de la familia protagonista de esta historia. Tiene 69 años, le queda poco para cumplir 70, abandonar a los suyos y emprender la escalada al Monte Narayama. Durante la primera parte del film ha intentado dejar los cabos bien atados en su familia, el matrimonio de su hijo mayor, la primera relación sexual de su hijo mediano y los intentos por corregir el comportamiento del pequeño.

En el momento de partir necesita la ayuda de su hijo Tatsuhei. Juntos emprenden el camino, el hijo llevando a su madre anciana y débil como un fardo. El camino a la montaña de la muerte es un funeral agridulce. Maravillosos planos de comunión absoluta entre personajes y naturaleza se entrelazan con las miradas mudas de unos personajes, madre e hijo, conscientes de que, aún en vida, deberán separarse para siempre. Orin trata de mantener la entereza que se le supone, ante las dudas que asolan a Tatshuei, incapaz de aceptar la inminente muerte de su madre… cuando todavía no ha muerto.

Después de la tortuosa vía ascendente por la montaña, es la hora de que madre e hijo se despidan. Orin se queda en la cima del monte, un lugar inenarrable, repleto de los esqueletos de docenas de antepasados que han hecho el mismo camino, y buitres que, por generaciones, han sabido esperar a que vayan llegando los ancianos a dejarse morir.

Orin se sienta sola en ese paisaje desolador. Ninguna palabra más. Calaveras, buitres, y una anciana acurrucada, esperando quién sabe si semanas enteras a que por fin su cuerpo no aguante más y muera de sed, hambre, o no pueda ahuyentar los picotazos de los buitres. Y en este momento de angustia, empieza a nevar en la cima del Monte Narayama, como un saludo de dios a la vieja Orin; una reconciliación entre la vida y la muerte en forma de estos copos de nieve que acompañan a Orin en este, su paso más difícil.

La balada de Narayama fue premiada en el festival de Cannes de 1983. La crítica se sintió apabullada ante el realismo sin paliativos que mostraba el director Shohei Imamura. Su visión del Japón más aislado no escatimaba en escenas violentas, recuerdo ahora mismo el momento de la película en el que una familia se venga de otra, que ha sido acusada de robar, ¡enterrándola viva! ¡a todos sus miembros, hijos y abuelos! Pero no fue esta crudeza el único motivo de su éxito en occidente, porque Imamura equilibraba la extrema degradación de los habitantes del valle, con un lirismo que, como en la escena final que he descrito, nos habla de la relación del hombre con la muerte, siempre con la naturaleza como fuerza omnipresente.

Mostrar la cara más sucia y ancestral de Japón fue un empeño constante en la filmografía de Shohei Imamura. El director formó parte de una nueva hornada de cineastas entre los que encontramos a Nagisa Oshima y Masahiro Shinoda, que rompieron con todo lo que significaba el sistema de estudios japonés y el cine clásico y pulcro representado por Yasujiro Ozu.

Imamura estaba convencido de que debajo de los comportamientos socialmente aceptados de las gentes de Japón, fluían corrientes de irracionalidad y sensualidad que debían ser materia de un nuevo cine que, como he leído, puede definirse como una “celebración de lo primitivo y espontáneo en la vida japonesa”. Imamura dirigió la mirada a las clases bajas, se sirvió de actores salidos de la calle (una prostituta en Nippon Konchuki, de 1963), convirtiéndolos en personajes, muchos de ellos femeninos, fuertes y combativos. Buscó deliberadamente temáticas duras como el incesto y la superstición, y reflexionó sobre ellas con un estilo documental, sin objetar palabra ante el comportamiento de sus personajes, presentando sus historias en carne viva al espectador.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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