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La creación del monstruo en “Frankenstein” (1931, James Whale)

Muchos hemos tratado demasiado mal al “Frankenstein” de James Whale, el primero, el de 1931. No por falta de méritos, sino porque tres años después, el mismo director rodaría “La novia de Frankenstein” (1934), que con el paso de los años, ha adquirido mayor notoriedad, hasta el punto de ser una habitual en esas listas de mejores películas de la historia que tanto conocemos.

Pero visionado de nuevo, “Frankenstein” me parece una película decisiva. El terror cinematográfico no habría sido lo mismo sin este film. El “Drácula” de Tod Browning, contemporáneo a “Frankenstein”, es incluso más popular, pero las bases del género de terror en el cine son las que James Whale exponía en esta cinta.

En concreto, reivindico la primera mitad del film, justo la menos reconocida, ya que todos recordamos a la criatura interpretada por Boris Karloff en la escena romántico-terrorífica del lago, o el final en el molino, pero en cambio olvidamos con facilidad como se va construyendo el ambiente de la historia, y sobre todo las motivaciones de su personaje principal, Henry Frankenstein (Colin Clive, en una supervitaminada performance llena de locura) en la primera mitad. A este respecto, la escena del laboratorio en la que, ante los atónitos ojos de su prometida, su viejo profesor y un amigo, Henry crea la vida a partir de un cuerpo muerto y el cerebro de un asesino, es digna de figurar en cualquier podio de grandes momentos del cine de terror.

“Puede que les asuste, incluso podría horrorizarles. Pero si alguno de ustedes no desea pasar por un trago así, ahora tiene la ocasión de… Bien, les hemos avisado”, nos dice un entrañable presentador al inicio de la película. Y seguro que esta introducción causó estragos en muchas plateas a principio de los años treinta. No era para menos. Hasta entonces, el cine de terror casi no existía, y si a esto sumamos la virginidad del espectador ante el recientemente comercializado cine sonoro, será lógico pensar que al primer grito (el cine de terror depende en gran medida del sonido), al primer paso de la criatura, a la primera puerta chirriante, todos se echarían a temblar. Y probablemente fue así. Pero mientras directores menos dotados convirtieron los inicios del sonoro en una interminable retahíla de diálogos pesados, James Whale experimentó con el sonido el decorado y la luz para, como ya he dicho, sentar el canon de lo que debía ser un film de terror en blanco y negro. Por lo menos hasta que apareció Terence Fisher y la Hammer, y con ellos el rojo de la sangre.

Impresiona gratamente el momento en que la camilla que esconde el cuerpo cosido y recauchutado de Boris Karloff  se eleva hacia el cielo de una tormenta para recibir la descarga del rayo que le va a dar la vida. Es un espectáculo que ya hubieran firmado La Fura dels Baus en la época. El laboratorio no es una simple sala con tubitos de ensayo y batas blancas, es un templo-castillo oscuro y gótico, con un techo a varios metros de altura y muros de piedra milenaria, un santuario de la ciencia. Un científico como Henry Frankenstein, con sus ideas de parecerse a dios, no podría trabajar en una simple farmacia, y Whale sabía como debía de ser ese laboratorio. Las descargas eléctricas, las sombras, las cadenas, los extraños objetos metálicos, las palancas y los contadores… A partir de entonces, cualquier otro laboratorio en cualquier otra película quedaría empequeñecido. Lo dicho, un templo al servicio de una mente fascinante, la de Henry Frankenstein.

Es curioso como en esta clase de films, se daba un molesto contraste entre el científico incomprendido, aquel que se atreve a actuar en contra de lo establecido y jugar con las leyes de la naturaleza para dotar al hombre de un poco más de sabiduría, ese científico loco, digo, era el polo opuesto a la novia de turno, el padre de turno o el amiguete de marras. En films como “Frankenstein”, o “Drácula”, se encadenan las escenas vibrantes con el científico y Van Helsing respectivamente, con las de melodrama decimonónico y tontorrón, la novia que quiere casarse (niña tonta, Henry Frankenstein no debería casarse nunca, no está para esas cosas), el amigo héroe chapuzas que lo que quiere es agenciársela a ella, o el profesor de Henry, un pobre hombre superado con creces por su joven alumno. La sociedad establecida contra el riesgo por la evolución de la humanidad. Curiosamente, Whale nos los presenta a los tres (novia, amigo y profesor) sentaditos presenciando el experimento de Henry Frankenstein en el laboratorio. En una misma habitación, el genio con los mediocres que nunca entenderán la maravilla que está aconteciendo delante de sus ojos. En este sentido, esa es la motivación de Henry Frankenstein, demostrar al resto del mundo que él no está loco. Naturalmente todo saldrá mal, pero solo por culpa del pobre jorobado que ayuda al científico, que en vez de robar un cerebro normal, se hace con uno de un asesino lo que provoca que la criatura creada por el barón sea, en el fondo, una impredecible mente asesina.

Pero esos pocos minutos en el laboratorio son sobre todo una lección de estética cinematográfica. Mientras que en las escenas más de melodrama la cámara de Whale es teatral, la propia arquitectura del laboratorio permite una mejor exploración del espacio cinematográfico. La escena no sería la mitad de efectiva si no se les hubiera ocurrido el sistema de cadenas que eleva la camilla de la criatura hacia el cielo, sin duda una imagen que relaciona lo que está ocurriendo con la creación de la vida por dios, un momento que en pintura podríamos comparar con el nacimiento de Adán en el fresco de Miguel Ángel de la capilla Sixtina. Con “Frankenstein” no hablamos de temas profanos, esta es una historia del hombre tratando de subir los peldaños que conducen a Dios, y ese mismo movimiento ascendente lo hace la criatura para recibir el rayo divino de la vida en el momento culminante de la tormenta. 

Escalones, sombras, mil mecanismos y palancas. Y la luz, que Whale utiliza de forma dramática aquí y en una escena que llega pocos minutos después, cuando por fin vemos el rostro de la criatura, entre sombras, y con varios cambios de plano, acercándonos cada vez más al primer plano, para crear ese suspiro de impresión en el espectador. Es una opción inteligente por parte del director no desvelar ese rostro desfigurado y terrorífico en la misma escena del laboratorio, y aguantar un poco más la tensión del público. En el laboratorio tan solo notaremos unos pequeños movimientos de las manos de la criatura, suficiente para mantener el interés.

La escena de la creación del monstruo en “Frankenstein” significó un punto y final para quién, en la época, supiera verlo. Punto final a la tontería de la llegada del sonoro, a la regresión de las aportaciones visuales del cine mudo, en aras a los diálogos interminables. Whale entendió perfectamente que el terror es uno de los géneros más visuales (cinematográficos por tanto), que no solo demandan una buena historia sino un ambiente y una cámara que seduzca y toque las fibras del espectador. Las sombras, las luces, los rincones ocultos, los rostros en penumbra, los decorados góticos. A partir de Whale, ya sabías que en el cine también podías asustarte.

Ya lo dice el presentador al inicio de la proyección: “Bien, les hemos avisado”.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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1 comentario en La creación del monstruo en “Frankenstein” (1931, James Whale)

  1. !Quiero el final de la película…! Sólo el final de “Frankenstein” (1931, James Whale)”.

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